Es extraño levantarse en esta ciudad y, en medio de sus rugidos, desayunar sin el o los diarios sobre la mesa, que detrás de la voluta del café no haya nada.  Desconcierta advertir que, en el metro o en el tren, en el bar de la esquina o en la cola del bus, la gente mata su espera imposibilitada de poder doblar una página o observar a hurtadillas, sin que el otro, el dueño del diario lo note, la portada o los demás titulares. Hoy jueves se ve a mucha gente con la mirada perdida, cavilando, imaginando, escribiendo las noticias de sus propios desconciertos. Buenos Aires había despertado de manera inusual, con la página en blanco, después de una noche electrizante durante la cual el Congreso argentino entregó al país una verdadera pieza teatral isabelina, repleta de dobleces y traiciones a última hora.

 A las cuatro y media de la madrugada, es decir, cuando casi todo el país roncaba, el Senado rechazó la ley del Gobierno que le permitía quedarse al fisco con parte de la renta extraordinaria de las exportaciones de soja, trigo y girasol, unos 1200 millones de euros. El proyecto se derrumbó como castillo de naipes porque el vicepresidente del país y presidente del Senado, Julio Cobos, votó en contra de la iniciativa en la que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha apostado su gestión. Un Cobos balbuceante, tembloroso, dijo que no podía acompañar una ley que había dividido el país y pidió ser juzgado por la historia y no sus pares de un Gobierno que, en siete meses, ha consumido parte de todas sus fuerzas.

Es cierto: la televisión ha transmitido minuto a minuto estas instancias. Internet también siguió el proceso en tiempo real. Hasta la telefonía celular acompañó el gran drama político. Tan cierto como que, al otro día, muchísimas personas se agolparon frente los puestos de diarios y revistas, ansiosos por desmenuzar la información (cuando se habían ido a dormir, el panorama era otro: la pelea la ganaba el Gobierno). Pero en los puestos les decían que no, que tendrían que esperar hasta el mediodía, que los matutinos serían excepcionalmente vespertinos. Y había que ver la desazón de los consumidores. De repente, advirtieron que faltaba algo. Les faltaba. Tal vez esa comprobación física, táctil, de que las cosas realmente ocurren. La gran noticia necesitaba ayer ser "tocada", recuperada más allá de sus soportes virtuales, compartida, socializada en el papel. Una ciudad como Buenos Aires puede perder muchas cosas, hasta su elegancia. Pero nunca sus diarios de la mañana.