Después no digan que no ocurren cosas extrañas en esta ciudad.

 

1) Frente al Congreso de la Nación se han instalado siete carpas. Una de ellas es de los productores agropecuarios que no quieren pagar impuestos a la renta extraordinaria y buscan presionar a los parlamentarios que discuten la resistida medida. Las otras seis arpas son de militantes kirchneristas, que apoyan el gravamen y hacen su propia vigilia. Permanecerán el tiempo que sea necesario. Días. Semanas. Acaso meses. El Gobierno de la ciudad llamó a la policía para desalojar a los beduinos urbanos, pero no les hicieron caso. En las inmediaciones a la legislatura todo fue un caos con una cuota de farsa. Un juez, más tarde, autorizó los campamentos alegando que no afectan a la seguridad pública. Buenos Aires ya tiene su espacio berebere.

 

2) Los taxistas se niegan a manejar por un carril para ellos solos, lleven o no pasajeros. "Basta de exclusiones", gritaron, y llenaron el centro de automóviles negros y amarillos para oponerse a una disposición de las autoridades de la capital argentina. Los taxistas tampoco quieren un registro de conductor por puntos, y tienen la suficiente capacidad como para decirle no a las pretensiones de los legisladores. El sindicato tiene un sentido particular de la autogestión: hacemos lo que nos da la gana. Ayer dispusieron una tregua, pero, si no se los complace, harán colapsar el centro de Buenos Aires todas las veces que sea necesario.

 

3) Los supermercados comienzan otra vez a abastecerse después de días se escasez. Los precios de los productos que habían faltado ahora cuestan un 20% más. Los bolsillos duelen y se vacían muy rápido.

 

4) Como la televisión se ha cansado de la protesta del campo, de los taxistas y la inflación, necesitaba un acontecimiento que invite al olvido o la distracción. Ahora los canales se entusiasman cone Florencia de la V, una travesti mediática que acaba de anunciar que se casa con un dentista en noviembre. Lo hará toda de blanco.

 

5) Hoy, 24 de junio, se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Gardel. El Mudo, murió en Medellín, en 1935, después de un confuso accidente aéreo. El ejercicio permanente de la melancolía había estado un poco apagado en medio de la guerra entre el Gobierno y el campo. Ahora que la batalla principal se da en ese Parlamento sitiado por los campistas, en los resquicios que dejan en las pantallas la futura boda de Flor de la V, la conversión de una ex diputada en monja y el grito de los taxistas, Gardel ha vuelto a irrumpir con su voz de barítono desde el más allá. "Cada día canta mejor", volvió a decirse, entre la adoración y esa mueca de duelo permanente que, a estas alturas, irrita por su impostura.Tiempo atrás, en una pared del Abasto, el barrio en el que pasó su infacia, debajo de una imagen del gran mito musical rioplatense, alguien escribió una leyenda extraordinaria: "No me lloren, crezcan", decía Carlitos desde el muro a los argentinos.

 

            Gardel se ha vuelto demasiado exigente en su eternidad.