La procesión recorrió ayer la avenida Corrientes y fue dejando a su paso esa muestra de perpleja curiosidad  en los hombres y mujeres de a pie, esa que despierta lo inesperado o el repentino absurdo. Una estatua de Ernesto Che Guevara era llevada en un camión por la misma calle que, 30 años antes, la guerrilla argentina se imagino avanzando de manera triunfal, antes de ser exterminada. La estatua es obra del artista plástico Andrés Zerneri y se hizo con el entusiasta aporte de 15.000 personas. Ellas remitieron a Zerneri 75.000 llaves y otros objetos de bronce que llegaron de diversas partes del mundo y le dieron forma estatuaria al argentino que quiso llevar adelante "uno, dos, tres Vietnam", esfigie que, en el ocaso de las ideología, ha devenido logo comercial globalizado.

Nada de eso le importaba al escultor Zerneri y, acaso convencido en los poderes auráticos de su obra, forjó al Guevara broncíneo. La imagen será a partir de hoy miércoles exhibida en la ciudad de Rosario, donde el Che nació el 14 de junio, hace exactamente 80 años.

El Che de metal encendido debe llegar a Rosario en un barco arenero que atravesará el delta hasta llegar a su definitivo lugar de emplazamiento. Antes será despedido con un acto homenaje en Buenos Aires. En su ciudad natal recibirá nuevamente homenaje y el totem será sometido a diversas manifestaciones de reverencia sin hondura histórica de parte de un amplio y tolerante elenco de admiradores que, en esos 60 con olor a pólvora, lo habrían crucificado sin el menor de los remordimientos por haber decidido tomar el poder a través de las armas.

No deja de ser extraño el hecho de la estatua paseara casi al mismo tiempo en que el actor Benicio del Toro fuera premiado en el festival de cine de Cannes por su encarnación del "guerrillero heroico" en Che, la película de que Steven Soderbergh.

A la distancia, el Guevara de bronce y el Che mimetizado en la figura de Del Toro prolongan la línea de la insípida mitificación de aquel médico que murióo convencido de la necesidad de transformarse en una "fría máquina de matar" paara derrotar al "imperialismo".

La imagen de Che se ha vuelto omnipresente. En su ubicuidad hasta engalana, de manera lateral, en algún cartel o bandera, los actos de la mismísima Cristina Fernández de Kirchner.

"No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución", arengó Guevara en su último discurso, su Mensaje a los pueblos del mundo, dado a conocer en una reunión de conspiradores en La Habana, mientras él forjaba en la clandestinidad su último y fallido proyecto: Bolivia. Sabemos lo que ha ocurrido después de tanta sangre derramada. La brutal disyuntiva de esos tiempos ha sido pintada hoy del color de la parodia.