"Mañana les cuento", había prometido en el anterior posteo. Tenía previsto ir al cine a ver La rabia, la película de Albertina Carri. Pero, a veces, Buenos Aires obliga a modificar las hojas de ruta. Un día puede ser el humo que envuelve a la ciudad, otro, las cenizas que se escaparon de un volcán patagónico, una tormenta pertinaz o, como en el reciente caso, una sorpresiva huelga de los trabajadores del metro que dejó en la calle a unas 500.000 personas. Una pelea entre sindicalistas, así de sencillo, es capaz de hacer colapsar a esta capital y, de repente, adviertes que no puedes ir a ningún lago, o que si lo haces, tendrás la misma comodidad de las reses que llevan en camión al matadero. Así que hubo que dejar el cine para otro día. or suerte, la espera valió la pena.

            La rabia es una película notable, una fábula de terror rural que también es una metáfora del presente perpetuo argentino. Carri ya ha había metido el dedo en la herida con Los rubios, una historia sobre los fantasmas de la última dictadura militar como solo podía hacerla la hija de un desaparecido (el sociólogo Roberto Carri). Pero La rabia presenta, en el bucólico campo argentino, la matriz de otra violencia, mucho más atávica y profunda. La directora eligió como protagonista a una niña que no habla. Nati es un personaje silente pero cuyo poder de observación va conduciendo al espectador hacia el corazón del conflicto. Ella es testigo de las aventuras amorosa de su madre, ve manar la sangre de los animales como si fuera un simpre deporte ("Los animales murieron en su habitat natural", se advierte al comenzar la película), de la agresividad latente de todo lo que la circunda, un exceso que solo puede llevar a la destrucción.

            El campo ha sido históricamente presentado en las primeras décadas del siglo XX como el símbolo incontaminado de "lo argentino", reserva de "lo nacional" frente a "lo extranjero", el aluvión inmigratorio proveniente de España, Italia, Europa central y Siria que se diseminó por las grandes ciudades y trajo sus memorias, sus modos de comunicarse. En ese campo inverosímil que necesitaba oponerse al país real, los gauchos hablaban como hidalgos. Las obras de Leopoldo Lugones y Ricardo Guiraldes quedan como legado de una mirada que se mantuvo a lo largo de las décadas. Carri conoce el malentendido y lo desarma. "No creo que exista una dicotomía entre el hombre del campo y el de la ciudad, como si unos fueran los buenos y otros, los malos. Utilizo ese escenario donde se tiene un contacto con la muerte y con la sangre, en fin, con la naturalización de la violencia, como metáfora de nosotros mismos, independientemente del lugar donde vivamos".

            "Metáfora de nosotros mismos", dice, y sabe que no hay inocencia en esas palabras. No deja de impactar que la película se haya estrenado en medio de la guerra sin cuartel entre el Gobierno y los dirigentes agropecuarios que se resisten a pagar un impuesto a las exportaciones que consideran confiscatorio. La disputa amenaza con llevar al país a los más temidos escenarios de la confrontación. La rabia es, en ese sentido, el espejo concentrado de los enconos y resentimientos de una sociedad de la furia, un vasto territorio de la exasperación. Ojalá que esta película pronto recorra el mundo.