Alguna vez he escrito sobre Buenos Aires como una ciudad tomada por los perros. Una ciudad de perros. El dominio se extiende cada vez más por las calles de la mano de esa figura "tan" argentina como los paseadores de canes. Créanme: enfrentarlos es una causa perdida (o mordida).
Había dejado a mi hijo en el colegio. Eran las ocho de la mañana, y retornaba a mi casa por la calle Sucre, en el barrio de Belgrano. "Calle" es un decir: hay tantos pozos como cráteres volcánicos (o lunares) y no permiten avanzar con el automóvil a más de 15 kilómetros/hora (sí, leyo bien). El carro (y yo adentro) se desplazaba (nos desplazábamos) con parsimonia y frustración cuando, de repente, a pocos metros, veo venir por el medio de la calle a una paseadora con unos 15 perros. Ella también me "ve", me escruta, pero, naturalmente, no sube a la vereda, qué va, se queda desafiante donde estaba, esperando tal vez que el automóvil suba o la eluda.
Entonces freno.
Nos miramos con esos ojos que inyectan sangre de tanta rabia.
-¿No te parece que hay espacio suficiente en la calle para que pases?- dice.
-Sí, pero tengo entendido que por la calle solo circulan los automóviles.
-No vengas ahora con los reglamentos.
-Ustedes los paseadores no solo hacen defecar a los perros en cualquier lugar sino que, además, andan por cualquier lugar.
-Se ve que no te gustan los animales.
Creo que lo dije, pero vale la pena recordar el contexto. El "diálogo" tiene lugar en medio de la calle. El que escribe, asomando la cabeza por la ventanilla, al borde de la tortícolis. Ella, imperturbable, sujetando las mascotas, algo impacientes. Y, detrás de mi automóvil comienza a formarse una fila de otros conductores impacientes como los mismos perros.
-O sea que no te vas a mover de alli...- le digo.
Y ella:
-Claro, estoy en mi derecho.
-¿Qué derecho?
-Seguí de largo, por favor...
Confieso que me derrotó. Esa capacidad para escribir los códigos urbanos en tiempo real me terminó por superar. Seguí rendido mi viaje temeroso de encontrarme con otra jauría.
Uno de cada tres hogares de Buenos Aires tiene al menos una mascota. La mayoría, claro, son perros: medio millón en una ciudad de tres millones de personas. La densidad canina se hace sentir en las calles especialmente por la mañana, cuando los paseadores los sacan del encierro y, tras unas horas, los devuelven a sus dueños.
El paseador a veces anda con 40 animales, aunque el máximo permitido es de ocho. "!Alfil, quieto!", ordena. "Zafarrancho, no te muevas", exige. Ellos acatan. Ejerce la autoridad pensando que el catastro de Buenos Aires es suyo, pero también reparte premios y deja a su jauría hacer sus necesidades a piaccere, debajo de un árbol, frente a una puerta, en cualquier vereda. El Instituto de Zoonosis Pasteur estima que los perros defecan al menos una vez al día en la vía pública y dejan más de 70 toneladas de excremento.La ordenanza municipal número 41.831 es clara: Los "propietarios y paseadores" están obligados "a recoger" lo que expulsa el intestino. Pero casi nadie la cumple (y es lo que trate de decirle a la paseadora de la calle Sucre, recibiendo como respuesta una mueca de desdén). En el 2005, fueron multadas apenas dos personas por burlar la ley. La dirección de Medio Ambiente se endureció y un año más tarde el castigo alcanzóa cinco. Pobres sus 15 inspectores: hacen lo que pueden. Y, la verdad, no es mucho. Tan abatidos deben estar los funcionarios que, cuando se topan con alguien que respeta las normas de higiene y lo ven guardar en una bolsa la deposición del animal se restregan los ojos: creen que están frente a un espejismo.
Buenos Aires tiene 1.020 espacios verdes pero solo 17 de ellos cuentan con "caniles", como se llaman los lugares públicos donde los perros están autorizados a hacer lo suyo. Allí se realiza un acto elitista, de minorías. La gran defecación se queda afuera de ese perímetro, se seca a la vista, como el único regalito que iguala a los animales de pedigrí y a los chuchos sin dueño que nunca dejan de ladrar por su abandono.Y tampoco falta nunca el grito de un desprevenido que tapizó su suela con ese marrón oscuro que hiede y avergüenza. La experiencia les enseña a andar atentos por un suelo lleno de infaustas sorpresas. Es por eso que a veces también la gente anda cabizbaja, o camina en zigzag.
Muchos, incluso, se han vuelto zoofóbicos o han perdido la compostura. La frase "¿qué, acaso usted no quiere a los animales?", suele ser soltada por los paseadores como un mantra defensivo.
Una vez sucedió algo extraño en la Recoleta, uno de los barrios más chic de esta capital perruna. Trece canes murieron envenenados con estricnina. La identidad del asesino en serie nunca se conoció. Menos sus motivos. Se llegó a especular con que se trataba de la venganza de una víctima de las repetidas marranadas, permitidas por los dueños de los animales. Me habría gustado contarle la anécdota a la chica de la calle Sucre, pero seguramente la hubiera malinterpretado.