Regreso a Buenos Aires y me recibe un tenue manto de humo, retazos del incendio de pastizales de los últimos días que provocó la contaminación atmosférica más grande y absurda de la historia argentina. Detrás de esas volutas inverosímiles todavía se escuchan los ecos de otra controversia desopilante. La derecha peronista se ha molestado con un programa de los Simpsons en el que, la gente de la mítica Springfield, confunde el rol histórico del general Juan Perón y hasta lo consideran el marido de Maddona. Para qué. Los vicarios de la ortodoxia pusieron el grito en el cielo. Esta claro que nunca deben haber visto la serie y que han tomado litearlmente las ironías sobre el pensamiento del norteamericano medio del cual se mofan los guionistas hasta el hartazgo. Por suerte, a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no se le ocurrió opinar sobre el tema. Después de su metida de pata con el gran dibujante y artista plástico, Hermenegildo Sabat, a quien acusó de emitir mensajes "cuasimafiosos", sus asesores esta vez tuvieron el tino de recomendarle silencio. Los chistes sobre la Argentina de los Simpson son una caricia si se los compara con la mirada de sus autores sobre la realidad japonesa o francesa. Han sido, por otra parte, comentarios ocasionales, notas al pie, parte de una conversación insípida en el bar de Moe, ni siquiera un momento importante del argumento. Pero fueron suficiente como para que en Buenos Aires haya gente capaz de presentir una conspiración mundial en ciernes. Aquí suele decirse que se vuelve de todo, menos del ridículo. Debe ser una de las sentencias más sabias y menos tenida en cuenta.