Caminar por Asunción siempre provoca cierto efecto de extrañeza, como de realidad paralela, o de una película bizarra de Alex de la Iglesia. He estado por primera vez aquí en 1989, el año que cayó el dictador Alfredo Stroessner, después de un golpe de estado casi familiar y de opereta, con herrumbrosas tanquetas Shermann en las calles disparando balas de juguete. El general Andrés Rodríguez, que se había hecho millonario gracias al contrabando (de cigarrillos, entre otras cosas, según se decía), se convirtió en presidente en las primeras "elecciones democráticas". Cuando se le preguntó el origen de su ingente fortuna respondió: "es que he dejado de fumar". Lo dijo tan convencido que hasta le creyeron.

 Regresé en 1997, y casi todo seguía casi como con Stroessner (salvo que el dictador se había refugiado en Brasil, pasándose todo el día viendo dibujos animados en la tv y los goles de su equipo, que se llama Libertad). Poco había cambiado en la ciudad. Allí estaban sus vendedores de fragancias pirateadas, sus olores a frituras y comida barata, su legión de buscones y parados, y esa humedad que se te mete en los huesos sin pedir permiso. Gobernaba el empresario Juan Carlos Wasmosy, quien destituyó del Ejército a su amigo, el diminuto general Lino Oviedo, acusándolo de tramar un golpe que, en rigor, no fue más que una mala comedia de intrigas.

 Mi primera nota para El Periódico fue escrita desde Buenos Aires el 23 de marzo de 1999. Las informaciones de ese día daban cuenta de que un grupo armado había asesinado al vicepresidente Luis María Argaña. Oviedo fue acusado de tramar el atentado. La crisis de marzo terminó con otros 30 muertos y el Gobierno de Raúl Cubas. Años más tarde se aseguró que Argaña no murió por las balas. Se había despedido del mundo en una cama mientras realizaba con un amanrt piruetas sexuales no recomendadas para un hombre de su edad. Después, suele decirse, se armó la escena que simuló el ataque al auto en el que "viajaba" el vicepresidente.

Augusto Roa Bastos, el gran autor de Yo el supremo, acuñó una frase tan memorable como lacerante. Habló del Paraguay como una tierra "de la que pareciera haberse enamorado el infortunio". Los medios internacionales suelen olvidarse muy pronto de este país donde 10 niños mueren a diario por enfermedades que son en un 70% prevenibles. Es como si la dimensión de su calvario permanente no interesara o careciera de hondura dramática. El incendio de un centro comercial, años atrás, en el que murieron 400 personas, devolvió al Paraguay los primeros planos por unas horas. Y ahora, estas elecciones, que me traen de vuelta a Asunción. La ciudad continúa golpeando con sus rostros desdentados, su mal gusto, su vida cultural yerma y el río Paraná en el que se ahogan todas penas. Sesenta años de Partido Colorado han convertido al Paraguay en una factoria de la frustración.

El fantasma del dengue y la fiebre amarilla sobrevuelan la capital  En la televisión aparece una publicidad con "Los cazamosquitos", que simulan remedar a los personajes cinematográficos de "Los cazafantasmas" y, con la música de aquella vieja película de fondo, le informan a la población las maneras de cuidarse.

 "Con tu voto eliminamos esta plaga", dice un cartel desgajado de una pared, en la calle Palma. Los insectos han sido dibujados con el rostro de Blanca Ovelar, candidata presidencial del partido gobernante, y algunos integrantes de su círculo político.Patas largas, alas transparentes, y un aguijón que intimida. Al lado de ellos hay un enorme aerosol dibujado, con los símbolos de su rival, el obispo Fernando Lugo, al que se presenta como el único instrumento capaz de terminar con los dípteros chupa sangre de la política. Las metáforas farmacéuticas no terminan allí. Durante el cierre de campaña del obispo, en el centro de Asunción, una entusiasmada activista me ofrece una caja de supositorios. "P-Mas. Lista 11. Tratamiento contra la rosca (camarilla) mafiosa", puede leerse.

Lugo, según la canción de campaña, promete gobernar "de la mano de Dios". Ovelar, la ex ministra de Educación de un país con tasas inquietantes de analfabetismo, promete reivindicar el rol político de la mujer. "Me parece que Oviedo es el candidato que el país necesita", dice en lencería erótica y mirando provocativamente a la modelo Helem Roux. Helem posa para la revista Te Veo y, de paso, comenta la realidad. "En general, el paraguayo vive bien, pero está muy debajo de cualquier país del mundo". ¿En qué quedamos, Helem? ¿Cómo es eso de "vivir bien" y, a la vez, estar tan mal?. Si solo la modelito incurriera en estas contradicciones no habría por qué asustarse. Pero el lenguaje político está contaminado del sin sentido. "Hay gran posibilidad de que exista un enorme fraude", ha predecido el medium Francis Ferreira, cuando se le preguntó por las elecciones del domingo. Qué predicción más original.

"Esto es como Roma", me dicen, presagiando el fin o el principio del fin de este orden embrutecedor. ¿Cómo sería Paraguay sin los colorados en el poder? Nadie puede imaginarlo. Por ahora.