La presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK) se enojó con el más grande caricaturista argentino, que es, en rigor, uruguayo, pero, a estas alturas, de todo el mundo. Se llama Hermenegildo Sabat, le dicen Menchi, y ha retratado como nadie la historia política de este país (y más allá) en las últimas cuatro décadas. La mano de Menchi Sabat descolló en la revista Primera Plana, en los 60, se estampó en el mítico diario La Opinión, en los años 70 y, desde hace más de 30 años está, para alborozo de sus admiradores, que son millones, en el diario Clarin. Pero parece que a la presidenta no le gusta, o, al menos, no le gustó una de sus últimas caricaturas. Sabat la había dibujado con la boca tachada con una X. Desde el costado izquierdo de su cara, le salía su esposo, el ex presidente Néstor Kirchner. Tal vez CFK se vio a si misma como una jefa de Estado silente, sin voz propia, y le hizo saber al país su molestia durante su reciente baño de masas, frente a la Plaza de Mayo. Dijo la presidenta que la caricatura era un "mensaje cuasimafioso". Y dijo: "¿Qué me quieren decir, qué es de lo que no puedo hablar, qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?". Todo el mundo aquí se quedó con la boca abierta de sorpresa por tan temeraria afirmación.

            La Argentina tiene una riquísima tradición de humor político que se remonta al siglo XIX con El Mosquito, sigue con Caras y Caretas, en las primeras décadas del XX, atraviesa los años 60 con Tia Vicenta (conspiradora contra un Gobierno democático, el de Arturo Illia, y prohibida por su derrocador, el régimen clerical del general Juan Carlos Onganía, al que mostraba como una morsa) y encontró en la revista Humor, un refugio durante la última y cruel dictadura. Pero Sabat es, además de un fino y mordaz analista, un artista en el papel de cada día y, también, en el lienzo (sus series sobre músicos de jazz son antológicas). La mirada de Sabat ha sido siempre implacable con generales y presidentes, con tiranos propios y ajenos. Es cierto: los dibujos suelen tener la fuerza de un editorial político, la contundencia que vuelve redundantes a las palabras. El trazado de esas imágenes invita a la disección inteligente. Pero la presidenta no tuvo tolerancia. Y por eso pegó el grito en el cielo. "Fue una torpeza", dijo el escritor Juan Sasturain. El autor de Manual de perdedores le pidió a CFK que no se equivoque de enemigo.Que admita incluso "que hay mucha gente que no la quiere, a la que le cae mal, a la que no le gusta su estilo más allá de las políticas que impulse. Incluso, que diferencia entre ella y su gobierno. Y que va a tener que convivir con eso". Después de una guerra de 21 días entre el Gobierno y los productores agropecuarios que dejó desabastecida a las grandes ciudades, lo único que le faltaba a este país es debatir los alcances o los supuestos mensajes encriptados de una dibujo. Esas cosas deberían suceder solamente en un país de caricatura.