Parece que la exageradamente llamada "guerra de los agricultores" ha terminado en la Argentina (por lo menos hay tregua). Los productores agropecuarios aceptaron negociar con el Gobierno después de bloquear rutas y la entrada de alimentos a las grandes ciudades en rechazo al impuesto a las exportaciones de cereales y oleaginosas. Las últimas horas fueron de crispación y convocaron a los peores fantasmas de la historia de este país. La gente de los barrios pudientes de Buenos Aires salió a las calles con cacerolas a reclamar que "no se le robe" al campo. Algunos defensores del Gobierno, con hábitos de grupos de choque, salieron tmbién, pero con palos. "Negros sucios", dijeron los primeros. "Oligarcas", respondieron los otros. Demasiada sobreactuación para un país que crece de manera espectacular a tasas del 9% anual desde hace cinco años. El ministerio de Economía insiste que la huelga no ha tenido otra razón de ser que la desestabilización política. Y que los impuestos, llamados retenciones, no son otra cosa que un instrumento para mejorar la distribución del ingreso. Argumentan que, en octubre pasado,  durante la última siembra de soya, su precio internacional era de 356 dólares por tonelada. Después de pagar sus impuestos, llamados retenciones, a cada productor le quedaban 231,4 dólares por tonelada. Ahora, el precio internacional de ese cereal es de 470 dólares por tonelada. Las autoridades económicas sostienen además que, si bien aumentaron las retenciones, del 35 al 40%, a los productores les quedarán 282 dólares por tonelada, después de liquidar 188 dólares en conceptos de impuestos. "El negocio es redondo para los grandes productores, no para los pequeños. Con este esquema me pregunto si tiene sentido cosechar", se quejaba no obstante el dueño de un tractor atravesado en medio de la carretera, antes de volver a su casa. La huelga reunió en un mismo reclamo a grandes y pequeños productores. El Gobierno había aplicado la misma fórmula impositiva para todos, a pesar de que dos tercios de los productores agrarios tienen menos de 200 hectáreas, lo que representa sólo el 3% del total de las tierras. Ahora decidió promover una política preferencial para los pequeños, y así dividir el frente común que juntó el agua con el aceite del negocio agroinistrial.La Sociedad Rural Argentina (SRA) es vista por el peronismo (en el poder) como la gran mala de esta película. Es la que reúne en su selecta mesa a los grandes dueños dela tierra. Su presidente se llama Luciano Miguens. Es dueño de 2.219 hecáreas en Salto. Dicen que es una de las zonas más rícas de la Pampa húmeda. Esos campos valen alrededor de 24 millones de dólares, de acuerdo con la revista Veintitrés. El diario Crítica reveló que Miguens apenas paga 20 euros al año de impuesto inmobiliario por esas enormes extensiones. Cosas de la Argentina.