Noche ruidosa, otra vez en algunos barrios acomodados de Buenos Aires. El cacerolazo  como arma de combate que amplifica otros rencores. A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la llaman "bruja" o "pinguina" en la elegante esquina de Callao y Santa Fe. La conminan a capitular ante los hacendados levantiscos. Los vecinos de la zona norte de Buenos Aires han marchado otra vez a Plaza de Mayo con sus utensillos y su furia antiperonista. Quisieron hacerse escuchar como el martes. Y allí, se encontraron, nuevamente, con los grupos de "piqueteros" que responden al Gobierno. De un lado, las cacerolas. Del otro, los palos que se alzaron al grito "llora la puta oligarquía, porque ha llegado el pueblo de Cristina".


Hubo algunas corridas y golpes. En el medio, como una patrulla extraviada, un grupúsculo socialista revolucionario, agitaba sus banderas rojas. Se había instalado antes en la misma Plaza de Mayo para respaldar a los pequeños productores agropecuarios y reclamarle al Gobierno que aplique los severos gravámenes a las exportaciones de soya, trigo y maíz solo a los grandes productores. La televisión transmitía en directo las escenas de una batalla que no llegaba a consumarse. Mientras tanto, a cientos de kilómetros, las distintas rutas que atraviesan la llamada Pampa Húmeda seguían cortadas. Las verduras y frutas de los camiones detenidos se seguían pudriendo. Imágenes de un país que hace cinco años crece a tasas del 9% pero que hace del exceso una forma de vida.