miércoles, 26 de marzo de 2008 19:54
Abel Gilbert
Cristina y la rebelión de los tractores

Increíble. La Argentina de Cristina Fernández de Kirchner volvió a sentir las resonancias de las cacerolas. En diciembre del 2001, un presidente que era objeto de la mofa mediática más descarnada, Fernando de la Rúa, se subió a un helicóptero y dejo la sede del Poder Ejecutivo después de que la furia metálica se hiciera ensordecedora. Claro, don De la Rúa, y su ministro Domingo Cavallo, habían confiscado los ahorros de los argentinos. Habían inventado el
corralito. El
cacerolazo contra Cristina tiene otras razones. No deja de ser sorprendente de que explotara a un poco más de 100 días de un Gobierno con todas las de ganar: una economía boyante y una oposición esperpéntica. Pero hasta lo insólito puede suceder.
El detonador de este concierto improvisado de ollas y sartenes ha sido una protesta del campo en rechazo al aumento del impuesto a las exportaciones. Esta protesta, que incluye cortes de rutas y desabastecimiento, sumó en la madrugadaa sectores de las clases media y alta de las grandes ciudades que ganaron las calles de los barrios pudientes para expresar algo más que solidaridad con los grandes y pequeños productores agropecuarios. El Gobierno, como era de esperar, ratificó sus medidas. Y, el campo, amenazó con reboblar su apuesta. Los que pierden son todos, a estas alturas.
La grave crisis viene de lejos, pero se desató finalmente hace 14 días cuando se anunció un incremento de los gravámenes a las exportaciones de soja, máiz y trigo. Las exportaciones agropecuarias fueron en el 2007 de 12.000 millones de dólares. El fisco se quedó con un 33% de ese total. Con el aumento del gravamen del 9%, el Gobierno busca obtener 400 millones de dólares más.
Con los cortes de ruta desparramados por la Pampa húmeda, la región más próspera de la Argentina, Cristina decidió ser más dura que los huelguistas. Dijo que se estaban llevando a cabo "piquetes de la abundancia" y "pasos de comedia". Acusó al campo de tener una "rentabilidad nunca vista". Y defendió los impuestos porque, agregó, permiten aplicar un criterio de "justicia distributiva". Y dijo también: "cuando hay pérdidas la sociedad debería absorberlas, es una suerte de socialización de las vacas flacas y cuando las vacas vienen gordas, las vaquitas para ellos (los grandes productores) y las penitas para los demás". La presidenta glosaba canción folcórica El arriero, de Atahualpa Yupanqui.
A sus palabras le respondieron las cácerolas.
Hubo gente que fue hasta la Plaza de Mayo, frente a la sede del Poder Ejecutivo. Y hubo simpatizantes del Gobierno que fueron a 'recuperar' ese bastión simbólico, escenarios de las grandes pasiones nacionales. El odio entre defensores y enemigos de Cristina ha comenzado a diseminarse en las calles, y eso es peligroso. La Argentina, a pesar de su formidable crecimiento económico, empieza a alimentar conjuras.
Nada será igual en adelante.
Mientras el precio de los huevos se dispara por las nubes y corren ríos de rumores sobre la escasez de productos fundamentales (¿cómo un argentino promedio puede dejar de masticar carne a diario?), los grandes dueños de la tierra buscan recuperar el poder (y la renta) perdida. El Gobierno está en una encerrona. Si cede, se deteriora. Si se mantiene firme, también sufrirá erosión. Esta historia recién empieza.