viernes, 14 de marzo de 2008 17:22
Abel Gilbert
Bogota: el teatro y la crueldad
La idea del mundo como un gran teatro viene de los antiguos griegos. Calderón de la Barca y William Shakespeare la toman cada uno a su modo. Hay un cuento de Jorge Luis Borges,
"Tema del traidor y el héroe" que le da una vuelta más de tuerca a esa idea. Se comete unasesinato en un teatro. Pero es la ciudad misma se ha convetido en sala: todos sus habitantes hicieron de actores para disfrazar la conjura. El drama abarcó días y noches.
Bogota, por estas horas, es también, a su modo, una ciudad-teatro, una vasta performance que tiene otras desgracias escondidas detrás del telón o a la vista de todos. Bogotá vive, goza y se involucra con el teatro como pocas en el mundo. Su Festival Iberoamericano despliega sobre su mapa un escenario del mismo tamaño de su vasto territorio. Los organizadores del Festival calculan que unas tres millones de personas, el equivalente a la mitad de los bogotanos, asisten a alguno de sus múltiples espectáculos.
El Festival, cuya décimo primera edición se ha iniciado días atrás, trae hasta aquí compañías de todo el mundo. Para los extranjeros, la capital colombiana es una experiencia estética y cotidiana fuera de lo común. Valga un ejemplo: algunos de los artistas e invitados se encontraron en las vísperas del gran evento con una frenética corrida de personas y motos en la 7ª Carrera. No faltaron los que creyeron que se trataba del ensayo de alguna performance callejera y encendieron sus cámaras. Los desprevenidos, se ha compadecido el diario El Tiempo, no tenían por qué saber que "la policía se había enfrentado con unos manifestantes y que Colombia es un polvorín".
Algunos analistas de esta realidad volcánica, celebratoria y al mismo tempo lacerante, creen que el Festival de Teatro no se inaguró en Bogotá sino en la cumbre presidencial de Santo Domingo, aquella que comenzó con insultos y concluyó con palabras almibaradas que evitaron afortunadamente una guerra entre Colombia y sus vecinos Ecuador y Venezuela. Para el columnista Luis Noé Ochoa, esa reunión regional al más alto nivel político debío llamarse en rigor "El abrazo en los tiempos del cólera". La crisis había estallado con la incursión militar colombiana en territorio ecuatoriano para matar a Raúl Reyes, el número dos de las FARC.
La cumbre de Santo Domingo tuvo un enorme impacto televisivo en una Bogota que, además del teatro, ama los culebrones. La gente se detenía donde había una pantalla para seguir sus incidencias. Durante esas horas agitadas, la ciudad se paralizó.
Dos días después de que los presidentes trocaran sus invectivas por llamados a la colaboración, se iniciaba en Bogotá el XI Festival de Teatro "verdadero" con un multitudinario y circense desfile por la misma 7ª Carrera donde se habían enfrentado policías y manifestantes en una marcha contra los paramilitares. Entre las compañías extranjeras invitadas a Bogotá se encuentra la Dusseldorfer Schauspielhaus. Su director, el alguna vez polémico Jurgen Gosch, trajó aquí su particular versión de Macbeth, la más cruel de las tragedias de Shakespeare. Siete actores desnudos y "ensagrentados" dejaron a su público en un estado de conmoción y perplejidad.
"Recuerden que yo siempre debo quedar limpio", le dice el rey usurpador a sus sicarios cuando les ordena asesinar a Bancuo, su ex amigo y general del ejército escocés. "Estas manos nunca van a quedar limpias", reconoce su esposa. "Yo no tengo palabras, hablo con mi espada", dice sobre el final Macduff, el vengador. Era imposible no mirar aquella puesta sin pensar por un momento en que la falsa sangre en escena estaba hablando de otros cuerpos abatidos o encerrados en la selva, de otro teatro de la crueldad.