sábado, 08 de marzo de 2008 0:34
Abel Gilbert
Instrucciones de uso para un diluvio en Buenos Aires
Buenos Aires fue otra vez Venecia, pero sin su aura adriática, y es muy posible que la escena acuosa vuelva a repetirse. A falta de góndolas y vaporetos, canoas improvisadas vienen atravesando las calles de esta ciudad cuando se anega impiadosamente. La gente teme estar habitando la nueva Atlántida del cambio climático. "¿Qué es eso de cruzar una avenida con el agua hasta la cintura?", se interrogó una mujer empapada, en el barrio de Belgrano (y se quedó luego sin habla, aterida, hasta secarse).
El que avisa no es traidor, suele repetirse en esta ciudad atiborrada de conjuras, donde ya no hay lugar para desprevenidos. El cielo plomizo suele anunciar lo funesto desde temprano. Como ocurrió a fines de febrero, cuando en apenas tres horas cayeron 60 litros por metro cuadrado, la mitad del agua de lo que suele llover en todo febrero.
Las postales de la anegación se diseminaron por un tercio de Buenos Aires y su periferia. La tormenta se desparramó por calles, avenidas y autopistas, horadó viviendas, destruyó mercancías en los negocios, paralizó el transporte público, provocó cortes de energía. El tránsito fue un caos en el caos de todos los días.
El barrio de Palermo, epicentro de la especulación inmobiliaria y el deleite gastronómico, zona babélica de la Buenos Aires turística (¿cuántos idiomas se pueden escuhar al mismo tiempo en una misma esquina?), subdividida a su vez arbitrariamente en Palermo Hollywood, Palermo Soho y hasta Palermo Queens, ya tiene, por la fuerza de los hechos, su Palermo Lake o, en su defecto, Palermo pool.
"¿Esto va ser siempre así, en adelante?", quiso saber un joven que no salía del asombro. La esquina de Santa Fe y Hundboldt se había convertido en una piscina.
La perfumería de Gabriel Telias está ubicada en esa misma esquina que, desde hace décadas, sufre el mismo azote sistemáticamente. Telias dice que reza, pero nadie lo escucha en las alturas.La cuenca del arroyo Maldonado, que corre bajo la avenida Juan B. Justo se desborda cada vez que caen dos gotas del cielo. Fue en ese arroyo que Jorge Luis Borges fijó en los años 30 el límite de la ciudad y ambientó uno de sus cuentos memorables, El hombre de la esquina rosada.
Por las orillas borgeanas desfilaban personajes que solo conocían la ley de sus cuchillos y bailaban entre sí una danza de origen prostibulario, luego conocida como tango.La ciudad se modernizó y el Maldonado quedó entubado. Pero, con los temporales, la avenida que lo reviste saca a relucir la furia encerrada del arroyo. Hernán Cavarra no pareció recordarlo al momento que la atravesaba con su Volkswagen. "Fue cuestión de segundos", le contó al diario Clarín, tras el último diluvio.
Un motociclista que pasó a su lado le avisó que el agua llegaba le al tubo de escape del vehículo. "Después, no pude hacer nada". El auto comenzó a flotar . El vaivén del agua lo dejó sobre la vereda de un local de ropa femenina. Cavarra lo vio desplazarse impávido.
Mauricio Macri, el jefe de Gobierno de la ciudad, ganó las elecciones el año pasado prometiendo el fin de los colapsos que venían siendo costumbre. Ahora que está en funciones, que los votos no lo urgen, dice que, si el cielo volviera a tronar con esa ferocidad apocalíptica, habrá aguantárselas: las obras de infraestructura que aquí se requieren no se terminan de un día para el otro. "Si hay otra tormenta así en dos años, va a pasar lo mismo", profetizó. Habrá que comprar escafandras en vez de paraguas. Y saber nadar.