Treinta ojos. Algunos pizpiretas; otros asombrados; muchos bizcos. Algunos, obra de un gamberro; otros, de un artista. Aquí hubo un salón tapizado con papel setentero, un baño, un recibidor. Se dieron besos en esta esquina, se criaron hijos, hubo peleas. El edificio ya no está, pero quedan huellas de él. Ahora hay una enredadera salvaje y muchos ojos. Pintados, dibujados, grafiteados, pero, al fin y al cabo, ojos.

Se lee en una pintada casi descolorida: multa de 5 pesetas a quien se orine en la calle. Es obra de unas manos.  ¿La verán todos esos ojos?

 

En la calle de Banys Vells.

Levantar la vista, empinar la cabeza hasta que casi haga daño y sentir que el cielo está enmarcado. Observar que la plaza está arriba y no abajo. La placielo (plaza-cielo) está en la calle de Milans, en el Gótico. El que cruza por ahí se encuentra con una plazoleta espontánea. Si, por casualidad, el paseo ocurre en la hora azul, entre las nueve y las diez de la noche, y las golondrinas están en danza, es todo un espectáculo. No se olvide de mirar hacia arriba. 

 

La placielo de la calle de Milans

Foto: Cecile Carrez

La mujer se asoma al balcón y se topa con la cara de ese hombre colgado a la fachada de enfrente. Es el papus de la Barceloneta; es el Negre de la Riba. Un antiguo mascarón de proa que, sin mar y sin barco, aparece como una imagen fantasmagórica en la Barcelona del sigo XXI. En 1860, lo encontraron en un almacén de un muelle y, durante años, sirvió de reclamo para ese almacén y para que los padres del barrio asustaran a sus hijos. "Va a venir..." "Qué viene..". Ahora los turistas se preguntan quién es ese hombre que mira al frente haga sol viento o lluvia: ¿un esclavo? ¿un indio amerindio?. El original está en el Museo Marítimo; pero la copia es lo suficientemente tétrica que asusta a cualquiera. Claro que la mujer del balcón está tan acostumbrada a verlo que ni se inmuta. Cuestión de práctica.

En la calle de Andrea Dòria

Hay que desprenderse de prejuicios y de que adentrarse en las entrañas de este personaje histórico es algo que solo hacen los turistas. La ascensión, eso sí, es un poco claustrofóbica pero al final el osado sabe que tendrá su recompensa: tener la Rambla a sus pies, ver la ciudad a vista de pájaro. La estatua de Colón es uno de los mejores miradores de la ciudad. ¿Por qué no convertirse en turista en tu propia ciudad? Eso sí, sin bronceador ni gorritos estrafalarios.

 

 

Foto: Martí Fradera

Los edificios se lo tapan, pero cuando lo levantó, entre 1862 y 1864, esa torre dominaba toda Gràcia. Un siglo y medio después sigue todavía marcando el tempo del barrio. Antoni Rovira i Trias se mantiene petrificado en un banco, con la mirada fija, llueva o haga sol, hacia esa torre. El arquitecto la observa unas plazas, unas calles más al norte, pero en el mismo barrio. Bajo el campanario de Gràcia, en la plaza de Rius i Taulet, una pareja de mujeres acaba de casarse. Se toman una foto; la torre sigue siendo el símbolo de la libertad.

 

En la plaza de Rius i Taulet

Foto: Albert Bertran

 

Es un calle neuronal aunque pase desapercibida para los de afuera. Recibe a los vecinos que huyen de los impulsos de Elisabeths y que saben cómo es el sistema del Raval. Callejuelas poco transitadas y calles abarrotadas. La calle del Notariat siempre está en sombra; es un micromundo alejado del turismo. En el 7 hay una placa que informa que ahí vivió Ramón y Cajal a su paso por Barcelona. El mármol no está en el álbum digital que los japoneses miran en el avión de regreso a su casa.

En la calle del Notariat, 7 

 

 

Foto: Ricard Cugat

La ropa lleva ahí colgada como mínimo cinco años. Cada día está más gris, más color ala de mosca, más color Barcelona. La raya roja del pantalón ya no es ni recta. Esa colada ya no es sinónimo de limpieza; es un despojo más del paisaje urbano. Los vecinos la han integrado de tal manera que ya ni se percatan de su presencia. La señora la colgó quizá unas horas antes de desaparecer para siempre.

 

 

 

Foto: Albert Bertran

El que puso la cinta adhesiva jugó con el inconsciente colectivo. La instalación emula una pista de atletismo y ha generado atletas improvisados. Cinco minutos parada enfrente: la mayoría de la gente escoge una de las pistas sin darse cuenta. Los pies caminan solos. Siguen hablando, pero avanzan en línea recta. Un no despistado ha encarrilado la pista del 2. Se percata de ello y no quiere seguir la línea. Rectifica y cae en el 3.

 

En el transbordador del paseo de Gràcia.

El escritor del Raval ya tiene plaza,o más bien, tiene un lugar en un entrante de la Rambla del Raval. El espacio es un no rincón porque no hay ni banco ni bar ni café donde sentarse. Por no haber, no hay ni palmeras. Hay prostitutas, algún vecino paquistaní que acorta el paso entre Sant Rafael y la Rambla y un conserje de un hotel lujoso. Barcelona, en vivo y en directo.

La plaza Vázquez Montalbán.

Foto: Mattia Insolera

En la plaza de Ramon Berenguer, cerca de las murallas

Esta fue una de las primeras entradas de este blog y, en cierta manera, es una de las primeras piezas de la colección de rincones. Entonces escribí: "Algunas esculturas pueden verse de dos maneras. El pedazo de hierro o a través de su sombra. Tanto el caballo como su jinete, Ramon Berenguer III, se proyectan en las noches en uno de los edificios que colindan la plaza que lleva el nombre del conde. Tras una de las ventanas alguien trabaja, lee o duerme con la cabeza del noble espiando en su balcón. Siempre hay alguien que se da cuenta de la indiscreción". Hace unos días día pasé por delante; llovía esa chirimiri ciudadano que no moja, pero sí ensucia. Las ventanas estaban cerradas, no se asomaba nadie. Me imaginé que el caballo y el caballero esperan, como casi todos nosotros, a que llegue la primavera. Ellos para colarse a través de las ventanas.

 

 

 Es una plaza de pueblo medieval, en un rincón de una ciudad de diseño del siglo XXI. Al atravesar el arco de la calle de la baixada del Monestir, el caminante se despoja de siglos y lo mejor es que se da cuenta de ello. A la tercera zancada se sitúa en el siglo XIV, cuando la reina Elisenda de Montcada fundó el monasterio de Pedralbes. En ese punto, el caminante se topa con los contrafuertes de la iglesia, las columnas y ventanas de estilo gótico catalán y, sobre todo, con el silencio de otro tiempo, de otro siglo. Frente a la iglesia, hay una plaza: bancos de piedra, árboles resistentes y un viejo tronco trozeado, muerto . Al subir las escalinatas, se ve la ciudad a la que pertenece el espacio. Lo primero, la torre de un banco.

 

 

 

La plaza del Monestir. Foto: Guillermo Moliner

 

 

Solo llegas a esta calle si te pierdes. Es pequeña, escurridiza y fantasmagórica. En una noche lluviosa de domingo, los que deambulan por ella adoptan la fisionomía de los fantasmas; caminan poco a poco sin que les importe el agua que les moja el cabello y cala hasta los huesos. Un joven deja una bicicleta vieja frente al bar Shangai; ni siquiera la amarra; tampoco la montaba. El joven desaparece en el bar. Un neón rojo se proyecta en la calle. Por sus sombras y sus luces, la calle enamoraría hasta a Orson Welles.

La de n'Aglà es una calle hecha para la noche ya que hasta de día permanece en penumbras. Ni el cartero, callejero humanizado, la sitúa en el mapa de Barcelona. ¿Dónde está la calle de n'Agl'a? Lo piensa, se sorprende a sí mismo sin respuesta y pone cara de agobio. Ese es su barrio y a esa calle nunca ha repartido una carta. En el 7 hay una bombilla que no funciona en el centro de en un corazón oxidado. La calle está en el barrio Gótico; llegar a ella es un acto propio de un flaneur: caminar sin rumbo, sin espectativas, dejándose perder por esta ciudad negra, de sombras y penumbras.

 

Foto: Dany Caminal
Eran las 4.30 de la madrugada y en muchas ventanas aún se veía la luz tenue de las lamparillas de noche, las imágenes parpadeantes de las teles. Era verano, 30 grados a esa hora tan tardía, y en la calle de Guifré nadie dormía: ruido, calor, teles a volumen bajo, radios lejanas, despertadores a casi cada hora, gritos de amantes. A las 4.30, se escuchaba el despertador de los panaderos; poco antes había sido el de los descargadores del Mercabarna y solo una hora después lo harían el de los fieles a la mezquita de la calle de Hospital. Guifré era a esas horas lo más parecido a la Rambla, pero en vez de turistas el desfile era de trabajadores, de curritos. Los vecinos aguantaban con esa paciencia infinita que da vivir en verano en una calle estrecha del Raval. Era como cualquier otra noche hasta que a las 4.35 pasaba algo que rompía la calma tensa de esa noche de verano. Tres estadounidenses pasaban por la calle cantando a todo pulmón el himno de Estados Unidos. Los despertadores, el calor, las teles...eran solo el callo de cada noche, pero que tres niñatos, tres turistas, se creyeran los reyes de la calle era demasiado para el civismo vecinal. Todo tiene un límite.
La primera que se asomó al balcón fue la señora que de día ponía rectos a los que tiraban la basura en cualquier lado. De hecho ese es su rol en la calle. Una especie de policía cívica que cualquier ayuntamiento querría tener en plantilla. La señora espetó: "Ya callaos, iros a vuestra casa" y ese grito de guerra hizo que otros dos vecinos se asomaran al balcón lanzando improperios a los turistas que, ajenos a todo, seguían con sus cánticos patrióticos. El señor del 7 los reprendió por turistas, por incívicos, por borrachos, por maleantes y, sobre todo, por ingleses. El del 6, solo por borrachos. Un muchacho en un balcón de la acera de enfrente, en el 9, corrigió al del 7 y le informó que los de abajo eran estadounidenses. Entonces empezó una escena que solo puede pasar en una ciudad como Barcelona y en un barrio como el Raval:
 
-       "Perdona, hijo, pero maleantes e hijos de puta hay en todos lados", le dijo el señor el eñor al joven
-       "Es que hablan que no se entiende y una siempre piensa que son ingleses", dijo la señora justificando al vecino del 7
-       "Yo soy inglés. Ellos son estadounidenses", se rió el joven
-       "Pues, lo siento", dijo el señor del 7
-       "No pasa nada, buenas noches", contestó el joven y encendió un pitillo.
-       "Buenas noches", dijo la señora y se metió adentro
 
Los turistas ya habían desaparecido por la calle de Joaquin Costa. Ninguna ventana se cerró, se siguieron escuchando la radio, las teles. Se encendió el motor del taxi que cada noche abandonaba la calle a las 5. Faltaba media hora para el desfile de fieles. Una noche de julio en Guifré.
 

Era como un espejismo urbano. El arco iros acababa de asomarse en el paseo de Joan de Borbó, en la Barceloneta, y formaba una flecha perfecta entre el último edificio del muelle y la sombra marítima del llamado el hotel Vela. Partía del edificio de vecinos y casi rozaba las grúas que levantan el hotel en medio del mar; silencioso, solitario, monstruoso por grandilocuente. Por el paseo, los turistas se refugiaban en los bares y las parejas de la Barceloneta se dirigían hacia las calles estrechas, afectadas por la humedad, la sal y con restos del último viento de Levante. Aquí lo del Levante, el viernes aún era noticia. Pregunté si es común que aparezca un arco iris en ese punto y no me dijeron ni que sí ni que no. Una respuesta a lo Barceloneta: un mirar, un pensar y un no saber, dejarlo al viento. Quería poner ese arco iris en este espacio, decir a los lectores que ese es un buen paseo en un día de lluvia gris, un día solitario, de goteras, de ropa que no se seca. Lo pongo igual. No se sabe si ese arco iris aparece siempre, pero tampoco nadie lo niega. Si alguien pasa por ahí justo cuando esparza la lluvia, que nos lo cuente.

La de Joaquin Costa es, de hecho, una calle difícil. Coches, motos, bicis, patines, gentío, bincings. Frente a la cafetería del 36, siempre hay una pizarra con una frase. Quien lo sabe, para, lee, sonríe y sigue su paso. Dice Jaime, cafetero gruñón y poeta amable, que la escribe cada día desde hace siete años para "comunicarse con la gente". Ayer no sabía cuál sería la de hoy. Aquí va una de un día cualquiera: "Lo que desconoces puede ser la solución".

 En la calle de Joaquin Costa, en el Raval.

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