Me los encontré una mañana en la que yo caminaba estresada. O mejor dicho una mañana cualquiera a mi paso habitual. Mi andar era casi un galope o un redoble; todo menos un andar tranquilo. Llegaba tarde a una entrevista e intentaba acortar el camino por los callejones de Gràcia. Cuando los vi, mi instinto fue adelantarlos, pero un coche no me lo permitió. La acera era angosta y los coches no dejaban de circular por la calle de Milà i Fontanals. Resignada, empecé a caminar detrás de ellos. Ella era una señora de unos ochenta años y él su marido. Se daban la mano quizá por no caerse, quizá con cariño. No les veía la cara. Por detrás, visualmente era bonito. Aún no me había dado cuenta de que, gracias a su paso, mi percepción sobre ese tramo de Gràcia cambiaría.

Caminaban lento, muy lento, se diría que a fuego lento como, dicen los dichos, se hacen bien las cosas. Mi velocidad había aminorado casi en seco. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pesaba mi bolsa. Esa fue la primera sensación. Miré hacia abajo y les vi los pies. Yo contaba hasta dos y ellos daban un paso. Luego, levanté la vista. El olfato me anunciaba que había una panadería cerca. Antes nunca la había visto. Milà i Fontanals dejó de ser un lugar de paso para convertirse en un lugar de vecinos, ¡una calle de verdad!. A la izquierda, en un callejón, un niño jugaba montado en una bicicleta. Alguien había tendido la ropa en el balcón y una Minnie gigante estampada en una toalla se secaba al sol. A la derecha, un joven fumaba frente a un viejo almacén, que ahora parecía un local de artistas, artesanos, terapeutas.

La pareja entró en un portal. No llegué a verles la cara. Ya no tenía excusa, tenía que seguir caminando rápido.

Por un segundo dudé: ¿rápido o lento?   ¿Qué hubieras hecho?