SANTIAGO BARTOLOMÉ En el edificio de la calle de Aribau no se encuentra ninguna fecha ni portero alguno que pueda explicar la presencia de ese indio en la fachada. ¿Capricho de indiano? Con solo observarlo, se intuye que fue guerrero. Mirada fiera, cabeza altiva, penacho florido. Sus ojos parecen no perder ni un detalle de lo que pasa abajo. En su interior, unas mujeres mueven el vientre en una academia de danza oriental. Quizá le hagan cosquillas, pero él no sonríe.

 

En la calle de Aribau, 46