Phan Anh NhungPatear el culo estadounidense alimenta el orgullo del pueblo vietnamita, que aún esta semana repartía medallas a los mártires. En la escala meritoria bélico-social, el sótano lo ocupan las semillas del enemigo, los bui doi o hijos de la basura, condenados por sus ojos azules, pelo ensortijado o piel oscura.

En 1969 coincidieron en Vietnam más de medio millón de soldados norteamericanos, con dólares frescos de cebo para las empobrecidas mujeres locales. Cuando el último de sus helicópteros partió en 1975 de Saigon (hoy Ho Chi Minh), atrás quedaban unos 50.000 hijos. Han superado la treintena y siguen atados a una vida miserable. En una sociedad tan tradicional, la ausencia de padre priva de estatus. Además, el mestizaje siempre ha sido oprobioso aquí: incluso las bellísimas hijas de la anterior ocupación francesa fueron despreciadas.

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China ha sacado la corneta tras un reportaje de la CBS sobre Guiyu, el mayor cementerio de ordenadores del mundo y probablemente la mayor calamidad medioambiental nacional, que no es poco.

Ha sido desde el diario China Daily. Los dirigentes de Guiyu aseguran que lo que se ve ni siquiera es Guiyu, sino Puning, otro vertedero electrónico. Es factible que no sea Guiyu: hace ya tiempo que los extranjeros sólo pueden entrar con un permiso especial. Los periodistas están muy mal vistos por la población, la voz de su presencia corre rápido y más de uno ha tenido que salir por piernas. Se hace difícil creer que una cámara de televisión pase desapercibida. La prensa escrita lo tiene más fácil, basta con fingir ser compradores potenciales.

Más miga tiene el fondo, un catálogo de negaciones y desmentidos. Prometen que las prácticas más aberrantes, como el uso de ácidos con las manos desnudas para extraer ínfimas cantidades de oro, están en desuso desde 2005. Bueno, en 2007 no lo estaban, así que no hay razón para pensar que lo estén hoy. Aún entonces la familia se juntaba para descuajaringar los ordenadores frente a la televisión, en el mismo salón.

Fue otro reportaje televisivo el que destapó Guiyu en 2000 y obligó a sus dirigentes  lavar su cara, al menos la mediática. Los avances son innegables, pero distan de los publicitados. Guiyu no tiene solución porque nadie la pretende: los dirigentes presentan balances económicos impecables a Pekín, los lugareños gestionan negocios de reciclaje que atraen a emigrantes de todo el país, y Occidente tiene otro vertedero donde, sobornos mediante, desembarazarse de su basura más contaminante.

Es probable que las televisiones tengan que filmar otras aberraciones medioambientales análogas a Guiyu pero que no son Guiyu. Pero eso no limpiará su aire ni sus ríos.   

Corea del Norte ha tardado más en conseguir una pizza margarita o unos spaguettis a la puttanesca decentes que un arsenal atómico. Después de más de una década de sinsabores y amarguras, Kim Jong Il cuenta ya con su primer restaurante italiano, abierto en Pyongyang.  El dictador de uno de los países más pobres del mundo y golpeado por frecuentes hambrunas sostiene que "el pueblo debe tener la posibilidad de probar los platos mundiales más famosos". Lo desveló Kim Sang Soon, jefe del restaurante, al diario Choson Sinbo, con base en Tokyo y habitual portavoz del régimen.

La crónica tiene un cariz triunfalista. El restaurante disfruta de llenos habituales desde su apertura en diciembre. "Sabía por la televisión que la pizza y la pasta son muy célebres, pero es la primera vez que los pruebo. Tienen un sabor único", declara Jung Un-Suk. El restaurante importa harina, trigo, mantequilla y queso de Italia.  Nueve de los 24 millones de norcoreanos han sufrido este invierno graves escaseces alimentarias, según el Programa de Alimentos de la ONU, pero el extenso cuerpo de funcionarios son bien tratados por el régimen.

La pizza era un viejo sueño de Kim. Ermanno Furlanis, un chef italiano, fue contratado en 1997 para aleccionar a sus colegas norcoreanos. Furlanis contó la historia años después. Pasó por rayos X, escáneres cerebrales, análisis de sangre y orina. Ya en Pyongyang, fue recluido en un palacio antes de ser trasladado a una base naval, sellada como un fortín, que haría las veces de taller culinario. Sus colegas lo apuntaban todo febrilmente, incluso le preguntaron por el número de aceitunas que requería cada pizza y la distancia exacta entre ellas.

El asunto debía de ser importante porque mereció la visita de Kim. "No estoy en posición de decir si realmente era él. Pero nuestro chef, que no tiene razones para mentir, se quedó varios minutos sin palabras. Dijo sentirse como si hubiera visto a Dios, y aún le envidio por esa experiencia", explica Furlanis.

La empresa fracasó. Según Kim, los esfuerzos durante una década de alcanzar la pizza perfecta no habían sido más que "pruebas y errores". Así que recientemente envió a sus cocineros a Roma y Nápoles a aprender sobre el terreno.

La apertura del restaurante apuntala la reputación de Kim de refinado gourmet. Kenji Fujimoto, su chef personal durante 13 años, desveló en un libro sus viajes en busca de caviar iraní, melones chinos, papaya tailandesa, cerveza checa o pescado japonés. Se sabe que le gusta la sopa de aleta de tiburón y sólo trasiega el cognac francés más selecto. En un viaje en su tren privado por Rusia se hacía abastecer de langostas vivas en cada parada. Sólo las mujeres pueden seleccionar uno a uno los granos de arroz más perfectos para él.  

En la caricatura de Kim tampoco suele faltar su ridículo tupé, las alzas en los zapatos y las adicciones al alcohol y al sexo. Poco más se sabe. Ese pueril retrato certifica el continuado fracaso de los servicios de espionaje estadounidense, surcoreano y japonés por adentrarse en el país más hermético del mundo. La muerte de Kim se habrá anunciado una veintena de veces en los últimos años, por ataques al corazón o cerebrales, atentados o accidentes de coche. Murió por última vez en agosto. Presidente de unos de los países más pobres del mundo, ha arrastrado a Estados Unidos a la mesa de negociaciones, imponiendo calendario y condiciones, mientras otros dirigentes del Eje del Mal ya han sido ejecutados. No está mal para el bufón del tupé.


Escuchaba a Zhong
y recordaba un reciente estudio sobre opinión global. Consiste en preguntar a gente de todo el mundo su opinión sobre países. China ha bajado: los que tienen una imagen negativa pasan del 33 % al 39 %. Repasemos lo más importante que ocurrió en China el año pasado: unos Juegos Olímpicos exitosos y un terremoto. Son reacciones elementales de la psique humana la empatía y la lástima por los que sufren, personas o países. Hasta los más furibundos antiamericanistas se tomaron un respiro tras los 3.000 muertos del 11-S. Los casi 100.000 chinos muertos en Sichuan son mucho sufrimiento.

Estados Unidos ha subido: los que lo ven de forma positiva pasan del 35 al 40 %. Lo más reseñable que hizo Estados Unidos el año pasado fue crear y extender globalmente la peor crisis económica del siglo. Desde los análisis más sesudos hasta la esclarecedora teoría ninja señalan a las celebérrimas hipotecas subprime como el germen. Les salió barato, parece.

Escuchaba a Zhong y me preguntaba en qué sótano de la opinión global estaría hoy China si la crisis fuera cosa suya, si los millones de parados en todo el mundo fueran cosa suya, hasta qué punto maldecirían a China y todas sus dinastías, qué límites habría alcanzado la sinofobia.

Los medios de comunicación occidentales forman la opinión global. No es caer en el antiamericanismo recordar que en Occidente sólo vive el 20 % de la población mundial. Huir del ombliguismo es difícil. Pero hay que intentarlo.

Parados, en el puente de Liu Li,Una furgoneta aminora el paso y una veintena de hombres se abalanza sujetando un papel sobre el que han escrito su especialidad: fontanero, pintor, paleta, o cualquier chapuza en general. Tres son elegidos a dedo y suben. El proceso es rápido y civilizado. El resto regresa a la partida de cartas o la tertulia en el puente de Liu Li, sobre uno de tantos cinturones de circunvalación de Pekín. La escena cada vez se repite con menos frecuencia. "Hace tres meses que no me sale nada", lamenta Zhong Dong Liang, mientras reparte cartas. 

Los casi 3.000 delegados chinos que estos días se reúnen en la Asamblea Nacional Popular tienen como prioridad encontrar soluciones al paro, un problema nuevo aquí. El tradicional modelo de fábrica del mundo, que empleaba a los emigrantes rurales en las ricas provincias costeras, se ha ido al traste por la crisis global. Más de 20 millones de emigrantes han perdido el empleo y han tenido volver a sus hogares. Ni siquiera es posible regresar a trabajar el campo, castigado por la peor sequía en medio siglo. Otros se han quedado.

 "Vine a Pekín hace cinco años y nunca faltó trabajo. Incluso podíamos elegir. Los meses previos a los Juegos Olímpicos fueron los mejores. El Gobierno nos pagaba 3.000 yuanes al mes por levantar la Villa. Pero después de los Juegos, todo se paró de pronto. Aquí nadie construye nada", dice Zhong, de 40 años y oriundo de la provincia de Shandong.

Hasta la semana pasada, la afluencia al puente era cada día mayor. Entonces la policía ordenó la disolución, en una de los habituales maquillajes previos a los grandes cónclaves políticos.  Zhong y compañía comparten la tipología del emigrante, ropas ocres y ajadas, ciudadanos de segunda en su propio país. Los más afortunados duermen en pensiones de medio pelo; el resto, en la estación de tren cercana.

A Zhong se le ve razonablemente tranquilo. Sus ahorros le permiten sobrevivir a dos años duros, calcula. Tampoco parece nervioso su compañero Han Zhen Shan, de 40 años. El cierre de la fábrica de componentes de televisores le dio una compensación de 20.000 yuanes, que aún estira. No tienen pensión de desempleo ni cobertura sanitaria, como ninguno de los compañeros del puente. Los chinos tienen una de las tasas de ahorro más altas del mundo, siempre pensando en los días difíciles. Ocurre que la remontada económica pasa por estimular el consumo interno, y eso choca contra una mentalidad milenaria. Mientras las coberturas sociales sean tan precarias, la misión es quimérica. "¿Cómo vamos a gastar los escasos yuanes que conseguimos? Hay que ser previsor, siempre me lo dijo mi madre", dice Zhong.

Preguntados por la crisis, sostienen que es un fenómeno global que el Gobierno chino se está esforzando en solucionar. Pekín aprobó en noviembre un paquete de estímulo de más de 400 mil millones de euros, aplaudido por expertos de todo el mundo. "En los últimos meses han dictado un montón de medidas. Por ejemplo, nos pagaron el viaje de tren en Año Nuevo para que visitáramos a nuestras familias. Hay que ser paciente", sostiene Han.

Algunas voces, siempre foráneas, anticipan un panorama de caos, revoluciones y caída del régimen si el paro continúa. Cualquier trabajo de campo desmiente un clima revolucionario, incluso entre los desheredados. La confianza de los chinos en la faceta económica de su Gobierno es monolítica, después de treinta años de milagro económico.

Puestos a buscar culpables, miran a Estados Unidos. "·Ellos empezaron la crisis. Tuvieron un problema, creo que con hipotecas. Se hizo grande y más grande y contagió a todo el mundo. Eso de la economía libre es una tontería. Si tienen un problema, el Gobierno no puede intervenir. El modelo chino es mejor. Si hay un problema, nuestro Gobierno lo arregla en un momento", juzga Han.

Coge un AK-47, hasta los niños africanos pueden usarlos", recomiendan. El AK-47 o kalashnikov, causante de 300.000 muertes anuales aún en los años 90, disfruta de un halo romántico. Simple, barato y resistente, ha sido empuñado por desheredados y guerrillas de liberación en medio mundo. No hay rastro de ese halo en esta angosta galería, húmeda y lóbrega en la canícula tropical, que amplía hasta la tortura el eco de los disparos.
Hay muchos más campos de tiro en el Sureste Asiático, pero pocos como este de Phnom Penh. De la pared cuelga una decena de rifles, a razón de 32 euros por 30 balas: los sobrios uzis rusos o los M16 americanos, perdedores frente a los kalashnikov en los barrizales vietnamitas. Para los más tímidos hay pistolas. El resto tiene ametralladoras M-60 americanas o K-57 rusas. Las granadas se pueden lanzar artesanalmente a un lago cercano, pero para alcanzar la alejada maleza es preceptivo un lanzagranadas M-79 (80 euros por disparo), capaz de derribar un pequeño edificio. Y uno no es un Rambo digno sin un bazuca B40 (160 euros).

El Comando 911 de Paracaidistas gestiona el negocio, a escasos metros de un campo de entrenamiento del Ejército camboyano. De ahí salen las armas. Las balas son el remanente del rico pasado bélico nacional. Los conductores de tuk tuk (carritos motorizados) ofrecen al viajero visitar el campo, a una hora de la capital. "En temporada baja viene una veintena de turistas al día. Los más apasionados son los ingleses, incluso más que los estadounidenses", cuenta el instructor, y señala a dos tipos orondos, rapados, tatuados y con la tez enrojecida por el sol en pleno ejercicio, rebozándose en tierra entre disparo y disparo. En la galería de tiro se desgañitan unos mochileros posadolescentes: "Tío, con el automático mola más, pero las balas se acaban en un momento".

El rey Norodom Sihanuk prohibió en el 2001 disparar a animales en los campos de tiro, haciendo ver que perjudicaba la imagen nacional y contradecía los postulados budistas. En la práctica, impuso discreción. Un empleado me señala unos patos que corretean entre unas bombas enormes con inscripciones como bienvenido o de nada. "Puedes dispararles por 15 euros. Por 280, te traemos una vaca. Sin problemas, tenemos un mercado cerca. Tú eliges el arma. Después, te lo llevas a casa y te lo comes", susurra, con la desconfianza ya vencida.

Uno de cada tres hogares camboyanos tenía un arma una década atrás. El país fue un arsenal de rifles estadounidenses, chinos y rusos, prueba del involuntario rol que este empobrecido y digno país jugó en la geopolítica del Sureste Asiático, y del que aún no ha cicatrizado. Pocos años atrás, uno podía llevarse por 24 euros del mercado ruso de Phnom Penh un AK-47 y una bolsa de marihuana de regalo. Los esfuerzos de Camboya por retirarlos han sido bastante eficaces. Desde 1999, centenares de miles de armas en poder de civiles han sido destruidas en público.
La venta de armas está prohibida, pero quien pretenda comprar una no tendrá problemas. Basta con preguntar a un conductor de tuk tuk. El precio de un AK-47 ronda ya los 80 euros, excesivos para la mayoría de camboyanos, muchos de ellos preocupados en la subsistencia diaria. Las armas han quedado en manos de la élite política y empresarial, impermeable a la ley.

Uno de los consejos más repetidos al turista es huir de cualquier local de moda tras la entrada de uno de sus hijos y de sus guardaespaldas de gatillo fácil. Cualquiera que haya vivido lo suficiente en la capital ha visto disparos en plena calle. Son especialmente revoltosos los sobrinos del eterno primer ministro, Hun Sen. Un juez anuló la condena a Hun Chea, envuelto en un tiroteo de sus guardaespaldas en la calle que acabó con muertos. Tampoco pisó la cárcel por circular por el centro de la capital a más de 100 kilómetros por hora con su Cadillac, atropellar mortalmente a un motorista y liarse a tiros con los congregados. Del resto de sobrinos también constan disparos, incluso contra la policía. "Si un niño rico tiene un problema, se va a estudiar un máster a EEUU", dice un camboyano.

Las armas son un doloroso recuerdo aquí. Los clientes del campo de tiro nunca son camboyanos. "No nos gustan, ya las hemos sufrido bastante. Esto es solo un trabajo", dice un empleado.

No parece fácil concentrarse en los pinceles cuando sabes que del lienzo depende tu vida y del patio llegan los alaridos de los torturados. Vann Nath lo hizo. Es uno de los siete únicos supervivientes de S-21, el principal campo de tortura jemer, de los 15.000 prisioneros que lo pisaron.

Lo cuenta hoy con su hilillo firme de voz. Cuando en febrero de 1978 le llamó a su despacho Duch, el infausto director del centro ahora juzgado, pensó que era el fin. Llevaba un mes en el centro y ya había sido azotado. Iba esposado pero con los ojos descubiertos y eso le dio una tibia esperanza: la venda era preceptiva. Duch le esperaba en el sofá. Ordenó que le quitaran las esposas y le aconsejó que no huyera. Estaba rodeado de guardia. Qué tontería, pensó. Duch le preguntó si sabía pintar. Había oído que era bueno.

Vann Nath es un artista autodidacta. Quedó deslumbrado con 10 años ante las pinturas budistas de una pagoda y su mensaje: "Si haces el bien, recibirás el bien". Copió el estilo y el fondo. Pobre de solemnidad, le abrieron las puertas de la escuela por su talento e tozudez. Perfeccionó la técnica. En poco tiempo se encargaba de anuncios comerciales de Coca Cola y de películas de estreno. Abrió una tienda de pintura que le permitió ganarse la vida con holgura. Suficiente para llegar a S-21.

"Sí, le respondí. Él me alargó una foto enorme de Pol Pot. Pero estoy demasiado débil, le dije. Me dijo que me daría tres días de descanso y comida. También me ordenó afeitar y ducharme. Apestaba". No volvió a la celda donde se hacinaba una cincuentena de prisioneros esperando turno para la tortura o ejecución. Durmió en una celda individual con colchón y los dos cuencos diarios con algunos granos de arroz se convirtieron en raciones sin límite.

Tres días después fue llevado a un despacho con vistas al patio que haría las veces de taller. "Sabía que no habría una segunda oportunidad. Estaba temblando y me llegaban muy claros los gritos de los torturados. Tardé una eternidad en coger el pincel. El guardia que siempre me vigilaba se estaba poniendo nervioso". Duch no le había impuesto un plazo, pero sí que saliera bien. A eso se agarró Vann. No sabía qué iban a hacer con él después, así que demoró la entrega cuanto pudo. "Un día más pintando era un día más con vida".

Una semana después entró Duch, tiró el cuadro a la basura sin apenas mirarlo y le ordenó que se olvidara de aquél y pintara un segundo. Una semana más con vida. "El segundo me quedó muchísimo mejor, pero no estaba seguro de si le gustaría. Entró al despacho, lo miró desde lejos y tras unos segundos soltó una carcajada. Y me asusté". Duch siempre le trató con educación y respeto. Las formas de aquel ex profesor de matemáticas eran linimento frente al salvajismo del resto de jemeres, jóvenes campesinos analfabetos entrenados para odiar. Años después sabría de su maldad, de que nunca mató con sus manos pero dictaba órdenes de ejecución sin tiento, de que dirigió la más perfecta maquinaria de matar.

"Este cuadro está bien, podemos usarlo", juzgó Duch frente al segundo. Después llegaron siete cuadros más, siempre copiando la misma foto de Pol Pot. Dos meses después le adjudicaron otro prisionero de ayudante y le permitieron dormir en el despacho. El equipo de artistas se amplió a cinco, entre pintores y escultores que calcaban febrilmente la efigie del responsable de su cautiverio. "Incluso nos permitían hablar, aunque sólo de nuestro trabajo. Uno me susurró que el pintor que me precedió fue devuelto a la celda común tras no superar la prueba y ejecutado rápidamente".

El ataque de los vietnamitas que liberarían Camboya de los jemeres puso fin al taller. Duch y los guardias huyeron llevándose a punta de pistola a los últimos trece prisioneros, los válidos: artistas, electricistas, carpinteros y mecánicos. El resto ya había sido trasladado a Choeung Ek, el vecino campo donde se mataba en masa. Una bomba cortó la fuga y Vann emergió entre una nube de polvo. Ni rastro de jemeres.

"Nunca supe para qué utilizaron esos cuadros. Vi uno años después, en el Museo -antes el S-21- . Estaba destrozado. Los visitantes le habían pegado patadas, apedreado y escupido. Me alegré". Vann siguió pintando tras ser liberado. Son cuadros con las escenas de torturas que vio desde su taller. Ha expuesto en medio mundo y ayudado a explicar el horror jemer. "Cada vez pinto menos porque estoy cansado. No es un problema de memoria. No he olvidado ni un solo detalle".

El inicio del juicio a los jemeres rojos trajo un eléctrico reencuentro de viejos conocidos. Francois Bizot trabajaba en la reconstrucción de Angkor en 1971 cuando fue capturado en la selva por las tropas de Pol Pot. Durante los tres meses en los que fue interrogado y castigado, desarrolló una especial relación con el camarada Duch, posterior director de S-21, principal centro de tortura jemer. Rodeado de adolescentes analfabetos, Duch pasó horas conversando con Bizot sobre sus desvaríos marxista-leninistas. Bizot fue el único extranjero al que Duch liberó. Mientras el público aún se sentaba ayer, Bizot se acercó al cristal blindado. Duch le reconoció en un par de segundos y le ofreció el saludo respetuoso camboyano, con las palmas de las manos juntas y la cabeza inclinada. Bizot le devolvió una mirada saturada de desprecio. "No sé por qué tiene tantas garantías procesales, él nunca dio ninguna a sus prisioneros", dijo después.

Fue más farragoso el resto de la jornada, en el primer juicio a la cúpula jemer por los crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos entre 1975 y 1979 en Camboya. Duch apareció con camisa azul y se mostró pétreo. Él y los testigos no hablarán hasta dentro de tres semanas. Estos días se celebra la sesión procedimental. Su abogado, Francois Roux, recordó que lleva 10 años en prisión preventiva, cuando la ley camboyana solo permite tres.

Los abogados de los jemeres son los habituales de las causas perdidas. Roux defendió a Zacarias Moussaoui, un marroquí condenado a cadena perpetua en EEUU por el 11-S. Jacques Vergès, el abogado del diablo, ha representado a Carlos el Chacal y el nazi Klaus Barbie. Ambos son maestros en las técnicas dilatorias, especialmente enervantes en un juicio que llega 30 años tarde. Vergès declaró en noviembre al diario Der Spiegel que "un buen juicio es como una obra de Shakespeare, una pieza de arte". Roux protestó ayer por unos documentos que solo le fueron entregados en inglés y no en francés.

Una amalgama de víctimas, curiosos y periodistas ocuparon los 500 asientos en la audiencia pública. El ambiente era el de las citas históricas. "Es un día grande para Camboya. Hoy damos el primer paso para la reconciliación", aseguraba un periodista local. La formación del tribunal mixto ha sido una pesadilla desde que Camboya lo solicitó a la ONU en 1997. Primero fueron cuestiones técnicas, como el cuerpo legal aplicable o la proporción de jueces camboyanos e internacionales. Tampoco se prevén fluidas las deliberaciones entre los segundos, profesionales experimentados, y los primeros, de bagaje gaseoso. Se han publicado varios escándalos sobre sobornos que soltaron los magistrados locales para ser elegidos, práctica habitual en la justicia camboyana.

El mayor obstáculo, sin embargo, es la actitud poco decidida de Phnom Penh. Las demoras obedecen al propósito poco disimulado de que la muerte natural de los responsables solucione el problema. Pol Pot y Ta Mok ya han fallecido. Exceptuando a Duch, los acusados son octogenarios y tienen serios achaques. Su juicio empezaría en el 2010. La razón de las reticencias es doble: el asunto está aún demasiado a flor de piel, y hay exjemeres rojos en el Gobierno actual, empezando por el primer ministro, Hun Sen. Camboya obstaculizó la ampliación del número de imputados pretextando la reconciliación nacional.

Duch está acusado de las 15.000 muertes en S-21. Solo él ha reconocido su culpabilidad, pero aclara que las órdenes de "matar a todos los detenidos" llegaron de arriba. Los expertos jurídicos dan por hecha una larga condena. Con el resto será más difícil. El Centro de Documentación de Camboya será clave en el juicio. Es una oenegé que lleva 12 años acumulando evidencias contra los jemeres. Pero algunos analistas dudan de que todas esas atrocidades documentadas sean suficientes para demostrar que los acusados conocían las matanzas y que podrían haberse opuesto sin arriesgar su vida, requisitos necesarios para una condena. "Los jueces no deberían perder el tiempo en tratados de expertos, sino examinar los crímenes y escuchar a las víctimas que están deseando hablar. Y aunque alguno salga absuelto, ya habrá sido sentenciado por las víctimas: culpable", dijo a este diario Youk Chhang, director del centro.

No ha habido día más jubiloso en la capital de la milenaria Camboya que aquel 17 de abril de 1975. Las crónicas de la época hablan de una muchedumbre aclamando la entrada victoriosa en Phnom Penh de miles de soldados, adolescentes en su mayoría, vestidos de un riguroso negro matizado por un pañuelo colorado. Era el final del infierno, pensaron. El final de una guerra civil de cinco años que dejó un millón de muertos, del contumaz bombardeo estadounidense. Erraron: el infierno acababa de empezar. En los siguientes tres años, ocho meses y 21 días, unos dos millones de camboyanos, sobre un total de siete, murieron ejecutados, por hambre, agotamiento o enfermedades. Casi 30 años después, los jemeres rojos se sientan al fin en el banquillo.

Las sirenas sonaron pocas horas después de aquella entrada victoriosa, ordenando el inmediato desalojo de la ciudad. Partieron viejos y jóvenes, ricos y pordioseros, sanos y enfermos. Los incapaces de seguir el paso fueron tiroteados. Era el primer paso en el paraíso agrario, consistente en devolver al país a la edad de piedra. Quedó abolida la moneda, la religión y la familia. Todo pertenecía al Estado. Se fomentaba la delación y el asesinato entre familiares como muestra de obediencia. Fue el experimento de ingeniería social más extremo de la Historia, que dejó en pañales la Revolución Cultural maoísta de China.

Las heridas son evidentes hoy. Es difícil encontrar a alguien mayor de 40 años que no perdiera a varios familiares. Un estudio reciente revelaba que el 93% de los que vivieron en aquellos días se sienten víctimas, y que el 90% quieren ver a los jemeres condenados. Pero el mismo estudio indica que el 85% de los camboyanos ignoran o tienen escaso conocimiento del juicio. Es habitual en Asia que el día a día exija todas las energías y fuerce el olvido del pasado. El 80% de los nacidos después del régimen de Pol Pot ignoran sus crímenes.

La historia de Ing Mei es habitual. Su pecado fue ser hijo de un empresario. Perdió a su padre y dos hermanos pequeños en una cárcel. "Un guardia los cogió de las piernas y los tiró a la fosa común. Nos daban cada día dos cuencos de sopa con unos pocos granos de arroz. Nos comíamos las ranas y ratas vivas que cogíamos y chupábamos la sangre del suelo para que no nos descubrieran. A uno lo mataron por robar un plátano. Eran adictos a matar. Cuando se aburrían, venían a la celda y elegían a unos cuantos entre risas. El día perfecto era cuando se olvidaban de torturarte: lo dedicabas por completo a recoger mierdas de vaca con la mano", relata Mei.

Kaing Guek Eav, el camarada Duch, es el primer jemer que será juzgado por crímenes de guerra y contra la humanidad. Dirigió el S-21 o Tuol Sleng, el principal centro de tortura. Los supervivientes han confirmado a este diario que nunca mató con sus propias manos, pero que le costaba poquísimo ordenarlo a sus guardias. Es el único responsable jemer que ha reconocido su culpabilidad. Los otros cuatro que serán juzgados a continuación han negado que supieran de torturas y ejecuciones. Son Nuon Chea, mano derecha de Pol Pot, Ieng Sary, ministro de Asuntos Exteriores, su mujer y ministra de Asuntos Sociales, Ieng Thirit, y Khieu Samphan, presidente del régimen de Kampuchea Democrática.

La máxima pena aplicable es la cadena perpetua. Los acusados son en su mayoría octogenarios, así que no parece excesiva. "No, no es mucho, pero es lo máximo a lo que podemos aspirar. Quiero que los asesinos de mi familia mueran en la cárcel. Ya me deprimí cuando Pol Pot murió libre", dice Ing.

La locura de los jemeres rojos se suele explicar con cifras: dos millones de camboyanos muertos sobre una población total de siete, una proporción superior a uno de cada tres. Es un caso único en la Historia de autogenocidio, logrado en apenas cuatro años (1975-1979). También ayudan a comprenderla los gestos: convertir una escuela en el implacable campo de tortura S-21 certifica su desprecio a la enseñanza. La ejecución de esa demencial reforma agraria que acunó Pol Pot en la Sorbona de París requería de un Ejército de miles de jóvenes analfabetos y moldeables. Pero comprender lo que fueron aquellos cuatro años exige visitar esa escuela, hoy Museo de los Crímenes Genocidas, mirar las fotografías que los jemeres tomaban de sus prisioneros antes de ejecutarlos, ponerle cara a esas cifras.

El director de aquella escuela, Kan Kenglev, alias Duch, será juzgado este martes por un tribunal en Phnom Penh, capital de Camboya. El antiguo profesor de Matemáticas es el primer jemer que se sentará en un banquillo. La justicia llega tarde y mal: 30 vergonzosos años después de la invasión vietnamita que los devolvió a la jungla y apenas cinco encausados. Pol Pot y Ta Mok, alias el Carnicero, murieron en cama hace años. La tortura es evidente en muchos de los fotografiados. Unos miran sorprendidos: campesinos en su mayoría, era la primera vez que veían una cámara de fotos. En algunos aún se ve miedo; en otros, solo la calma tras la derrota asumida. El dedo de un guardia se cuela en algunos retratos apretando el esternón para forzarle una sonrisa a la víctima. Una bella mujer llora con su hijo en el regazo: esposa de un dirigente jemer caído en desgracia, sabe lo que sigue a la foto.

Los prisioneros sufrían un proceso de despersonalización. Carecían de nombre, solo eran números que les eran adjudicados a la entrada. A los que llegaban desnudos se les clavaba con un imperdible en la piel. También se les informaba del decálogo que regía en la prisión. El punto cinco les prohibía gritar cuando les aplicaran electrochoques. Pedir permiso era obligatorio incluso para mover una pierna entumecida. En cada aula se hacinaba una cincuentena de prisioneros, sujetados con grilletes y con la prohibición de hablar. Si uno sentía necesidades fisiológicas debían pasarle en cadena una lata de aceite que después recorría el sentido inverso.

Sí que podían escuchar los gritos de los torturados en el patio, donde unas barras paralelas de gimnasia servían de potro de tortura. Cuando el prisionero perdía el sentido, era reanimado hundiéndole la cabeza en un cubo con aguas fecales. Lo resumía un letrero: Si mueres, no perdemos nada. Si vives, no ganamos nada. "Lo peor era cuando se llevaban a uno para interrogarlo y regresaba horas después sin uñas. Ya sabías lo que te podía pasar a ti. Venían cinco veces al día. Estabas desquiciado todo el tiempo. Los peores eran los más jóvenes, algunos de 10 años. Les lavaban el cerebro, les entrenaban para la crueldad. Muchos disfrutaban". Lo cuenta Chom Mey, de 78 años, uno de los siete supervivientes de los 20.000 prisioneros que pisaron S-21. 

La finalidad de los interrogatorios era descubrir traidores a la patria. En la práctica, las respuestas importaban poco. Como confesó recientemente Duch, no había ninguna respuesta salvadora. Los prisioneros solían estar en el S-21 entre tres y seis meses. "Entré muy tranquilo al centro. Era inocente y pensaba que se aclararía rápidamente. Pero no me escuchaban", cuenta Chom. Resistió golpes en la espalda y la extracción de dos uñas, pero se rindió con los electrochoques. Como tantos otros, confesó ser un espía del KGB, la CIA y unas cuantas siglas más cuyo significado aún ignora hoy. Las tropas vietnamitas tomaron Phnom Penh cuando ya estaba preparado para el viaje.

El viaje era un trayecto en camioneta al cercano campo de Choeun Ek. Hoy también rinde homenaje a las víctimas de los jemeres rojos. El centro lo ocupa un mausoleo de 10 metros de altura. Tras sus cristales hay cientos de calaveras extraídas de las fosas comunes. Se abrieron 86 de las 129 que constan. Los grandes hoyos descubren su ubicación. Hay letreros informativos en cada una: 500 cadáveres, fosa de mujeres, fosa de niños, fosa de decapitados. Los presos eran alineados frente a ellas y muertos a golpes de bastón o cañas de bambú. Los más afortunados, con cuchillos o azadas. Se optaba por lo artesanal porque ahorraba balas. Un árbol robusto servía para destrozar las cabezas de los niños. De otro colgaban los altavoces que acallaban los gritos con música revolucionaria. 

Un hombre pasa el rastrillo por la maleza de una de las fosas. "Me ofrecí voluntario. Toda mi familia murió y cada día lo recuerdo, pero quería trabajar aquí", dice bajo un árbol a cuyo pie se apilan fémures. Al memorial de Choen Ek acuden al año 10.000 extranjeros y apenas 1.200 camboyanos. Como consecuencia de las purgas jemeres, la población camboyana es muy joven y apenas sabe de aquello por sus padres. No se enseña en las escuelas. El analfabetismo ronda el 70% de la población. Treinta años después de la barbarie, Camboya sigue teniendo un problema con la educación.

Sar y Meas"Sólo tenía huesos y estaba muy pálido. Parecía un viejo terminal. Iba en calzoncillos. Era el peor del lote, sin duda. Le odié", recuerda Meas. "Tenía un derrame en el ojo, pero no estaba mal del todo. Las otras aún eran más feas y sucias. Un diamante en bruto. Podría haber sido peor", ríe Sar, y le besa la mejilla. Media hora después de aquel primer encuentro, estaban casados.

Nada se respetaba en esos cuatro años (1975-1979) con que los jemeres rojos pretendieron devolver a Camboya a la edad de piedra. La moneda, la religión, las ciudades, la familia... todo fue abolido. También el amor. Una cuarta parte de los matrimonios en esa época fueron forzados por los jemeres rojos, a menudo en ceremonias multitudinarias y a dedo. Negarse era morir. Los métodos eran variados. Normalmente juntaban a centenares de hombres y mujeres, decían en alto un nombre común, pedían que levantaran las manos los que así se llamaran, y los emparejaban sin más. 

La historia de Sar y Meas es habitual. El padre y cinco hermanos de Sar habían muerto de hambre. Los bombardeos norteamericanos en su provincia le obligaron a huir a Phnom Penh, pero los jemeres le destinaron al norte. Decidió volver a su pueblo de Takeo, una provincia del este. Cuando fue capturado, sólo los contactos de su madre le salvaron la vida. A cambio, tendría que casarse. Había estudiado, y eso estaba muy mal visto. Ella había perdido a su padre y dos hermanos. Su padre había peleado con las tropas de Non Lon, derrotadas por Pol Pot. Eso aún estaba peor visto. Pero mintió: dijo ser mecánico de bicicletas, y eso salvó la vida de toda su familia. Ella también mintió; dijo ser analfabeta. La llamaron una mañana: por la tarde se casaría.

Aquel 16 de abril de 1976 hubo dos ceremonias. En la primera se casaron 63 parejas. En una fila, los jemeres: viejos, amputados, analfabetos, sordos o ciegos, ruinas físicas. En la otra, jóvenes bellas y cultas de la ciudad. Pol Pot mataba dos pájaros de un tiro: premiaba a los que habían combatido en la jungla y castigaba a la clase elitista. "Ellos no paraban de reír. Algunas de ellas se secaban las lágrimas disimuladamente. Si las hubieran visto, las hubieran matado", recuerda Sar. Ellas cogían un papel de una urna y leían en alto el nombre de su inmediato marido.  Después llegaba el sermón habitual: promesas de ser fieles a los jemeres y de aumentar la población de inmediato. En la noche de bodas era costumbre que un guardia paseara por las chozas, separadas por hojas de palmera, para fiscalizar su obediencia a Pol Pot.

Sar y Meas llegaron después. No hubo sorteo porque el partido ya los había asignado. Otro centenar de matrimonios se ventilaron en una hora. Frente al jemer adolescente que oficiaba la ceremonia, hubieron de cogerse la mano. "Nunca me la han dado tan flácida", recuerda Sar. Tras su regalo bodas (tres gramos de cerdo y tres cucharadas de arroz), enfilaron a su casa. Ella le llamaba "cariño" y ella contestaba con silencio y acelerando el paso. "Su madre me dijo que podía hacer con Meas lo que quisiera porque ya era su esposa, pero que fuera bueno y paciente. Después me largó un discurso aún más duro que el de los jemeres", recuerda Sar. Aquella noche no pasó nada. A la mañana siguiente un guardia les advirtió de que les matarían si repetían abstinencia.

El cuadro de la pérdida mutua de su virginidad incluía lagunas sobre los métodos de reproducción humana, el suelo grasiento de la cocina de una choza que la organización les había cedido y dos certezas: el guardia que les miraba entre los recovecos de la madera y la muerte si le decepcionaban. Los detalles sobre cómo fue pertenecen a la intimidad de Sar, Meas y este cronista. "Lo recordamos a menudo para reírnos", dicen.

Superaron la prueba y, para preservar su intimidad de la suegra, la organización les dio la choza de un matrimonio asesinado reticente a consumar. En el corazón de Sar ya alumbraba la llama del amor. Con mimos y paciencia, consiguió diez días después las primeras palabras de Meas: "No te amo. Que te jodan". Pero Sar es un hombre tenaz. Un año después tuvieron un hijo y la resistencia de Meas aflojó. Su amor es evidente hoy.

No hay estudios fiables sobre cuántos de aquellos matrimonios resisten. Muchos pidieron el divorcio tras la caída de los jemeres. Otros continuaron por diferentes razones: llegó el amor o se impuso el compromiso con los hijos gestados por obligación. Hay más: el futuro de una divorciada es sombrío en la tradicional moral camboyana, que exige su virginidad para casarse. Y los matrimonios arreglados por los padres son aún comunes aquí. Se habla del destino: el marido que te toca es el que el cielo dispuso, da igual que lo arreglaran a punta de pistola.

him huyLa choza de Him Huy está a hora y media de Phnom Penh, a través de una carretera estriada y polvorienta con casas de madera a sus márgenes y niños que juegan desnudos. En ese marco, la choza de Him destaca por abajo. Sus nueve hijos juegan entre gallinas. Son misérrimos. Su hija susurra que tienen un mal karma por lo que hizo su padre. Su padre fue verdugo a las órdenes de Duch en S-21, el principal centro de torturas jemer.
La historia de Him es común en las guerras civiles: le eligieron el bando. Fue reclutado cuando una guerrilla que luchaba contra el corrupto y pronorteamericano Gobierno de Nol Lon llegó a su pueblo. Him acudió a una batalla tras otra hasta que huyó. Lo encontraron y amenazaron con matarlo si reincidía. Acabada la guerra, Him era afortunado: estaba en el bando ganador. Pero su huida no se había olvidado.

"'Tienes un problema, lo verás cuando llegues al centro', me dijo un jemer. Al llegar a S-21 me dieron palizas durante tres días". Después le encargaron vigilar a presos. Al principio eran unos 50, pero en 1977 superaban ya los 600. El tránsito era febril: tras una media de tres a seis meses, eran llevados al campo de ejecución de Choeung Ek, dejando sitio a los próximos. Him era entonces conductor de los convoyes de la muerte: dos o tres a la semana, con una veintena de prisioneros. En Choeung Ek han sido desenterrados 9.000 cadáveres de 89 de las 121 fosas censadas. Un número indeterminado son obra de Him.

"Un día, Duch me preguntó que a cuántos era capaz de matar. 'A mil', contesté sin dudar. '¿Solo a mil?', dijo. Me cabreé mucho. 'No, mataré a más de mil', respondí. En el primer viaje tuve miedo, pero temía más a Duch". El equipo de ejecución lo formaban 10 personas, cada uno con su función: niños, mujeres u hombres. Los camiones salían a medianoche, después de informar a los prisioneros de que iban a ser liberados. "Les bajábamos del camión, les atábamos las manos a la espalda, les vendábamos los ojos y les arrodillábamos en paralelo a la fosa común. Muchos me imploraban que no les matara. Yo me colocaba detrás y les daba un golpe en el cuello con una azada. A veces eran necesarios dos. Un compañero les acababa de degollar con un cuchillo".

Del apenas metro y medio de Him destacan sus manos, gigantes, nervudas, con los dedos en espátula, castigadas por la tierra. Es el caldo de cultivo idóneo para una revolución contra las clases elitistas y opresoras urbanas: "Sí, claro que los odiaba, pero no quería matarles. Me obligaron. Era la única posibilidad de salir vivo. Nunca vacilé. No sé a cuántos maté. Son incontables. No podía mostrar signos de flaqueza. Los guardias nos denunciábamos unos a otros. Muchos fueron ejecutados. No hice ningún amigo allí".

hija Con los vietnamitas cerca, Him se enteró de que Duch había matado a varios verdugos. Pensó que quería eliminar testigos y huyó a su pueblo: "Al principio temía venganzas, porque muchas veces vinimos a buscar a prisioneros aquí. Pero nadie me ha dicho nunca nada"

Ha anochecido y mosquitos enormes nos castigan, pero Him no parece darse cuenta. Hablamos en una llanura apartada tras cruzar un río en barca, buscando donde Him pueda hablar libremente: "Mi familia lo sabe, pero nunca hablamos de eso. Tardé muchos años en desvelárselo a mi mujer. No dijo nada. No sé si comprendió mis razones. Mi hijos tampoco preguntan".

Solo la cúpula de los jemeres será juzgada, no los cargos intermedios ni guardias. Se entiende que solo cumplían órdenes. Algunas víctimas han descrito torturas más crueles de lo aceptable, ensañamientos injustificables, ejecuciones entre risas. No es raro: un giro histórico inesperado da a los campesinos un poder nuevo, ilimitado, que digieren mal y usan sin mesura para rendir cuentas pasadas. Him dice ser tan víctima como los miles que degolló.

"Duch me obligó a matar. Hice cosas que no podré olvidar en mi vida. Aún recuerdo el olor a sangre después de las matanzas. Que le condenen. No lo haría de nuevo, preferiría que me mataran. Me ha arruinado el karma. Desde entonces me esfuerzo en mejorarlo con buenas obras".

Him simboliza las dificultades de la reconciliación de la sociedad camboyana. ¿Fue una víctima o un verdugo? ¿Esos campesinos desheredados y analfabetos merecen lástima o repudio? ¿Fue inducida su violencia? Si Him no hubiera matado a miles, sus nueve hijos no existirían. Al despedirme, Him insiste en que contrate a su hijo para conducirme a la ciudad. Cuando me niego, sugiere a mi intérprete que me amenace, con violencia si es necesario, para convencerme.

Parece que algo se mueve en China. El primer ministro, Wen Jiabao, ha urgido a la Universidad de Cambridge a perdonar al estudiante que le lanzó un zapato la semana pasada. La reacción de Wen es beatífica, según la ha trasladado el embajador chino en Inglaterra: "La educación es la mejor ayuda para un joven. Espero que la Universidad le dé otra oportunidad para seguir sus estudios. Como decimos en China, es mejor darle a un joven la oportunidad para que corrija errores que todo el oro del mundo". El estudiante, alemán de 27 años, le había llamado "dictador" y se enfrenta a una pena de hasta seis meses de cárcel y el pago de 5.000 libras.

Dejé dicho que un buen relaciones públicas, incluso uno mediocre, le ahorraría a China la mitad de sus problemas de imagen. Sus errores gruesos son continuos. Ocurre que China ha evolucionado mucho en amplias materias y nada en política de comunicación.

El conflicto del año pasado en Tíbet sirve de corolario. Aún en lo más crudo, el Dalai Lama perseveraba en su discurso pacifista y mano tendida, mientras China le daba el micrófono a sus líderes en la región, tipos asilvestrados y anclados en la Revolución Cultural, que llamaban "chacal" al Dalai Lama y pedían su destrucción. Así no se va a ningún lado en el terreno de las simpatías globales. En el pecado llevó la penitencia: aquel conflicto acabó siendo presentado como "la represión violenta a la revuelta tibetana", con el calificativo anclado firmemente a la represión y liberado de la revuelta. Los turistas y los dos únicos periodistas occidentales que estaban en Lasa no lo contaron así.

China ha contemporizado en el asunto del zapatazo. El ministro de Exteriores apenas lo llamó "despreciable". Dos días después, la televisión pública lo mostraba sin censura ni comentarios que pudieran enaltecer a las masas. Ha habido algo de ruido en internet, me atrevo a pensar que más por haber sido atacado Wen Jiabao que China. Llamado cariñosamente "abuelo Wen", el primer ministro es el político más sinceramente querido aquí. Alejado del gesto adusto al uso en la alta política china, se le ve a menudo rodeado de mineros o agricultores, y la foto no chirría. Su gestión tras el terremoto lo elevó a los altares.

El perdón de Wen a su agresor es un gesto pequeño, de cara a la galería, claramente político, sin relevancia práctica: no es factible que Wen pueda influir en las autoridades universitarias inglesas y menos aún en la justicia. Tampoco es baladí que llegara después de las disculpas del estudiante. Pero es relevante porque muestra la intención de recuperar el enorme retraso que lleva China en la carrera por la imagen global.     

La política también son gestos, y el de Ma Ying-Jeou no fue menor. El presidente taiwanés, poco después de ser elegido en marzo pasado, desatascó un problema sólo en apariencia trivial: la llegada de pandas a la isla. Pekín ya se los había ofrecido cuatro años antes en gesto de buena voluntad, como es costumbre diplomática. Los pandas son fósiles vivientes, rarezas que cualquier zoo envidiaría, animales decidamente simpáticos, pero fueron rechazados. La razón es que los pandas se llamaban Tuan Tuan y Yuan Yuan, que conjuntamente significan Reunificación. Taipei no le vio entonces la gracia.

Los pandas debutaron al fin la semana pasada en un zoo taiwanés con parafernalia de estrellas pop: gorras, bolsas, bolígrafos, globos, muñecos y llaveros. Más de 20.000 personas pasaron a ver como la pareja de pandas (un macho y una hembra de 106 kilos por cabeza), nacidos en la provincia central de Sichuan, devoraban bambú y dormían, actividades que ocupan la mayor parte del día de esta especie perezosa y en peligro de extinción. La lluvia y el frío deslució parcialmente el estreno y redujo el número de visitas previstas. Los vendedores también acusaron a la crisis de que las ventas de recuerdos no fuera más alta. Pero el clima, a pesar de ello, fue festivo y triunfal. "Es un honor para Taiwan acoger a los pandas, ya que sólo hay 1.600 en todo el mundo", resumió Ma, en su paseo por el zoo. En la China continental, Pekín subrayó el carácter histórico del día con un amplísimo despliegue mediático de la televisión pública que incluyó extensas informaciones, conexiones en directo desde el zoo y entrevistas a los miles de visitantes.

Los pandas no sólo tienen fans. Algunos sectores independentistas de la isla los ven como un regalo envenenado, un atentado a la soberanía, un remedo de Caballos de troya con los que Pekín intenta avanzar en la unificación de la isla.

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CCTVEl estadio y la piscina olímpicos, la terminal 3 del Aeropuerto Internacional de Pekín de Norman Foster, el Teatro Nacional de Paul Andreu, la sede de la CCTV de Rem Koolhaas. Algunos discuten que China atraiga a los mejores arquitectos del mundo con maneras de nuevo rico, con cheques en blanco y escasas limitaciones presupuestarias y artísticas. Lo que no se discute es el resultado: Pekín concentra hoy la más audaz y vanguardista arquitectura del mundo.

Ese rol escuece en Shanghái. Con Pekín mantiene una rivalidad preñada de estereotipos y parecida a la de Barcelona y Madrid. Simplificando mucho, los shanghaineses ven a los pequineses escasos de clase y estilo, algo paletos, mientras aquellos serían pijos presuntuosos y obsesionados por el dinero según estos. La rivalidad arquitectónica lleva a Shanghái a levantar rascacielos cada vez más altos en Pudong, cuyo skyline cambia a ojos vista. Simplificando mucho, Pekín construye para la Historia y Shanghái para el Guiness.

La solemnidad de las construcciones pequinesas claudica ante la invencible facilidad de la ciudadanía para imponer etiquetas espontáneas y evocadoras. Confucio ya aconsejó la rectificación de nombres. Es decir, rechazar la pompa y llamar a las cosas como son. Los chinos añaden hoy un sano humor. Algunos nombres son inofensivos, como el Nido de Pájaro del Estadio Olímpico. Otros no. El Teatro Nacional, una espectacular estructura ovalada que parece flotar sobre una piscina, simula según su autor una perla emergiendo del mar. Para los chinos era un huevo, y así se conoce. Un huevo en China no es bueno. Acostumbra a acompañar insultos: huevo podrido (huai dan) o huevo estúpido (ben dan).

No hay obra más epatante que la torre de la CCTV, la televisión pública. El periodista asume con ella la derrota de lo inefable. Mientras la iban levantando, uno esperaba un giro final que permitiera entenderla. Ya finalizada y alzada sobre sus imponentes 230 metros, el misterio permanece. Se la ha descrito como un rascacielos "en forma de puerta doblada e inclinada", en forma de "tres L entrelazadas" e infinidad de fórmulas más esforzadas e igualmente inútiles. Para los chinos son unos "grandes calzones", y así amenaza con conocerse. La torre se asemeja a un hombre en cuclillas, la postura obligada en los lavabos públicos chinos sin taza. No hay mejor forma de entenderla. 

Los "grandes calzones" no son aún tan famosos como el Nido de Pájaro o el Huevo. Quizá aún haya tiempo. El nombre oficial se elegirá en breve, así que la CCTV ha emprendido urgentes campañas en internet y entre sus empleados para dar con un nombre. Uno de los más célebres es zhichuang o Ventana de Conocimiento, apuntalado por tres razones de peso: la television pública es una metáfora evidente de ventana que emana información hacia el mundo entero, el polígono central de la estructura se asemeja a una ventana, y la otra acepción de Zhichuang es hemorroides. La propuesta vino de un diario de Shanghái.  

Y así, la estructura más soberbia de la actualidad oscila entre las hemorroides o los grandes calzones.

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