
"Sólo tenía huesos y estaba muy pálido. Parecía un viejo terminal. Iba en calzoncillos. Era el peor del lote, sin duda. Le odié", recuerda Meas. "Tenía un derrame en el ojo, pero no estaba mal del todo. Las otras aún eran más feas y sucias. Un diamante en bruto. Podría haber sido peor", ríe Sar, y le besa la mejilla. Media hora después de aquel primer encuentro, estaban casados.
Nada se respetaba en esos cuatro años (1975-1979) con que los jemeres rojos pretendieron devolver a Camboya a la edad de piedra. La moneda, la religión, las ciudades, la familia... todo fue abolido. También el amor. Una cuarta parte de los matrimonios en esa época fueron forzados por los jemeres rojos, a menudo en ceremonias multitudinarias y a dedo. Negarse era morir. Los métodos eran variados. Normalmente juntaban a centenares de hombres y mujeres, decían en alto un nombre común, pedían que levantaran las manos los que así se llamaran, y los emparejaban sin más.
La historia de Sar y Meas es habitual. El padre y cinco hermanos de Sar habían muerto de hambre. Los bombardeos norteamericanos en su provincia le obligaron a huir a Phnom Penh, pero los jemeres le destinaron al norte. Decidió volver a su pueblo de Takeo, una provincia del este. Cuando fue capturado, sólo los contactos de su madre le salvaron la vida. A cambio, tendría que casarse. Había estudiado, y eso estaba muy mal visto. Ella había perdido a su padre y dos hermanos. Su padre había peleado con las tropas de Non Lon, derrotadas por Pol Pot. Eso aún estaba peor visto. Pero mintió: dijo ser mecánico de bicicletas, y eso salvó la vida de toda su familia. Ella también mintió; dijo ser analfabeta. La llamaron una mañana: por la tarde se casaría.
Aquel 16 de abril de 1976 hubo dos ceremonias. En la primera se casaron 63 parejas. En una fila, los jemeres: viejos, amputados, analfabetos, sordos o ciegos, ruinas físicas. En la otra, jóvenes bellas y cultas de la ciudad. Pol Pot mataba dos pájaros de un tiro: premiaba a los que habían combatido en la jungla y castigaba a la clase elitista. "Ellos no paraban de reír. Algunas de ellas se secaban las lágrimas disimuladamente. Si las hubieran visto, las hubieran matado", recuerda Sar. Ellas cogían un papel de una urna y leían en alto el nombre de su inmediato marido. Después llegaba el sermón habitual: promesas de ser fieles a los jemeres y de aumentar la población de inmediato. En la noche de bodas era costumbre que un guardia paseara por las chozas, separadas por hojas de palmera, para fiscalizar su obediencia a Pol Pot.
Sar y Meas llegaron después. No hubo sorteo porque el partido ya los había asignado. Otro centenar de matrimonios se ventilaron en una hora. Frente al jemer adolescente que oficiaba la ceremonia, hubieron de cogerse la mano. "Nunca me la han dado tan flácida", recuerda Sar. Tras su regalo bodas (tres gramos de cerdo y tres cucharadas de arroz), enfilaron a su casa. Ella le llamaba "cariño" y ella contestaba con silencio y acelerando el paso. "Su madre me dijo que podía hacer con Meas lo que quisiera porque ya era su esposa, pero que fuera bueno y paciente. Después me largó un discurso aún más duro que el de los jemeres", recuerda Sar. Aquella noche no pasó nada. A la mañana siguiente un guardia les advirtió de que les matarían si repetían abstinencia.
El cuadro de la pérdida mutua de su virginidad incluía lagunas sobre los métodos de reproducción humana, el suelo grasiento de la cocina de una choza que la organización les había cedido y dos certezas: el guardia que les miraba entre los recovecos de la madera y la muerte si le decepcionaban. Los detalles sobre cómo fue pertenecen a la intimidad de Sar, Meas y este cronista. "Lo recordamos a menudo para reírnos", dicen.
Superaron la prueba y, para preservar su intimidad de la suegra, la organización les dio la choza de un matrimonio asesinado reticente a consumar. En el corazón de Sar ya alumbraba la llama del amor. Con mimos y paciencia, consiguió diez días después las primeras palabras de Meas: "No te amo. Que te jodan". Pero Sar es un hombre tenaz. Un año después tuvieron un hijo y la resistencia de Meas aflojó. Su amor es evidente hoy.
No hay estudios fiables sobre cuántos de aquellos matrimonios resisten. Muchos pidieron el divorcio tras la caída de los jemeres. Otros continuaron por diferentes razones: llegó el amor o se impuso el compromiso con los hijos gestados por obligación. Hay más: el futuro de una divorciada es sombrío en la tradicional moral camboyana, que exige su virginidad para casarse. Y los matrimonios arreglados por los padres son aún comunes aquí. Se habla del destino: el marido que te toca es el que el cielo dispuso, da igual que lo arreglaran a punta de pistola.