China ha dicho basta a su fútbol. No por la torpeza de sus futbolistas, que deprime a un país entregado al deporte rey. Le mueve un fin superior: la educación de su juventud. Los escándalos que rodean su liga nacional han empujado a la CCTV-5, el canal deportivo de la televisión pública, a sacarlo de la parrilla. El desencadenante fue una patada voladora de un jugador del Tianjin Teda al cuello de otro del Pekín Guoan que derivó en una trifulca masiva. Muchos mostraron más destreza en las patadas cuando no hay balón.

Jiang Heping, responsable televisivo, fue claro en una entrevista posterior. "La situación del fútbol chino hiere a cualquiera. Genera demasiadas malas noticias. Algunos jugadores carecen de la ética más elemental. Su comportamiento indigna la audiencia y aún más al fútbol, un deporte noble". Justificó la decisión por el bien del país, el pueblo y, más concretamente, su juventud. Quizá el año siguiente vuelva a las televisiones, pero sólo después de "un buen cambio".

Las peleas barriobajeras dentro y fuera del campo son el último problema de un fútbol que en los últimos años frecuenta más la crónica de sucesos que las páginas deportivas: dopaje, apuestas ilegales, encuentros amañados con jugadores, porteros y árbitros involucrados, orgías con  prostitutas antes de los partidos, demandas por impagos de salarios, peleas masivas de aficionados...

La corrupción estaba tan extendida hace unos años que siete equipos amenazaron con borrarse de la Superliga, la primera división china. Pekín avisó de que la cancelaría, impotente para erradicar a los silbatos negros, como se conoce aquí a los árbitros corruptos. Gong Jianping, por ejemplo, fue sentenciado a 10 años de cárcel por cobrar 40.000 euros en sobornos entre 2000 y 2001.   

La competición sigue, pero languidece entre campos casi vacíos y desidia generalizada. Es costumbre gritar "silbato negro" tras cada decisión arbitral dudosa. La corrupción ha pasado de generalizada a esporádica, dicen los analistas. El mes pasado, el Pekín Guo'an suspendió a su defensa internacional, Zhang Shuai, por meterse un gol en propia puerta y ser incapaz de explicar cómo había comprado un coche de 100.000 euros y una casa de un millón. "Sabemos muy bien lo que le pagamos", dijeron en su equipo. La destilería Kingway retiró su patrocinio a principios de año tras comprobar que, además de arruinar su imagen, no era rentable. Es el tercer patrocinador que huye en los diez años de Superliga.

Shenzen, el campeón de 2004, amenaza con disolverse con pérdidas de 4 millones de euros en los últimos tres años. "Aunque me regalaran el dinero no seguiría ni un día más metido en los problemas del fútbol chino", ha resumido Yang Saixin, el propietario. Compró el club por un yuan por la falta de más interesados. Los vaivenes financieros han salpicado incluso al Pekín Guoan, uno de los más ricos, que ha perdido ingresos del BBVA por la devaluación del euro.

Otro desaparecido es el equipo de Wuhan. Li Weifeng, figura y antiguo capitán de la calamitosa selección nacional, fue sancionado con ocho partidos por una agresión criminal. Decenas de miles de aficionados salieron a la calle y a la federación se le planteó la alternativa de calmar a las masas o dar un mensaje férreo contra el juego duro. Intentó lo segundo pero no consiguió nada. El equipo renunció como protesta y las peleas de jugadores se han multiplicado.

Con ese clima polidelincuencial no extrañó que se rechazara la solicitud del Pekín Guoan de jugar la próxima temporada en el Nido de Pájaro. "No queremos llevar la vergüenza al Estadio Olímpico. El fútbol chino no se merece ese honor", zanjaron las autoridades.