jueves, 16 de octubre de 2008 12:14
Adrián Foncillas
Sillas de ruedas en Pekín
Las calles pequinesas presentaban elementos extraños durante los Juegos Paralímpicos: minusválidos. En China hay 83 millones, según cifras previas al terremoto de Sichuan. Casi un millón viven en Pekín. Pero son invisibles, confinados en sus casas por las barreras arquitectónicas, la falta de trabajo y la discriminación rutinaria. China también arrasó en el medallero paralímpico, pero está lejos del podio en materia de sensibilidad. Como en tantos otros campos, tiene mucho terreno que recuperar y solo las buenas intenciones permiten el optimismo.
El mercado laboral excluye a los minusválidos. Solo el 0,5% alcanza la universidad. Veinte años atrás, se les llamaba inútiles. Un manual para voluntarios paralímpicos los describía como tercos, manipuladores y con sentido de inferioridad. Ese contexto, aderezado con creencias kármicas, convierte a un hijo minusválido en la peor noticia, un oprobio social.
"Lo primero que les explicamos es que hay una razón científica, que su hijo no es un castigo. Ya es un primer paso que los traigan aquí en lugar de esconderlos", cuenta Liu Cui, director del Centro de Recuperación de Minusválidos de Pekín. Una veintena de padres de hijos autistas charlan en un salón, comparten libremente sus problemas cotidianos con semejantes, pero todos rechazan hablar con el periodista. En el centro se educa a niños con minusvalías, mentales o físicas, y se les prepara para participar en la sociedad. Sus padres ingresan durante un mes para aprender a cuidarles. Hay maestros, médicos y psicólogos.
Pekín se esforzó antes de los Paralímpicos en prepararse para las sillas de ruedas. Gastó 60 millones de euros en 2.000 autobuses con suelos bajos, reformó lavabos públicos y parques, adecuó todas las estaciones de metro, bajó bordillos e instaló rampas en atracciones turísticas como la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla. Todos los aeropuertos y la mayoría de los bancos son ya accesibles. Desde abril, los perros lazarillo son admitidos en lugares públicos. Esas tibias mejoras tardarán en llegar a las zonas rurales, donde viven el 75% de los minusválidos. Como es habitual, la China urbana y la rural son dos realidades opuestas que exigen estudios diferenciados.
"Necesito a alguien que me introduzca en el taxi. La vida diaria es aún muy difícil", dice Gao Bei Lei, a quien un accidente de tráfico le seccionó la pierna derecha e inmovilizó la izquierda. Dejó su empleo de contable. Es conducida al centro de rehabilitación de Pekín cada día por su hermana, que abandonó su trabajo para cuidarla. El altísimo sueldo del marido de Cai es suficiente, pero no es un caso habitual: "Si fuera pobre tendría que quedarme en casa".
Una ley aprobada en julio establece ayudas económicas, cuidados médicos y rehabilitación para los minusválidos, además de beneficios fiscales para las empresas que los contraten. El peor problema es el desempleo: muchas empresas rurales entienden que dan mala imagen, dice Liu Cui.
Deng Pufang fue el primer minusválido visible chino. Es hijo de Deng Xiaoping, el arquitecto de la apertura, y paralítico desde que los guardias rojos lo arrojaran por la ventana durante la Revolución Cultural. Renunció a la previsible vida discreta, fundó en 1988 la Federación China de Discapacitados y presidió la apertura de los Paralímpicos. Lleva décadas repitiendo que desde una silla de ruedas también se sirve a la sociedad. En las 1.667 escuelas especiales estudian hoy 580.000 niños sordos o invidentes, 10 veces más que en 1986. Los cambios en China, muchos o pocos, descansan en el trabajo y el poder mediático de Deng.
La prensa mundial ha escrito mucho sobre la calamitosa situación de los minusválidos en China. Siendo cierta, no es peor que en la Barcelona preolímpica. "Es similar. Antes del 92 abundaba la discriminación. Muchas tiendas no nos atendían. La gente se apartaba cuando nos veían. Todo cambia tras unos Paralímpicos: pasó en Barcelona y en Sydney. Ahora hasta nos sonríen", cuenta Daniel Lamata, barcelonés, medallista paralímpico en esgrima en Sydney y turista en China. La transformación de Barcelona es la que ahora le toca a Pekín. "Abundan los bordillos, es muy difícil moverse. Pero los edificios nuevos son accesibles, los taxistas se paran. Se nota un cambio". resume.