martes, 09 de septiembre de 2008 19:08
Adrián Foncillas
Corea del Norte no quiere amigos
¿Un mundo, un sueño? ¿Amigos para siempre? ¿La fraternidad global a través del deporte? Corea del Norte maltrata los tópicos olímpicos. Sus atletas reflejan el régimen de Pyongyang, el más hermético del mundo, para el que tampoco existe la tregua olímpica. Sus 63 atletas viven en un edificio cerrado en la Villa. Literalmente encerrados: solo salen para entrenar o competir. Después, escoltados hasta el búnquer. Los norcoreanos son de los pocos deportistas que se irán de Pekín sin patearse la Gran Muralla, llenar la maleta de falsificaciones del Mercado de la Seda o emborracharse en el club China Doll.
Los norcoreanos tienen prohibido hablar con el resto de atletas. Cualquier entrevista en la zona mixta debe ser aceptada por el entrenador. La recompensa son declaraciones como "Pretendo agrandar el honor de la madre patria". Jong Au Ju, entrenadora de natación sincronizada, lo resumía la semana pasada: "No hemos venido aquí a hacer amigos ni turismo, solo a competir. No nos mezclamos".
Este diario se puso en contacto con el responsable de prensa, que no habla chino ni inglés, y que colgó el teléfono tras una delirante conversación de medio minuto con lujuriosos gemidos de mujeres de fondo. Es inevitable que un régimen tan particular y anacrónico como el norcoreano chirríe en el marco global olímpico. Corea del Norte alimenta el culto desmedido a Kim Jong-il, como antes lo hizo a su padre, Kim Il-sung. Los norcoreanos suelen llevar pins con sus efigies. Los atletas del vecino sur han recibido un libreto de 150 páginas con instrucciones precisas para no calentar aún más el ambiente: abstenerse de señalar, tocar o reírse de los pins y de los retratos de ambos líderes. Se prohíbe hablar de política y referirse a Corea de Norte o Corea del Sur e incluso a los nombres oficiales (República Democrática Popular de Corea o República de Corea). Solo se permiten los asépticos "nuestro lado" o "vuestro lado".
Las relaciones caminaban hacia la normalización el año pasado. Incluso un tren cruzó el paralelo 38 por primera vez desde que la guerra acabara en 1953. Pero todos los esfuerzos se fueron al traste en febrero, cuando alcanzó la presidencia surcoreana Lee Myung-bak, más afín a Estados Unidos y partidario de la línea dura. Pyongyang ha recuperado en las últimas semanas la dialéctica más cruda, acusándole de "marioneta" y "traidor", y vaticinando que llevará las relaciones vecinales a la "catástrofe". Por primera vez desde Atlanta-96, los dos países desfilaron por separado en la ceremonia de inauguración.
Teniendo en cuenta las habituales hambrunas en el país, la actuación de los atletas norcoreanos es más que brillante (dos oros, una plata y un bronce), aunque el dopaje de su tirador Kim Jong-su la ha deslucido algo. El país ocupa el 26° puesto según la tradicional y fría clasificación por oros, que pasa por alto cuestiones imprescindibles para medir los méritos. Por ejemplo, la demografía alza a Georgia al liderato (una medalla por cada dos millones de habitantes) y relega a China (una por cada 30 millones). Atendiendo a la economía, no hay sorpresas: Corea del Norte gana de calle gracias a sus escasos 600 euros de renta per cápita.