viernes, 22 de agosto de 2008 11:24
Adrián Foncillas
Taxis sin ajo
Con la indulgencia que permite el tiempo, aquellos Xiali rojos tenían su encanto. Eran los coches chinos que monopolizaban el servicio de taxi, fuente de anécdotas de los turistas de piel más fina. Sus tarifas oscilaban entre los 0,8 y los 1,4 yuanes por kilómetro: a menor precio, mayor descomposición del vehículo. Había infinidad de factores mecánicos que podían arruinar la travesía, pero los mayores peligros provenían del taxista. En esos escasos metros cúbicos se podía acumular una decena de olores, ya por separado temibles. No era raro bajar la ventanilla en lo más crudo del invierno, con temperaturas de bajo cero.
Los taxistas no son especialmente sucios, pero la estrechez del habitáculo acentuaba cualquier problema. Los taxis, además, suelen ser un remedo de cama caliente con ruedas: los conductores se turnan al volante, sin paréntesis para que el vehículo respire. En otros casos, viven en la lejana periferia de Pekín y para ahorrarse los desplazamientos acostumbran a comer y dormir en el taxi. Me han llevado taxistas mientras se cepillaban los dientes o se afeitaban. Los abusivos porcentajes que sufren de sus compañías les impiden despreciar una carrera.
No era la mejor presentación olímpica. La nueva y epatante tercera terminal del Aeropuerto Internacional de Pekín asegura una primera impresión inmejorable, pero un agreste taxista podía hacer olvidar a Norman Foster en un santiamén. Pekín renovó progresivamente la flota. Los Xiali han dejado el lugar a Hiundais, surcoreanos, amplios, fiables, amarillos con detalles rojos, verdes o azules. Todos cuestan dos yuanes el kilómetro. A la vez, se dio instrucciones a los conductores, profusamente recogidas por la prensa global: cepillarse los dientes tras comer ajo crudo, lustrarse los zapatos y nada de dormir y comer en el taxi. Y lo que más dolió al gremio: prohibido fumar.
Las campañas han tenido éxito variable, pero el cambio general es innegable. De noche, y si hay suerte, aún puedes encontrar alguno que te acepta el cigarrillo con una sonrisa traviesa.