viernes, 18 de julio de 2008 14:23
Adrián Foncillas
El justificable orgullo de ser chino
El apoyo de los chinos hacia sus Juegos es granítico. Occidente suele explicar estos fenómenos aludiendo a estomagantes campañas nacionalistas en prensa dirigidas por Pekín, sin detenerse a pensar que eso implica considerar idiotas manipulables a la cuarta parte de las personas del mundo.
Cuando Europa finiquitaba su segunda revolución industrial a principios del siglo XX, China era feudal. Los señores de la guerra aún camparían hasta la fundación del país, en 1949. No son, pues, los 40 años de oscuridad franquista que Barcelona y por extensión España enterraron en 1992, tras una esforzada transición. La transición china cubre un agujero de varios siglos, durante los que China enlazó las peores calamidades: a la guerra civil, que la empata con España, hay que añadir el sangriento imperialismo japonés, el codicioso colonialismo europeo, los desvaríos maoístas o la peor hambruna de la Historia moderna. En los 60, cuando los españoles empezaban a comprar seiscientos y lavadoras a plazos, entre 30 y 40 millones de chinos morían por no tener nada que llevarse a la boca, una cifra superior a la población española de entonces.
Y sin embargo, China organizará unos Juegos Olímpicos tan sólo 16 años después de España. Así avanza China; quemando en décadas las etapas que en Europa costaron generaciones. Hay claroscuros, como la execrable política de derechos humanos o la presión sobre minorías étnicas, pero si un chino mira atrás, no necesita que le manipulen para orgullecerse del cuadro global.
Los chinos miran a los Juegos como la oportunidad de presentarse al mundo, convencidos de que sólo el muro de la ignorancia que han levantado siglos de aislacionismo explica su mala prensa global. "Cambiar la mala imagen" es una respuesta común cuando se les pregunta qué es lo que más ansían de los JJOO. Los chinos, cuyo carácter tiene rasgos infantiles y naives, esperan ver correspondido su júbilo por el fin del encierro. Así se explica su sorpresa y horror por el acoso a la antorcha, recibida con gritos de "China avergüénzate" incluso en países que hasta hace poco la esquilmaban o condenaban a la drogadicción para cuadrar su balanza comercial.
Además de tibetanos, miembros de Falun Gong y otros colectivos con razones comprensibles para desear la ruina olímpica, se escucha un runrún político, civil y artístico global agresivo. La concesión olímpica fue presentada como una tragedia. Se espera que a China se le caiga el castillo de naipes, que se descubra que es aún una advenediza en la modernidad y en el club cerrado de los que mandan.
Lo noticioso no es cómo miran los chinos los JJOO, por carecer de misterio, sino como los mira el mundo. China ha cumplido su dolorosa parte para llegar hasta aquí. Ahora le toca corresponder al resto del mundo.