lunes, 14 de julio de 2008 15:07
Adrián Foncillas
Reciclaje de hutongs

Es el inapelable progreso: los hutongs, barrios tradicionales pequineses de casas bajas y callejones retorcidos, tienen difícil cabida en la sede olímpica. Pero lo que no sirve para vivir puede valer aún de mesa, silla o estantería. La fáctoría Bao Yi Xin Long recicla hutongs y los transforma en muebles nuevos, pero de madera centenaria.
El proceso es sencillo. Lo que queda de los hutongs afectados por un proyecto inmobialiario pertenece al constructor. Las viejas vigas de madera que soportan los tejados solucionan un problema grave para las modestas empresas chinas. Éstas no pueden comprar las caras máquinas extranjeras que secan la madera joven, de más de medio millón de yuanes (10 yuanes equivalen a un euro). No es raro que los muebles chinos nuevos se agrieten o deformen con los cambios de temperatura. Así pues, una vieja viga puede costar entre 2.000 y 3.000 yuanes (10 yuanes equivalen a un euro). El constructor se llena los bolsillos antes de colocar el primer ladrillo.
La fábrica Bao Yi Xin Long está en las afueras de Pekín. Son varias casetas desperdigadas sin orden aparente y rodeadas de maleza. Las vigas son purgadas de clavos, pulidas y cortadas en láminas antes de llevarlas a manos de los carpinteros.
Li ***, su propietario, lamenta la crisis. La fábrica ha pasado de tener 200 trabajadores a una cincuentena y este año ha cancelado dos importantes encargos por no poder cumplirlos. Enumera las causas y maldice los Juegos Olímpicos: la lucha contra la contaminación ha prohibido la circulación por la ciudad de los camiones que traían la madera y ha cerrado temporalmente las fábricas de barnices. La falta de trabajadores se explica por el férreo de control policial a los emigrantes del interior. También por las nuevas políticas de ayuda al campesinado, que ahora ya no mira a las fábricas como único tablón de salvación. Li ha doblado sus sueldos en tres años.
Hay otra causa: el número cada vez menor de hutongs y las nuevas políticas proteccionistas. "Este año no he comprado ni una viga en Pekín. Los precios se han cuatriplicado en siete años. Compro maderas de casas viejas de las provincias de Shandong o Shaanxi. Antes sacaba un 20 % de beneficio, ahora apenas puedo pagar salarios. Muchas empresas ya han cerrado", dice.
El período dorado fue entre 2000 y 2004. Pekín había sido designada sede olímpica y las autoridades dictaron la sentencia de muerte de los hutongs. Se dijo que no quedaría ni uno y la piqueta tuvo carta blanca. Cayeron hutongs centenarios y chabolas, sin distinción. Camiones cargados hacían cola a diario frente a la fábrica de Li. Sólo quedan unos 500 hutongs de los 3.000 que hubo a principios de los noventa.
La sensibilidad cambió más tarde, se instauró el Día del Patrimonio Cultural y el ministro de Cultura, Sun Jiazheng, pidió perdón por los desmanes. También Li apoya esa política, imprescindible para salvaguardar las esencias pequinesas, pero recuerda que las condiciones de vida en muchos de los hutongs eran y son muy duras, impropias de la capital de la cuarta economía mundial, y que la aspiración de vivir mejor es universal.
Su fábrica transforma las vigas en muebles clásicos chinos, del austero estilo de la dinastía Ming al recargado de la época Qing. En los últimos años también vende a occidentales, que tienen parecidos problemas para orientarse entre dinastías a los de un chino entre catedrales románicas o góticas. Mientras en Occidente se aprecia el arte chino tradicional, los nuevos ricos chinos se decantan por los estilos europeos modernos. Así que Li los ha incluido en su colección. Maderas que cubrieron a generaciones de chinos, vieron pasar dinastías, nacionalistas y comunistas, acaban como una silla de corte europeo de vanguardia. "Cumplo los pedidos. Bastante tengo con eso", dice Li.