viernes, 11 de julio de 2008 14:35
Adrián Foncillas
Matanza policial sin duelo
Ocurrió hace unos días en Shanghái. Un enajenado enmascarado y armado con cuchillo y martillo lanzó ocho cócteles molotov en la puerta de una comisaría. Entró, subió pisos y tiró de cuchillo hasta ser detenido en la planta 21. Había matado a seis policías y herido a otros tantos. Tang, que así se apellida, dijo haber actuado por venganza: había sido detenido injustamente el año pasado por robar bicicletas.
Me entero de la noticia en un restaurante pequinés. Sorprende la nula lástima por los policías, viudas y huérfanos. Incluso enorgullece que el agresor fuera pequinés. Sugiero que las víctimas ni siquiera fueron los culpables de aquella detención, pero mi argumento tampoco cala. Los presentes se atropellan contando historias de abusos policiales sufridas. Todos tienen la suya. El dueño del pequeño restaurante de Xi'an explica que a un camarero le acusaron injustamente de robar una bicicleta y le apalizaron en plena calle hasta que lo admitió. Le cayeron tres años de cárcel.
Hay una tibia reacción a favor de Tang en internet. El caso recuerda al del salchichero indultado del año pasado. Es improbable que a Tang le sirva: seis policías muertos son muchos muertos. Pronostico que su pena de muerte será dictada en los próximos días y ejecutada con celeridad para evitar más debate.
Los encuentros de ciudadanos con policías suelen ser traumáticos. La corrupción policial no es cosa de personas sino de sistema, tan podrido como el de los gobiernos locales. Su imagen es la antítesis de los humildes, valerosos y paletos soldados. En China, a una persona desprendida y generosa se le pregunta si ha estado en el Ejército, esperando que la respuesta sea positiva.