Vuelvo a Zhou Zhenglong, una debilidad personal. Zhou es el campesino y cazador ocasional que fotografió al tigre de Amoy cuando se creía extinguido. El bueno de Zhou ha acabado donde me temía: en la cárcel por fraude. El Gobierno de Shaanxi ha reconocido finalmente que el agua moja: las fotos eran falsas. Zhou tiene el encanto de los personajes de la literatura picaresca. Su estafa era tan osada como burda, sólo era cuestión de tiempo que se descubriera. Como le definió uno de los principales activistas contra el fraude: "Zhou es sólo un chivo expiatorio, la pieza más débil del tablero".

El asunto tiene interés porque sirvió de prueba del descrédito de los gobiernos locales. Mientras las pruebas del fraude se acumulaban, los funcionarios seguían defendiendo las fotos, despreciando a la comunidad científica y al sentido común. Detrás estaban los fondos que iban a recibir de Pekín para levantar una reserva natural y los ingresos por turismo. O quizá sólo la estupidez humana, la arrogancia del que se sabe intocable, la huida hacia adelante. Erraron: trece funcionarios han sido despedidos.

Entre ellos, los más testarudos. El director del Departamento de Silvicultura, Zhu Long, dijo ayer que iba a vivir una vida feliz y a disfrutar un montón. El jefe del departamento de Información, Guan Ke, reconoció que su pasión había excedido su razón. No parecen excusas muy sentidas, a pesar de que aceptaron las fotos falsas, ignoraron las evidencias en contra y se anclaron en la mentira, utilizaron los mecanismos del poder para evitar que la verdad aflorara, ofrecieron su cargo como garantía, defendieron las fotos hasta hace dos días y levantaron un escándalo que traspasó fronteras.

A su lado, la pedestre falsificación de una foto con photoshop de un pobre campesino se me antoja pecata minuta.