lunes, 29 de octubre de 2007 19:22
Adrián Foncillas
La contaminación y los malditos Juegos
La contaminación pequinesa no es nueva. Pekín es la ciudad gris por el color de las casas de los hutongs y de su cielo. Es una pequeña tragedia diaria para 15 millones de personas que vivimos y respiramos en ella. Ha aumentado la concentración de PM10, partículas en suspensión que causan asma, problemas cardiovasculares y cáncer de pulmón. Es decir, Pekín atenta contra la salud, a corto y largo plazo.
Recuerdo que un ministro español ofreció un encuentro la primavera pasada en la embajada con los corresponsales en Pekín. Debía esperar encontrarse un grupo de periodistas enérgicos, aguerridos, un golpe militar en Nepal hoy y un tsunami en Indonesia mañana, y se topó con unos tipos de tos pertinaz, nerviosa, geriátrica.
Las noticias sobre la contaminación en Pekín empiezan con frases del tipo "A un año de que empiecen los Juegos Olímpicos...", o "Cuando sólo restan ocho meses para la ceremonia de inauguración...". A China le preocupa que la contaminación haga fracasar sus Juegos Olímpicos. Al resto del mundo le preocupa que las condiciones no sean idóneas para la práctica deportiva, que el rendimiento de los atletas disminuya. Se debate sobre los efectos de la contaminación en las pruebas de largo esfuerzo y se propone alejarlas de Pekín.
Así que debate ya está tan viciado como el aire. El drama de la contaminación en Pekín lo es per se, porque la calidad de vida de 15 millones de personas está mermada, porque miles de ellas morirán de forma prematura. Que la preocupación universal se centre en que las marcas de unos cuantos atletas, que pasarán por la ciudad un par de semanas, puedan ser unas centésimas o segundos peores es, cuanto menos, una perversa frivolidad. Y añade un temor a los pequineses: si la razón de la lucha medioambiental son los Juegos Olímpicos, ¿qué nos espera tras ellos?