jueves, 20 de septiembre de 2007 20:24
Adrián Foncillas
Héroes y villanos en la prensa china

Zhao Yan, colaborador del New York Times (NYT), fue liberado esta semana tras cumplir una condena de tres años por fraude. Había sido acusado en 2004 de revelar secretos de Estado tras haber publicado su diario en exclusiva que el anterior presidente, Jiang Zemin, iba a renunciar a la jefatura del ejército, último cargo importante que retenía. La justicia retiró los cargos tras prometer el NYT que no había logrado la información a través de él, pero a cambio Zhao fue inmediatamente acusado por fraude. Según la sentencia, había cobrado 20.000 yuanes (unos 200 euros) de un empresario a cambio de un artículo favorable. La historia de Zhao sirve para hablar de los periodistas chinos, una gran masa uniforme de la que sobresalen héroes y villanos.
El periodismo no es tal en China, si éste ha de ser independiente. No es un cuarto poder ni contrapesa al primero. No controla al Gobierno, lo publicita. Los medios de comunicación son un enorme gabinete de prensa al servicio del Partido Comunista. "En la universidad nos enseñan que un buen periodista no hace preguntas", me cuenta una joven redactora de la CCTV, la televisión pública china. La inmensa mayoría asume el papel.
Hay unos pocos combativos, socialmente comprometidos. Destapan corrupciones que salpican a los poderes locales -el Gobierno central es aún sagrado-, y eso es peligroso aquí. Pekín tiene una voluntad honesta de acabar con la corrupción y espolea su denuncia, pero el periodista suele acabar siendo víctima del gangsterismo transversal de los entes locales, que alcanza a policía, judicatura y políticos. No son raros los casos de periodistas apaleados o muertos por revelar corrupciones.
Chen Guangcheng no es periodista sino abogado, pero su caso es paradigmático. Denunció y demostró los abortos forzados y la campaña de esterilización que se practicaba en la provincia de Shandong. La noticia provocó el lógico escozor y Chen fue condenado por provocar tumultos.
Eso revela otro contratiempo para la prensa china: el acento que pone el confucianismo en el bienestar social. La cultura occidental subraya al individuo mientras la milenaria cultura china se decanta por la dualidad, el conjunto. En otras palabras, allí son irrenunciables los derechos y libertades del individuo y aquí prevalece el bien superior de la comunidad. Aquéllos deben recortarse para preservar ésta, sostiene la teoría de los derechos humanos china. La libertad de expresión, de prensa o de reunión son víctimas. Un empresario o político corrupto es también aquí algo repugnante, incluso los más discretos, aunque éstos bastante menos. Pero denunciar un escándalo es un grito, un puñetazo en la mesa, un terremoto para la paz social, una grieta en la tan innegociable sociedad armónica.
En China predomina ese razonamiento, inexplicable en Occidente. No conviene achacarlo a la incultura sino a una cultura diferente. Zhang Kewei es una joven empresaria pequinesa, de maneras occidentales, que ha viajado por medio mundo. Pertenece a la minoría ilustrada que conoce la matanza de Tiananmén. La mayoría apenas sabe que hubo unas protestas masivas. "¿De qué serviría contárselo? ¿Qué bien les haría? ¿Qué ganaría China? Comer es más importante que la verdad".
En el extremo contrario de los periodistas que arriesgan sus trabajos y vidas por luchar contra la corrupción están los que se alimentan de ella. La acusación al colaborador del NYT no es un caso aislado. Las condenas por chantaje a periodistas chinos han aumentado en los últimos años. Influyen sus bajos sueldos y los duros castigos: un empresario que puede ser sentenciado a muerte untará con gusto al periodista por su silencio. También ha habido extorsionados por particulares que simularon ser periodistas. Pero organizaciones internacionales de derechos humanos sostienen que China amplía a menudo la acusación de chantaje a periodistas incómodos. En cada caso, creer a uno o a otro es sólo es sólo una cuestión de fe.
En enero un par de periodistas fueron apalizados por unos matones con martillos y otras herramientas en la entrada de una de tantas minas ilegales de la provincia de Shanxi. Uno murió y otro quedó malherido. Fue un escándalo y el presidente, Hu Jintao, prometió una investigación concienzuda. El colega que sobrevivió reconoció a la policía que su compañero le había prometido que "sólo con enseñar las credenciales" en la mina les iban a soltar al menos 1.000 yuanes (unos 100 euros). El diario afirmó que era empleado suyo, pero no un reportero, y que no tenía encargo de escribir sobre minas. El gremio sostuvo que era un estafador y la provincia anunció una campaña para acabar con los falsos reporteros.
No es, seguro, el caso de Zhao, el colaborador del NYT. Antes había denunciado en publicaciones chinas la corrupción de funcionarios y las penosas condiciones de 20.000 campesinos de la provincia de Hebei, desplazados por la construcción de un embalse. Zhao Yan tiene una bien ganada fama de periodista incómodo, de periodista.