Zhu Yu, en la exposiciónZhu Yu disfruta de la calma que sucede a las tormentas. Atiende con tacto y sonrisas a los elegantes visitantes de la pequinesa y glamurosa galería de arte Xin Beijing. Allí inauguró el 4 de agosto su exposición de platos con sobras de comida, pintados al óleo. Hacerse vegetariano le afiló la figura, pero sobre todo le liberó de la pesada etiqueta del artista caníbal. 

Zhu le debe la fama mundial a su performance Comiendo gente. Se vio por primera vez en la Bienal de Shangai de 2000.  cocinaba al horno un feto humano, lo servía en la mesa, trinchaba y comía por partes.  Zhu consiguió el feto de un hospital. En una actuación anterior, pagó a una prostituta por dejarla embarazada y abortar. Zhu dio de comer el feto a un perro.

La televisión inglesa emitía dos años después un reportaje sobre el arte extremo chino, una corriente que se definía como Sin Límites. Yu Ji se encerraba desnudo un día entero en una jaula de cristal con pollos, Gao Feng bebía de una botella con un pene dentro (de la despensa de Zhu) y Yuan Cai y Jian Ji Xi corrían desnudos por Londres con un osito de peluche. La intervención de Zhu duraba dos minutos, y fueron suficientes.   

La emisión llevó a su punto más álgido el viejo debate sobre los límites entre provocación y arte. Decenas de espectadores bramaron contra el reportaje, una diputada conservadora lo calificó como “contrario a las enseñanzas de Jesucristo”, la embajada china en Londres dijo que “había dañado muchísimo” la imagen del país y Pekín anunciaba penas de diez años de cárcel a los artistas que experimentaran con cuerpos humanos. Sólo Waldemar Januszczak, prestigioso crítico de arte del Sunday Times y presentador del programa, achicaba agua: “Merece la pena intentar entender por qué China produce el arte más escandaloso y oscuro del mundo”. “Ninguna religión prohíbe el canibalismo. Ninguna ley dice que no se pueda comer carne humana. He aprovechado ese espacio vacío entre la moral y la legalidad para desarrollar mi trabajo”, razonaba Zhu. 

Una escultura de Zhu Yu. Zhu rechazó las ofertas para repetir su número. Aún hoy intenta superar esa etiqueta. Como ha hecho siempre, Zhu alterna performances con pinceles, pero ahora busca el reconocimiento en los segundos. En la biografía de la galería no hay referencias a fetos. Tampoco a la performance en la que trituró cerebros humanos y los vendió en tarros de mermelada en un supermercado a 10 euros, o en la que se cortó un gran trozo de piel y lo injertó en un cerdo muerto. Zhu, cristiano,  nació en la provincia central y atrasada de Sichuan, muy lejos del cosmopolita sureste. Su familia aún desconoce sus actuaciones más recordadas. Su agente pide tacto al periodista. 

“No actuábamos como una reacción al sistema opresivo chino. Se escucharon muchas teorías, pero que eso pasara en China fue anecdótico, el arte surge en cualquier parte. No queríamos impresionar, tan sólo hacer algo nuevo”. Zhu sostiene que no hay diferencias entre aquello y sus actuales platos con restos: “Todo es comida”. Gao Feng también pinta ahora al óleo y Yu Ji se dedica al video arte en Dashanzi, el distrito artístico que los puristas ven prisionero del negocio. 

¿Se han hecho viejos? ¿Les domó el sistema? ¿Claudicaron al capital, dado que las performances no son rentables? Sólo la naturaleza perecedera del arte les paró, sostiene Zhu. “No tenía sentido seguir, habíamos llegado al límite. No queríamos copiarnos”. Y recuerda que el arte es cíclico. “Pronto haré algo aún más impactante”.