A la tercera fue la vencida. El tercer día de convención demócrata fue redondo, una jornada de unión, lágrimas, apoteosis y sorpresa final muy bien escenificada con la presencia de Barack Obama en el estrado. Tras los dos titubeantes días del inicio, a los demócratas les salió la jornada redonda por la que suspiraban. Algo de lo que tienen mucha culpa Bill y Hillary Clinton.

No hay nada que reprochar a Billary esta vez. Públicamente, en la convención, su comportamiento cara al partido y cara a Obama ha sido impecable. Otro asunto es que la campaña republicana está utilizando los mismos argumentos que usó Hillary durante las primarias (inexperiencia, elitismo) contra Obama, y qué pasará con sus 18 millones de votantes. Clinton marcó el camino, y John McCain lo está siguiendo. A ella no le funcionó, está por ver que a McCain sí. Pero en la convención, que es ahora lo que cuenta, el estado de ánimo cambió ostensiblemente, y donde el lunes y el martes había nerviosismo y preocupación, el miércoles hubo alivio y optimismo, algo que se veía incluso en los rostros de los delegados. Todo está preparado para el discurso de hoy de Obama.

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Hillary Clinton ofreció su esperado discurso. Sobre el papel, no hay nada que reprocharle (tal vez que no dijo que Barack Obama está preparado para ser comandante en jefe, como la campaña de John McCain ya se ha encargado de destacar, y que a veces sonó demasiado desapasionada, como quien cumple eficaz pero rutinariamente con su trabajo). Repitió en varias ocasiones que hay que votar a Obama, de exprimera dama a futurible primera dama dio su bendición a Michelle Obama y cumplió con su obligación como lo que es: una extraordinaria profesional de la política que, hablando de ella, de la administración de su marido y sin elogiar directamente a Obama ninguna vez salvo por el hecho de ser el candidato delpartido, logró que los demócratas abandonaran ayer el Pepsi Center con una reconfortante sensación de haber cicatrizado sus heridas.

Minustos después de acabar su discurso la prensa estadounidense ya especulaba sobre si Hillary había sido lo bastante convincente para esos seguidores (sobre todo mujeres) que no quieren ni oír hablar de otro candidato demócrata que no sea ella. Las encuestas, la votación de hoy de los delegados y, sobre todo, las elecciones de noviembre lo dirán. Pero su fina faena de alta política deja a la senadora por Nueva York un futuro político intacto a pesar de haber sido derrotada en las primarias. Hillary ha convertido en la convención esa derrota en una victoria y ahora se dispone a esperar a ver qué ocurre en noviembre. Si gana Obama, ya se verá. Si pierde, a ver quién le tose a Hillary la candidatura en el 2012.

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Ha arrancado la convención demócrata, el mejor invento jamás ideado por los políticos (también lo es la republicana): Un gran anuncio gratis que dura cuatro días en los que los políticos, los símbolos y los mensajes del partido aparecen continuamente a todas horas en todos los medios de comunicación. Una exposición mediática que es toda una proeza, dado que el objetivo teórico de la convención es nombrar candidato demócrata a la presidencia de EEUU a un señor, Barack Obama en este caso, que hace meses que ya sabemos que es el candidato demócrata a la presidencia de EEUU.

Pero qué más da. Esto es un gran espectáculo, pensado y concebido como tal, planeado al milímetro para que quede bien en televisión. Una especie de ceremonia de los Oscar repetida durante cuatro días (homenajes a toda una carrera incluidos, como los que recibieron el lunes Jimmy Carter y Ted Kennedy) y sin ningún cineasta español nombrando a todos los santos. Estas son algunas de las cosas que pasaron el primer día de convención y que no leeréis en las crónicas sobre los enfadados seguidores de Hillary Clinton o la nueva imagen modosita de Michelle Obama.

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No es porque uno quiera meter el dedo en el ojo (Dios me libre), pero entre las banderas, chapas, pins, pegatinas, pósters, camisetas y demás parafernalia que han convertido a Denver en un gran parque temático del Partido Demócrata echo de menos los carteles de Obama-Biden, que al fin y al cabo es el tíquet presidencial que debe salir coronado tras los cuatro días de convención en Colorado. Es lo que tiene haber esperado hasta el último momento para anunciar al número dos, que no ha habido tiempo de preparar el merchandising. Es de esperar que a partir de hoy lunes la eficaz campaña de Obama haya solucionado este pequeño inconveniente.

No es el mayor de los retos que tienen los demócratas ante sí en Denver. Cuando empezó el ciclo electoral, esto debería haber sido la fiesta de Hillary Clinton, no la de Barack Obama. En un año que parece demócrata, el partido elegirá a un candidato que hace dos años sólo era conocido en Illinois y por los enfermos de la política que disfrutaron de sus 17 minutos de estupendo discurso en la convención del 2004. Es joven, inexperto en grandes lides políticas y es el primer candidato negro en la historia de uno de los dos grandes partidos. Al optar por él, han rechazado la fiabilidad del apellido Clinton. Y, encima, llegan a la recta final y decisiva de la campaña con las encuestas mostrando cierta fatiga de su candidato, como si la obamamanía en la que ha cabalgado el senador desde que ganara el caucus de Iowa estuviera volviéndose en su contra.

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En junio del 2007, en el bar de un hotel de Manchester (Nuevo Hampshire) un relajado Joseph Biden --65 años, tejanos, camisa-- conversaba y miraba de reojo un partido de béisbol en una de las pantallas planas del local. Biden acababa de participar en un debate presidencial con todos los aspirantes demócratas (un gentío en aquel entonces) pero a diferencia de los dos favoritos --Barack Obama y Hillary Clinton-- y de otros con tan pocas posibilidades como él mismo --John Edwards--, Biden parecía que siempre tenía tiempo para una charla de cinco minutos alrededor de una bebida fría.

Esa cercanía es difícil de encontrar en el Capitolio de Washington, donde Biden ha servido ininterrumpidamente como senador por Delaware desde 1972. Ese carisma, construido a diario en el tren que le lleva de regreso a casa desde Washington, es uno de los aspectos de la personalidad política de Biden que ha hecho que Obama lo elija como compañero de ticket. Es el mismo tipo de simpatía automática que despierta John McCain entre el electorado cuando se habla con él cinco minutos seguidos (antes de que el republicano saque a pasear su legendario y temido temperamento). Biden es el anti-McCain, alguien que conoce muy bien al senador por Arizona, que se sabe los entresijos de Washington al dedillo y que puede aguantarle al candidato republicano una discusión sobre política exterior.

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Preparo las maletas para viajar a Denver con cierto desasosiego interno. Después de ver el despliegue mediático de hoy (aún viernes por la noche para mí) para informar del no-anuncio del número dos de Barack Obama en el tíquet presidencial me temo lo peor en la convención que debe coronar al Elegido. ¿Habrá suficientes delegados para hablar con todos los periodistas que estaremos allí o habrá que practicar la caza mayor de algún oscuro representante de Kentucky? ¿Quedará algún rincón de Denver virgen de prensa? ¿Encontraré a algún latino, negro, mujer, joven, lactante, blue o white collar, minoría, mayoría o hasta extraterrestre al que algún reportero no le haya preguntado antes que yo su opinión sobre el Hombre? ¿Tendrá el bar suficiente comida y bebida para todos? ¿Y los lavabos? ¿Qué pasará con los lavabos?

Lo de hoy merece pasar a la historia de la insensatez periodística al mismo nivel que aquel día en que las cadenas de televisión estadounidenses se pasaron horas mostrando en directo la casa de Paris Hilton a la espera de que la celebrity por antonomasia se dignara a acudir a prisión a cumplir una corta condena (y no pretendo, como John McCain, comparar a Obama con la grácil heredera). Es que no ha sido una casa, sino cuatro, helicópteros, unidades móviles y conexiones en directo incluidas, las que se han cubierto a lo largo de todo el día. Eran los hogares de cuatro de los candidatos a ser el Elegido del Elegido para acompañarlo en el tíquet presidencial.

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Algunas encuestas le siguen dando ventaja, pero poca. Otras, como la de Reuters/Zogby, hablan de hasta cinco puntos de ventaja de John McCain. Tanto las unas como las otras coinciden en una cosa: algo no acaba de funcionar en Obama-landia. Y un fantasma acecha los sueños de los demócratas. ¿Estará aquejando a Barack Obama el mismo síndrome que a Hillary Clinton? Ya sabéis, eso del candidato inevitable, la cosa está hecha, empecemos a hablar (y sobre todo a comportarnos) como si ya fuera 5 de noviembre o, mejor, 21 de enero y ya estuviéramos en el Despacho Oval, la mar de cómodos.

Desde que a principios de junio Obama cerrara su duelo con Clinton, el estado de ánimo, el momentum de la campaña ha cambiado. Durante junio y julio, Obama disfrutó del rebufo del fenómeno creado durante las primarias. Mientras, McCain, por fin a solas con su adversario demócrata bajo los focos, parecía perder en cualquier comparación: personal, política y de coyuntura. El republicano --un candidato más flojo en un año demócrata-- sólo protagonizaba malas noticias en los medios (las suspicacias de su propio partido, la enésima reforma de su campaña, su escasa capacidad para dirigir a su propia gente...) mientras el demócrata parecía que sólo generaba buenos titulares. Y entonces llegó la gira mundial de Obama.

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Esta es la semana del vicepresidente. Barack Obama anunciará el nombre de su elegido (o elegida) en cualquier momento, básicamente porque el próximo lunes empieza la convención demócrata. John McCain se encuentra en una posición similar. Su convención empieza el 1 de septiembre, pero entre la demócrata y la republicana sólo habrá un viernes y un fin de semana.

Cuándo anunciar el vicepresidente es una cuestión de alta estrategia comunicativa, ya que en teoría debería asegurar al candidato una considerable presencia mediática. El problema es que este año los JJOO están siendo seguidos con mucho interés, y cuesta robar algún plano a los atletas reunidos en Pekín. Para los medios de comunicación las quinielas sobre la identidad del elegido está siendo el deporte favorito del verano, dado que la campaña se encuentra un poco alicaída no tanto por falta de interés como por comparación con la montaña rusa de emociones que generó el duelo entre Obama y Hillary Clinton en las primarias demócratas. Pero esta tregua estival está a punto de acabarse. La sucesión de vicepresidente demócrata-convención demócrata-vicepresidente republicano-convención republicana marcará el inicio real de la campaña de las presidenciales y pondrá de nuevo el duelo Obama-McCain en primer plano. Las elecciones se ganan o se pierden a partir de ahora.

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¿De qué van en realidad y cómo funcionan unas elecciones en EEUU? De Wilmington, Ohio. Esta localidad afronta la pérdida de unos 8.000 puestos de trabajo después de que la empresa de mensajería alemana DHL haya llegado a un acuerdo con la estadounidense UPS para mover sus paquetes a través de un hub en Kentucky, lo que implica cerrar el de Wilmington. DHL argumenta que con la crisis sufre pérdidas millonarias y que el acuerdo con UPS es doloroso pero inevitable.

En el 2003, DHL buscaba los permisos necesarios para establecerse en Wilmington mediante la compra de una empresa local, Airbone Express. Para ello necesitaba la luz verde del Comité de Comercio del Senado, a la sazón presidido por John McCain. Algunos legisladores temían que permitir a una compañía extranjera gestionar comercio aéreo pusiera en riesgo la seguridad nacional. DHL hizo lo que suele hacerse en estos casos en Washington: contratar a un lobista para que se trabajara los pasillos del Capitolio. El hombre elegido por DHL fue Rick Davis, hoy mánager de la campaña presidencial de McCain.

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Barack Obama ya es más grande que Elvis o al menos que Bruce Springsteen, el otro estadounidense que ha recorrido este verano Europa en una gira triunfal. Y es que ni siquiera el Boss puede competir con el senador. Su discurso en Berlín fue espectacular en las cifras (en cuanto el contenido y la retórica, no fue uno de sus mejores días), y la obamanía parece que recorre la vieja Europa con la misma fuerza que asoló EEUU sobre todo entre los meses de enero y marzo de este año. Ya se sabe, los fenómenos mediáticos ocurren primero en EEUU y después llegan a Europa con algunos meses de retrasos. Como el iPhone, vamos.

Si la parte de la gira de Obama por Afganistán y Oriente Medio (Irak, Jordania, Israel...) tenía una clara intención doméstica (qué hacer con las guerras que allí se desarrollan), lo de Europa es casi un acto de chulería, una demostración de fuerza, un aquí estoy yo y un imaginaos si pasa esto como candidato, qué ocurriría si fuera el presidente. Como aún no es presidente, también hay un cálculo electoral. En primer lugar, Obama se dirige a aquellos estadounidenses preocupados por el grave deterioro de su imagen en el mundo tras los ocho años de administración Bush. En segundo lugar, al entrevistarse con líderes mundiales alimenta una de las partes más débiles de su currículum, la inexperiencia. Lo de los estadounidenses en ocasiones es esquizofrénico. Por un lado, hacen gala de ir a la suya y de no depender de nadie. Por el otro, lo de viajar fuera y fotografiarse con el presidente francés, el primer ministro británico o la cancillera alemana (los tres países europeos, acompañados tal vez por Italia, que realmente cuentan aquí) viste mucho. Al menos en cierta parte del electorado.

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Lo confieso: la polémica (y ya famosa, y por tanto comercial) portada de The New Yorker en que se representa a Barack Obama y su esposa Michelle como terroristas me gusta. La caricatura de Barry Blitt es prodigiosa, un gran dibujo. La lástima es que la confesada intención satírica del dibujante y de la revista (ridiculizar los bulos sobre el radicalismo de los Obama, la supuesta fe musulmana del candidato, etcétera) falla estrepitosamente y en lugar de cumplir su objetivo logra justamente lo contrario: agravar los bulos.

Mal planteada está una sátira cuando la víctima de la situación que se pretende satirizar (en este caso Obama, que ha sufrido, sufre y sufrirá los infundados rumores) es la que sale perjudicada. No hay titular que contextualice el dibujo (que se refiere a las políticas del miedo en la campaña electoral) y no hay nada que indique que no es Obama el objetivo de la sátira. Recordando la famosa polémica de las caricaturas de Mahoma, siguiendo la lógica de The New Yorker ahora resultará que los dibujos del profeta no criticaban/ridiculizaban/ironizaban sobre la incapacidad del islam a la hora de reírse o criticarse a sí mismo y su profeta, sino a los que acusan al islam de no hacerlo. Demasiado sutil, la verdad.

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The Washington Post ha cambiado de director por tercera vez desde 1968. El elegido es Marcus Brauchli, responsable hasta el pasado mes de mayo de la redacción de The Wall Street Journal. Brauchli abandonó el Journal después de que Rupert  Murdoch comprara el diario, y aterriza ahora en el Post en un momento en que el prestigioso diario de Washington se enfrenta a los mismos (graves) problemas que el resto de la prensa escrita estadounidense (y europea): descenso de lectores, caída de los ingresos por publicidad, recortes de personal y recortes presupuestarios.

Números en mano, The Washington Post es el séptimo diario de EEUU, con una tirada los días laborables de 673.000 ejemplares (en el 2000, era de 800.000). En el primer trimestre de este año anunció unos beneficios de 1,2 millones de dólares, por los 14,9 del pasado año. En cinco años, la empresa ha llevado a cabo tres procesos de reducción de plantilla mediante jubilaciones anticipadas, lo que ha recortado la redacción en 200 periodistas (de 900 a 700). Las buenas noticias vienen de su página web, que atrae mensualmente 9,4 millones de usuarios únicos.

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Nuevo y no mejorado es el titular de un editorial de The New York Times de hoy en el que el diario critica a Barack Obama por haber cambiado de opinión o, directamente, por haber roto promesas desde que venció a Hillary Clinton y se convirtió en el candidato demócrata a la Casa Blanca. La lista del editorial del Times es larga, y va desde la financiación electoral hasta la pena de muerte y el control de armas, pasando por las ayudas económicas a organizaciones de cristianos evangelistas o su apoyo al plan de George Bush de ofrecer amnistía a las empresas de comunicaciones que colaboraron con su administración en el programa de escuchas ilegales.

El editorial del Times (The Wall Street Journal y otros medios y analistas llevan días hablando de lo mismo) se publica el día siguiente de que Obama tuviera que dar dos ruedas de prensa para aclarar su postura sobre Irak. En la primera dijo que aprovecharía un planeado viaje a Bagdad para hablar con los responsables militares y "perfeccionar" su política sobre el país árabe. En la segunda tuvo que salir a matizar los titulares que decían que planeaba redefinir su política en Irak, que se basa en una retirada ordenada pero inmediata en cuanto llegara a la Casa Blanca. Y es que los datos que hablan de una mejora de la seguridad en Irak hacen que Obama sea vulnerable a la tesis de que es mejor no tocar las cosas que están funcionando.

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Tras un paréntesis motivado por unas (felices) circunstancias familiares, retomo a la Décima Avenida en un momento en el que la victoria de España en la Eurocopa reina en la prensa española. En EEUU, las audiencias de la Eurocopa en ESPN (¡qué buenos comentaristas los suyos!) han sido apreciables (el empuje latino se nota), y el Departamento de Estado ha tenido el detalle de felicitar a los corresponsales españoles por el triunfo. Desde la lejanía, el debate sobre las connotaciones nacionalistas de la victoria española --que si la bandera en las medias de Xavi, que si los fieles aficionados a Rusia y Alemania que han surgido estos días-- (y otros asuntos, como el del manifiesto en defensa del castellano) me generan la perplejidad y cansancio habituales. Coincide todo ello con que en la campaña estadounidense entre Barack Obama y John McCain el tema estrella estos días es el del patriotismo.

Al fin y al cabo, estamos en la semana del 4 de julio. La revista Time (aquí, aquí y aquí) explica muy bien lo que podríamos llamar las dos corrientes del patriotismo estadounidense. Por un lado, la conservadora, que considera que debes amar a tu país por el hecho de que es tu país, de la misma forma que tu familia es tu familia. Esta corriente enaltece, mitifica el pasado y habla de mejorar un país que ya de por sí es el mejor del mundo, pero apenas permite crítica. La progresista, por su parte, critica el pasado porque no está a la altura de los ideales en los que se fundó el país (resumidos en su Declaración de Independencia) y habla del futuro más que de la historia. No es un patriotismo basado en un apego a una cultura determinada sino a unos ideales políticos y reivindica el patriotismo del disidente. Las dos posturas no son tan contradictorias. De hecho, historiadores como Howard Zinn consideran que son las dos caras de la misma moneda, simbolizadas en dos grandes partidos que trabajan conjuntamente para mantener los privilegios del establishment.

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Game over. Un portavoz de Hillary Clinton ha comunicado esta noche (hora estadounidense) que la senadora anunciará públicamente que suspende su campaña y que da todo su apoyo a Barack Obama en noviembre en un acto en Washington el próximo sábado (aunque, en medio de la locura habitual en estos casos para ser el primero en informar, algunos medios como la NBC hablan a la hora en que escribo de un acto privado el viernes y uno público el sábado. Los detalles de la escenografía de la salida se irán sabiendo con más calma hoy jueves).

Según algunos de los conspicuos clintonistas que han tomado al asalto las televisiones estadounidenses, la retirada de la senadora obedece a que ha comprendido que es lo mejor para la unidad del partido. Afirman que no ha pactado nada con Barack Obama respecto a ser su número dos en el tíquet presidencial. El tiempo dirá si eso es cierto o no. Lo que es evidente es que la presión del partido --encabezada por Nancy Pelosi-- le ha dejado claro a Clinton que no está el horno para jueguecitos. La ventaja de Obama en las encuestas sobre John McCain, según la media de Realclearpolitics, es poco más de dos puntos (aunque los próximos sondeos probablemente reflejarán ya el impulso de popularidad que supone para Obama haber zanjado su pulso con Clinton).

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