viernes, 21 de noviembre de 2008 5:13
Joan Cañete Bayle
Dilemas, dinero, leyes y niños
Resulta muy interesante el debate que hay en EEUU respecto la cuestión moral de ayudar con dinero público a las empresas en apuros. El dilema surgió ya con el plan de rescate financiero de Henry Paulson (¿hay que ayudar a las empresas de Wall Street que han creado este problema?) y ha vuelto a surgir ahora después de que las compañías automovilísticas advirtieran de que están al borde de la quiebra y hayan requerido, por el momento en vano, ayuda pública. Si se ayuda a General Motors, Ford y Chrysler, se teme que la lista de espera de compañías que requieran un rescate público sea de las que hacen historia.
"No podemos mostrarles el dinero hasta que nos muestren un plan", les ha dicho Nancy Pelosi a los Tres Grandes de Detroit tras dos días de comparecencia en el Congreso (a donde los consejeros delegados viajaron en sus jet privados). Pocos sectores simbolizan mejor la decadencia industrial estadounidense que el automovilístico. Durante años, los modelos de GM, Ford y Chrysler fueron de la mano con la iconografía del sueño americano. Representaron lo mejor (esas deliciosas road movies, James Dean no sería lo mismo sin su coche) y lo peor (un sistema agresivo con el medio ambiente, insostenible, simbolizado últimamente por el Hummer, ese monstruo) del estilo de vida americano, y fueron pieza angular en la estructura urbana de la sociedad estadounidense. Sin ellos, Suburbia es imposible.
Su impacto en la economía también es crucial. Un informe de la propia industria (como tal hay que tomarlo, pero no va muy desencaminado) calcula que la quiebra de las tres empresas implicaría la pérdida de más de tres millones de empleos de forma directa e indirecta y estima que ello le supondría al erario público (entre menos impuestos recaudados y subsidios) un coste de 124.700 millones de euros. Por comparación, los 20.000 millones de euros de ayuda pública que piden ahora son una minucia.
El problema es que nadie se cree que los problemas de las firmas automovilísticas hayan empezado con la crisis actual. Es cierto que los problemas de crédito lastran su actividad diaria y han hecho bajar la compra de coches, pero también lo es que hace mucho tiempo que los productores estadounidenses no pueden competir con los productores asiáticos e incluso europeos. Sus modelos no están preparados para un entorno urbano y menos aún para consumidores que quieren una mayor eficacia (económica y ecológica) en el consumo de gasolina.
Pero el principal problema es que los coches que vienen del extranjero son más baratos. Y lo son, entre otros motivos, porque las condiciones de trabajo logradas por los poderosos sindicatos son mucho mejores (y más caras para las empresas) que las de sus competidores extranjeros. Y aquí tenemos otro dilema. Cuando Pelosi (demócrata) pide un plan, lo que quiere decir es que los Tres Grandes deben producir vehículos más competitivos. En términos de modelos pero también de coste. Eso implica reducir los costes (la calidad) de los planes de sanidad y de pensiones de los trabajadores. Casa mal cuando los demócratas han hecho de lograr una sanidad casi universal asumible para todo el mundo uno de los pilares de su política social. Si los trabajadores del sector automovilístico ven empeorar sus planes de sanidad, ¿quién pagará para que tengan los programas dignos que ha prometido Barack Obama? Pero si GM, Ford y Chrysler no son competitivos, ayudarles ahora sería tirar el dinero.
Hay más dilemas económicos estos días. La idea de que el Estado ayude a los propietarios de casas con apuros para pagar sus hipotecas (es decir, los que ya son morosos) mediante una renegociación de sus deudas subvencionada con fondos públicos no gusta a todo el mundo. Y no me refiero sólo a los puristas de la economía de mercado. En el marasmo de las subprime es cierto que los bancos apostaron por una suicida política de hipotecas para todos para seguir alimentando la burbuja inmobiliaria y que después la opacidad, la avaricia y el escaso control del mercado financiero hicieron el resto con los productos de inversión basados en tan dudosos mecanismos de créditos. Pero también es verdad que muchas personas compraron casas y contrataron préstamos que objetivamente no podían permitirse. Ahora, los que con sufrimiento están pagando sus letras cada mes ven como su esfuerzo y responsabilidad financiera no se verán recompensados con una renegociación de sus condiciones. Ya hay quien alerta de que va a haber una catarata de propietarios de casas que se convertirán en morosos voluntarios. De nuevo, ¿dónde se marca la línea de a quién ayudar con dinero público de todos los contribuyentes y a quién no?
Al final, es el viejo problema de hecha la ley, hecha la trampa. Hoy se ha sabido, por ejemplo, que la empresa de servicios financieros GMAC (que es propiedad de GM en un 49% y que se dedica a financiar con los compradores el pago de los coches) ha pedido convertirse en un banco para poder aspirar a beneficiarse del plan de rescate bancario. Otra forma para GM de aspirar al dinero público que hasta ahora se le ha negado.
En Nebraska hay otro ejemplo fuera del ámbito económico de dilemas del legislador y de efectos perniciosos de leyes que nacen con buenos propósitos. Nebraska fue el último estado del país en regular qué ocurre con los padres que abandonan a sus hijos. Con el objetivo de proteger a los niños de abusos y para que no crezcan en entornos donde no son deseados (y también para promover una política que reduzca abortos), a lo largo del país se legisló el tiempo después del nacimiento en que los padres pueden abandonar a sus hijos y en qué sitios (hospitales, por ejemplo) sin que les persiga la ley (en California, por ejemplo, se permite hacerlo hasta 72 horas después del nacimiento).
Los legisladores de Nebraska discutieron sobre el significado de la palabra "niño", y para llegar a un consenso no lo especificaron en la ley con la intención de no limitar la edad de los menores que necesitan protección. Por qué un niño de un mes sí puede ser abandonado y uno de un año, no, dónde marcamos la línea entre los niños que pueden salir de un entorno que no los quiere y los que no. Ese era el dilema. Consecuencia: dado que la mayoría de edad en este estado no se alcanza hasta los 19 años, de los 35 menores que han sido abandonados desde septiembre ninguno es un bebé; sólo 6 tienen menos de 10 años y hay de hasta 17 años. En un caso, un hombre dejó a sus nueves hijos, con edades comprendidas entre un año y 17. Los hospitales de Nebraska denuncian que gente de otros estados han viajado hasta allí para abandonar a sus hijos y que en algunos casos se trata de adolescentes a los que los padres, simplemente, ya no soportaban. Ahora ya está en marcha por vía urgente una reforma de la ley para especificar edades.
Dilemas como estos recuerdan que el trabajo de los políticos, tan criticados en tantas ocasiones y en muchas de ellas con muy buenos motivos, no es ni mucho menos sencillo. Y que los buenos propósitos suelen chocar con las realidades.
PD: La publicación Politico está diciendo esta noche, citando dos fuentes del equipo de Obama, que el presidente electo planea anunciar el nombramiento de Hillary Clinton como secretaria de Estado después del puente de Acción de Gracias, a finales de mes. De confirmarse, sería el mejor ejemplo de que la moderación y el pragmatismo guían los primeros pasos de Obama. Unos defenderán que poco cambio es llenar tu equipo de figuras de la época de Clinton, con la exprimera dama a la cabeza. Otros dirán que qué mejor ejemplo de cambio que incluir en tu Gobierno a la persona con la que protagonizaste un duelo electoral tan enconado.