Tenía previsto escribir hoy, casi medianoche de un largo lunes en Washington, sobre Sarah Palin, protagonista del debate que el jueves la enfrentará con Joe Biden y de cuya irrupción estelar en la política estadounidense se cumple un intenso mes (nuestra vida ya no es la misma desde que conocimos a la gobernadora de Alaska). Pero Palin, Biden, el debate y todo lo demás ha pasado a un segundo plano después de que la Cámara de Representantes haya rechazado el plan de rescate de la deuda tóxica de Wall Street.

Resulta ridícula una de las explicaciones republicanas al fiasco que nadie esperaba (que un discurso de Nancy Pelosi en la cámara antes de la votación fue demasiado partidista al culpar a la derecha del desastre financiero e irritó a los más conservadores que ya de por sí eran poco proclives a aprobar el plan convertido en proyecto de ley). De ser cierta esta excusa, significaría que los republicanos han llevado al país (y el resto del mundo) a una situación de gravísima incertidumbre económica por una pataleta.

No digo que no sean capaces, pero mucho más creíble (dado que 95 demócratas del ala más izquierdista se unieron a 133 republicanos del ala más derechista, valga la redundancia) me parece que estamos en año electoral para muchos de estos congresistas y que la idea de plantarse en campaña habiendo votado a favor del plan de los 700.000 millones de dólares produce pesadillas electorales en los que buscan la reelección (la gran mayoría).

Lo cual genera un interesante debate: El plan es sumamente impopular en la calle; la administración ha utilizado el discurso del miedo para venderlo, pero los economistas no se ponen de acuerdo en qué ocurrirá con la economía real si no se sale adelante; electoralismo al margen, ¿deben los congresistas votar según lo que quieren los electores de su circunscripción o según lo que dice que es lo mejor para el país la administración que hasta anteayer decía que no había motivo para la preocupación por la salud económica de la nación? Por un lado, estamos hartos de decir que los políticos deben escuchar a sus votantes; por el otro, el cataclismo económico que se anuncia es descomunal, sea popular o no el plan que debería evitar que suceda.

Puede que si la administración Bush no tuviera el historial que tiene de vender medidas extraordinarias que ponen mucho poder en sus manos a base de un discurso alarmista el proceso hubiera sido diferente. Ocurrió con la guerra de Irak, ocurrió con la Patriot Act, y ahora iba por el mismo camino con el plan de rescate. En los dos primeros casos, Bush se salió con la suya. En este, por el momento no y, curiosamente, no es por culpa de la oposición.

Son los demócratas, mayoría en ambas cámaras del Congreso, los que más han apoyado al presidente desde que Henry Paulson y Ben Bernanke presentaron su propuesta. Lo hacen, dicen, en nombre de la responsabilidad y porque el proyecto de ley incluye las garantías que ellos exigen. Es absurdo criticar a los demócratas porque 95 de los suyos votaron en contra: 140 (el 60% de su caucus) votaron a favor. Por los republicanos, sólo votaron a favor 65. Con sólo que doce representantes hubieran cambiado el sentido de su voto habría bastado. Pero no los convencieron ni las llamadas telefónicas de Bush y su vicepresidente, Dick Cheney.

En el argot político estadounidense, un presidente en su recta final es un lame duck, un pato cojo que ha gastado su capital político y va convirtiéndose poco a poco en irrelevante. Visto así, Bush es el más cojo de los patos cojos, con sus índices de popularidad por los suelos e incapaz de poner orden en sus propias filas en un momento de grave crisis nacional. Sobre sus espaldas recae la responsabilidad de lo que está ocurriendo. Sus políticas han sido en gran medida responsables de la crisis, y su particular forma de pedir que se apruebe la ley (el habitual discurso del miedo, cambiando los terroristas por la falta de crédito y la seguridad por el desplome de la economía) no han contribuido en nada a ayudar a convencer al ciudadano medio. En tiempos de crisis y de desahucios hipotecarios salvar con una millonada pública a los causantes del desaguisado ya es un plato de difícil digestión. Si, además, no se explica de forma clara por qué es necesario hacerlo, la única estrategia comunicativa es asustar al personal y se tiene el currículum de esta administración, no es de extrañar que la gente se acuerde de las armas de destrucción masiva y piense que lo único que quiere Paulson es ayudar a sus antiguos colegas de Wall Street.

Se dijo que venía el lobo, y se recortaron libertades y se vulneraron derechos en nombre de la seguridad. Se dijo que venía el lobo, y se fue a la guerra en Irak por unas armas que no existían. Se dijo que venía el lobo, y sucedieron Abú Graib y Guantánamo. Y ahora el mismo pato cojo dice que viene el lobo de una Gran Depresión, y nadie le hace caso.

Como sea verdad, el lobo nos va a devorar a todos.

PD: No quiero acabar sin acordarme de Barack Obama y John McCain, absortos en su propio ombligo electoral. El liderazgo que no está ejerciendo Bush tampoco se ve en los dos candidatos. Obama apoya el proyecto de ley con más contundencia que su adversario (lo cual no es muy difícil), pero ninguno de los dos ha tomado la iniciativa de dirigirse a sus compañeros rebeldes en la Cámara de Representantes y al país. Ahora sí es el momento de suspender la campaña, plantarse en Washington y dejarse las cejas para buscar una solución al problema. Pero de verdad, no de cara a la galería. O mucho me equivoco o ninguno de los dos lo hará.