domingo, 24 de agosto de 2008 3:24
Joan Cañete Bayle
El anti-McCain
En junio del 2007, en el bar de un hotel de Manchester (Nuevo Hampshire) un relajado Joseph Biden --65 años, tejanos, camisa-- conversaba y miraba de reojo un partido de béisbol en una de las pantallas planas del local. Biden acababa de participar en un debate presidencial con todos los aspirantes demócratas (un gentío en aquel entonces) pero a diferencia de los dos favoritos --Barack Obama y Hillary Clinton-- y de otros con tan pocas posibilidades como él mismo --John Edwards--, Biden parecía que siempre tenía tiempo para una charla de cinco minutos alrededor de una bebida fría.
Esa cercanía es difícil de encontrar en el Capitolio de Washington, donde Biden ha servido ininterrumpidamente como senador por Delaware desde 1972. Ese carisma, construido a diario en el tren que le lleva de regreso a casa desde Washington, es uno de los aspectos de la personalidad política de Biden que ha hecho que Obama lo elija como compañero de ticket. Es el mismo tipo de simpatía automática que despierta John McCain entre el electorado cuando se habla con él cinco minutos seguidos (antes de que el republicano saque a pasear su legendario y temido temperamento). Biden es el anti-McCain, alguien que conoce muy bien al senador por Arizona, que se sabe los entresijos de Washington al dedillo y que puede aguantarle al candidato republicano una discusión sobre política exterior.
Y es que si McCain está en el Capitolio desde 1982, Biden le lleva 10 años de ventaja. Si McCain presume de currículo y conocimientos en política exterior, Biden es el actual presidente del Comité del Senado de Relaciones Exteriores y lo fue del Comité Judicial. Si McCain tiene una biografía en la que destaca su época como prisionero de guerra, Biden también ha cubierto su cuota de sufrimiento: en 1972, su primera esposa tuvo un accidente de coche y murió junto a una hija. Sus dos hijos resultaron heridos, y Biden juró su cargo como senador desde el hospital. Y si McCain tiene un hijo en Irak, Biden tiene otro en la Guardia Nacional que está previsto que sea destinado al país árabe en octubre.
Hay un par de aspectos más en los que coinciden Biden y McCain. Al mal temperamento del republicano, el flamante número dos de Obama aporta una incontinencia verbal que le ha puesto en problemas en más de una ocasión. Y los dos han coincidido en esta campaña en criticar la inexperiencia de Obama.
Uno de los puntos flojos de la elección de Biden es que, a causa de su historial como senador, difícilmente puede ser presentado como un agente de cambio, el motor de la campaña de Obama. Su biografía también tiene su dosis de escándalo. En 1987, el joven senador era uno de los presidenciables que volaban alto en la carrera demócrata, pero un video mostró que algunos pasajes de sus discursos habían sido copiados de intervenciones del entonces líder laborista británico, Neil Kinnock. Las acusaciones de plagio y las revelaciones de que había hinchado su currículo académico acabaron hundiendo su campaña. La de este año, su segundo intento, nunca tuvo posibilidades reales, pero le sirvió para afianzar su condición de peso pesado demócrata.
El otro problema es su incontinencia verbal. Biden tiene reputación de ser un punzante polemista, pero a la vez una persona narcisista con problemas para mantenerse dentro del guión. En el 87, cuando fue preguntado por sus notas en la universidad, respondió: "Creo que tengo un cociente intelectual mayor que el suyo". Sobre Obama, dijo al iniciar su campaña en el 2007: "Es el primer negro mainstream articulado, brillante, limpio y con buen aspecto".
Cómo controlará su lengua este defensor del aborto (aunque con límites) y de la pena de muerte es una de las incógnitas de la campaña. Contrario a los matrimonios gais (y a favor de las uniones civiles), votó a favor de la guerra de Irak, admitió luego que fue un error, quiere cerrar Guantánamo y apoya sanciones a Irán. Un clásico demócrata moderado del 2008.