Barack Obama ya es más grande que Elvis o al menos que Bruce Springsteen, el otro estadounidense que ha recorrido este verano Europa en una gira triunfal. Y es que ni siquiera el Boss puede competir con el senador. Su discurso en Berlín fue espectacular en las cifras (en cuanto el contenido y la retórica, no fue uno de sus mejores días), y la obamanía parece que recorre la vieja Europa con la misma fuerza que asoló EEUU sobre todo entre los meses de enero y marzo de este año. Ya se sabe, los fenómenos mediáticos ocurren primero en EEUU y después llegan a Europa con algunos meses de retrasos. Como el iPhone, vamos.

Si la parte de la gira de Obama por Afganistán y Oriente Medio (Irak, Jordania, Israel...) tenía una clara intención doméstica (qué hacer con las guerras que allí se desarrollan), lo de Europa es casi un acto de chulería, una demostración de fuerza, un aquí estoy yo y un imaginaos si pasa esto como candidato, qué ocurriría si fuera el presidente. Como aún no es presidente, también hay un cálculo electoral. En primer lugar, Obama se dirige a aquellos estadounidenses preocupados por el grave deterioro de su imagen en el mundo tras los ocho años de administración Bush. En segundo lugar, al entrevistarse con líderes mundiales alimenta una de las partes más débiles de su currículum, la inexperiencia. Lo de los estadounidenses en ocasiones es esquizofrénico. Por un lado, hacen gala de ir a la suya y de no depender de nadie. Por el otro, lo de viajar fuera y fotografiarse con el presidente francés, el primer ministro británico o la cancillera alemana (los tres países europeos, acompañados tal vez por Italia, que realmente cuentan aquí) viste mucho. Al menos en cierta parte del electorado.

Porque hay otra parte del electorado a quien el European Tour Summer 2008 de Obama no le gusta ni un pelo. Rush Limbaugh, el gurú conservador de las ondas, alzó su voz como suele en nombre de este sector derechista y acusó a Obama de poco patriota por haber criticado --no explícitamente pero de forma evidente-- al actual presidente en el extranjero. Para ser justos, hay que recordar la que se montó cuando George Bush criticó --no explícitamente pero de forma evidente-- a Obama en un discurso ante el Parlamento israelí en Jerusalén...

John McCain, obviamente, se encuentra entre estos críticos. Su campaña, escandalosamente fuera de foco mediático, ha acusado a su adversario de actuar como si ya fuera el presidente y a la prensa, de estar "enamorada" del senador por haber enviado a sus principales estrellas a cubrir la gira y dedicarle un espacio descomunal y desproporcionado. McCain tiene razón en ambas cosas, pero no le sirve de mucho. Si acaso, para acentuar las claras diferencias entre uno y otro en casi todo menos en las encuestas, donde Obama vence pero aún no convence abrumadoramente. Resulta triste comparar la actual gira de Obama con una casi idéntica que efectuó McCain hace unos meses (sí, esa en la que confundió a chiíes con suníes). En la comparación el republicano pierde por goleada tanto fuera como en casa.

Pero de regreso a Berlín, a esta vieja Europa que sueña con que el sueño de Martin Luther King se haga corpóreo en la figura de Obama, que desea que EEUU haga bueno el ya famoso yes we can y realmente pueda, me pregunto qué sucede con el supuesto anti-americanismo de la opinión pública europea. ¿Es cierto que Europa tiene un problema con EEUU o sólo con cierto EEUU, el que ahora personifica George Bush y que antes, por ejemplo, encarnó Ronald Reagan? Se entiende lo del Reino Unido, claro. Y lo de Europa del Este. También se puede entender lo de Alemania. Pero, ¿lo de Francia? ¿Y lo de España y Catalunya? ¿A qué viene tanta pasión por un candidato de quien muchos estadounidenses aún no saben exactamente lo que propone, lo que piensa? Por lo mismo que Obama fue antes un fenómeno en EEUU. Por el cambio. Porque Europa, que ya consume cultura estadounidense y vive cada vez más a lo estadounidense, que canta Born in the USA y adora a Woody Allen, quiere y necesita sentirse cómoda con la política estadounidense. Quiere y necesita un presidente de EEUU al que respetar y, por qué no, aclamar cada vez que pise el viejo continente. No quiere a Bush y no quiere a McBush. Hillary Clinton le hubiera servido, pero no tanto. Obama, simplemente, es perfecto, parece hecho a medida.

Europa se entrega sin reservas a Obama, sin pensárselo, por lo que es pero sobre todo por lo que no es, porque no es ese EEUU de Irak, Guantánamo y cowboy de Bush. El problema es que estos flechazos instantáneos, en los que las razones del corazón enturbian las de la cabeza, no suelen acabar bien. Si gana Obama, llegarán tarde o temprano la convivencia, los desayunos sin diamantes y los plomizos domingos por la tarde que ahora son inimaginables cuando los enamorados pasean de la mano por las calles de Berlín o los salones de París. Y el desencanto, cuanto más alto se ha volado, más duele al caer.

No seré yo quien diga que en las cosas del querer no hay que relajarse y disfrutar del momento, sin pensar en el mañana. Pero en las de la política, estos flechazos no son buenos. Si gana Obama, es imposible que sea el presidente que quieren los europeos porque será el presidente que habrán elegido los estadounidenses. Si pierde, habrá otro motivo más para renegar de estos yanquis racistas que han preferido a McCain antes que a Mr. Perfecto. La obamanía es comprensible y justificada en las partes del electorado de EEUU en que se ha generado (jóvenes, negros). Pero en Europa, la verdad, me parece exagerada y, por qué no, un pelín esnob. Por ahora Obama sólo es el candidato demócrata a la presidencia de EEUU y no ha podido demostrar aún que es merecedor de tanta y tan desprendida pasión e idolatría. Es, para entendernos, como hacer cola durante dos días para comprarse un iPhone.