Nuevo y no mejorado es el titular de un editorial de The New York Times de hoy en el que el diario critica a Barack Obama por haber cambiado de opinión o, directamente, por haber roto promesas desde que venció a Hillary Clinton y se convirtió en el candidato demócrata a la Casa Blanca. La lista del editorial del Times es larga, y va desde la financiación electoral hasta la pena de muerte y el control de armas, pasando por las ayudas económicas a organizaciones de cristianos evangelistas o su apoyo al plan de George Bush de ofrecer amnistía a las empresas de comunicaciones que colaboraron con su administración en el programa de escuchas ilegales.

El editorial del Times (The Wall Street Journal y otros medios y analistas llevan días hablando de lo mismo) se publica el día siguiente de que Obama tuviera que dar dos ruedas de prensa para aclarar su postura sobre Irak. En la primera dijo que aprovecharía un planeado viaje a Bagdad para hablar con los responsables militares y "perfeccionar" su política sobre el país árabe. En la segunda tuvo que salir a matizar los titulares que decían que planeaba redefinir su política en Irak, que se basa en una retirada ordenada pero inmediata en cuanto llegara a la Casa Blanca. Y es que los datos que hablan de una mejora de la seguridad en Irak hacen que Obama sea vulnerable a la tesis de que es mejor no tocar las cosas que están funcionando.

No es inusual que un candidato cambie su discurso cuando gana las primarias y su campaña pasa a ser presidencial. El duelo con Clinton ha ayudado a Obama a detectar sus puntos débiles, y en ellos está trabajando dando por hecho, como muchos políticos, que en su viaje a ese El Dorado que es el centro sus seguidores iniciales se mantendrán fieles a pesar de que el discurso empiece a chirriar.

De todas formas lo de Obama no debería sorprender (hubo un momento de la campaña de las primarias en que hablábamos de los obamacanos, los republicanos seducidos por el discurso del senador) si se tiene en cuenta que en su primera intervención como ganador matemático de las primarias ante la plana mayor de AIPAC (el mayor lobi pro-israelí en Washington) dijo que Jerusalén es la capital indivisible de Israel. Matizaría después estas palabras (son las partes las que deben negociar el estatus final de la ciudad, vino a decir), pero ante la audiencia que tocaba (AIPAC) dijo lo que más le convenía políticamente (incluso se pasó de frenada, ya que oficialmente Washington, como el rsto del mundo, no reconoce que todo Jerusalén sea la capital de Israel). Es este Obama también el que se disculpó porque su equipo impidió a dos chicas con velo musulmán sentarse tras él en un mitin porque, simplemente, no quedaba bien que Barack Hussein Obama compartiera plano con un símbolo musulmán.

Estamos en campaña, así que el problema no es tanto el fondo de los temas (que también), ni siquiera los cambios de opinión por sí mismos (que también). El problema es que con Obama se está empezando a generar la sensación de que, en realidad, no se sabe qué es lo que piensa porque depende de qué es lo que más le conviene (The Nation analiza aquí cuáles son sus auténticas posiciones en política exterior, llegando a la conclusión de que en algunos casos los neocons podrían estar de acuerdo con él). O lo que es peor: que es un político como cualquier otro que busca, ante todo, ganar las elecciones.

No habría nada de malo en ello si no fuera porque construyó su campaña bajo la premisa de que iba a cambiar la forma de hacer política en Washington. Obama no es naíf, y tampoco lo es la gente. Todo el mundo sabe que se presenta a las elecciones a la presidencia de EEUU. Y un presidente de EEUU, reza Perogrullo, es un presidente de EEUU. Punto. Pero Obama logró generar la perspectiva de que, potencialmente, una forma diferente de hacer política, de presidir EEUU, es posible. Sólo sus seguidores más enfervorizados creían que, de ser presidente, Obama no les iba a decepcionar a los seis meses, ya que las expectativas eran demasiado altas. El problema, y de ahí el editorial (en realidad un toque de atención) de The New York Times, es que lo está haciendo muy rápido y muy pronto.

Electoralmente, el nuevo Obama tiene buenas y poderosas razones. Un perfil más moderado le ayudará en los estados claves en su duelo con John McCain. Sus seguidores más progresistas, vistos ante la disyuntiva de elegir entre el senador y el republicano, votarán por él. Pero Obama había logrado aglutinar a un colectivo cuya súbita, poderosa y arrasadora implicación en la política iba más allá de ganar unas elecciones, convertidas más que nunca en un medio. "La furiosa urgencia del ahora" de la que hablaba Obama durante las primarias ha acabado siendo rigurosa y literalmente cierta. La furiosa urgencia de hoy mismo es ganar las elecciones.