Tras un paréntesis motivado por unas (felices) circunstancias familiares, retomo a la Décima Avenida en un momento en el que la victoria de España en la Eurocopa reina en la prensa española. En EEUU, las audiencias de la Eurocopa en ESPN (¡qué buenos comentaristas los suyos!) han sido apreciables (el empuje latino se nota), y el Departamento de Estado ha tenido el detalle de felicitar a los corresponsales españoles por el triunfo. Desde la lejanía, el debate sobre las connotaciones nacionalistas de la victoria española --que si la bandera en las medias de Xavi, que si los fieles aficionados a Rusia y Alemania que han surgido estos días-- (y otros asuntos, como el del manifiesto en defensa del castellano) me generan la perplejidad y cansancio habituales. Coincide todo ello con que en la campaña estadounidense entre Barack Obama y John McCain el tema estrella estos días es el del patriotismo.

Al fin y al cabo, estamos en la semana del 4 de julio. La revista Time (aquí, aquí y aquí) explica muy bien lo que podríamos llamar las dos corrientes del patriotismo estadounidense. Por un lado, la conservadora, que considera que debes amar a tu país por el hecho de que es tu país, de la misma forma que tu familia es tu familia. Esta corriente enaltece, mitifica el pasado y habla de mejorar un país que ya de por sí es el mejor del mundo, pero apenas permite crítica. La progresista, por su parte, critica el pasado porque no está a la altura de los ideales en los que se fundó el país (resumidos en su Declaración de Independencia) y habla del futuro más que de la historia. No es un patriotismo basado en un apego a una cultura determinada sino a unos ideales políticos y reivindica el patriotismo del disidente. Las dos posturas no son tan contradictorias. De hecho, historiadores como Howard Zinn consideran que son las dos caras de la misma moneda, simbolizadas en dos grandes partidos que trabajan conjuntamente para mantener los privilegios del establishment.

McCain y Obama representan a su manera estas dos formas de patriotismo. El primero es un héroe de guerra, de familia de tradición militar, torturado en Vietnam como prisionero de guerra, con un alto concepto del servicio al país, ya sea en las trincheras militares o en las políticas. El segundo, de padre negro de África y madre blanca de Kansas, se considera el vivo ejemplo del sueño americano, de cómo este país puede generar a la vez el Ku Klux Klan y Martin Luther King. Obama suele decir que su biografía sólo es posible en un país como EEUU.

El lunes Obama ofreció un discurso en Independence (Misuri) en el que explicó su postura sobre el patriotismo y respondió a los que le critican por no ser lo bastante patriota (un debate que es un clásico en la política estadounidense desde la fundación del país). Su discurso coincidió con unas declaraciones del general Wesley Clark, ahora en el equipo de Obama, en el que puso en duda que la carrera militar de McCain lo convierta en un buen presidente. La parte más izquierdista de la blogosfera también pone a su forma en solfa el patriotismo de McCain: se le acusa desde de haberse prestado a aparecer en vídeos propagandísticos vietnamitas durante su cautiverio hasta de haber cometido crímenes de guerra al participar como piloto en bombardeos aéreos en esa contienda bélica.

El patriotismo estadounidense no es nacionalismo, al menos nacionalismo forjado a sangre en unas fronteras determinadas tal y como lo entendemos en Europa desde el siglo XIX. "Al celebrar América de forma demasiado desvergonzada (...) se arriesga a degenerar del patriotismo al nacionalismo, una (...) ideología que enaltece América a expensas del resto del mundo", escribe la revista Time del patriotismo conservador (al progresista lo acusa de que no se puede ser fiel sólo a las ideas de la Declaración de Independencia). Mucho de ello se encuentra, por ejemplo, en el rechazo conservador a la inmigración en un país como este, de inmigrantes, si los recién llegados no cumplen una serie de requisitos culturales y casi casi reniegan de su país de origen. Una de estas exigencias sería no sólo aprender inglés (en eso hay consenso), sino en convertir el inglés en idioma oficial para que no lo "amenace" el español.

Lo del inglés es uno de los ejemplos que sirven para explicar por qué el patriotismo estadounidense no es un nacionalismo a la europea. EEUU no tiene un idioma oficial. Es decir, el inglés no tiene un estatus legal determinado a nivel federal --es oficial en 30 estados-- a pesar de ser mayoritario en la sociedad, las leyes, etcétera (aquí y aquí lo tenéis razonablemente bien explicado). En Luisiana, por ejemplo, el inglés y el francés están reconocidos legalmente pero ninguno es el idioma oficial. Esto permite que las papeletas estén escritas en más de un idioma. En Nuevo México las leyes se escriben en inglés y en español. En California hay leyes escritas hasta en siete idiomas, entre ellos el chino, el persa, el ruso y en español, por supuesto. Un ejemplo práctico: en las oficinas de la Seguridad Social en Washington DC la documentación está en español y en inglés, y previa cita se ofrece servicio de traducción en una veintena de idiomas, entre ellos el árabe. Nada de eso sería posible si el inglés fuera el idioma oficial.

Por eso resulta paradójicamente anti-patriota desde un punto de vista estadounidense exigir que el inglés sea idioma oficial para poner un filtro a la emigración hispana. Lo máximo a lo que parece estar dispuesto este país, según se ha visto en las posturas de la mayoría de los candidatos de ambos partidos en las primarias de este año, es a declarar que el inglés es el idioma nacional de EEUU, no el oficial. Es una diferencia importante.