jueves, 05 de junio de 2008 4:37
Joan Cañete Bayle
Ahora sí se ha acabado
Game over. Un portavoz de Hillary Clinton ha comunicado esta noche (hora estadounidense) que la senadora anunciará públicamente que suspende su campaña y que da todo su apoyo a Barack Obama en noviembre en un acto en Washington el próximo sábado (aunque, en medio de la locura habitual en estos casos para ser el primero en informar, algunos medios como la NBC hablan a la hora en que escribo de un acto privado el viernes y uno público el sábado. Los detalles de la escenografía de la salida se irán sabiendo con más calma hoy jueves).
Según algunos de los conspicuos clintonistas que han tomado al asalto las televisiones estadounidenses, la retirada de la senadora obedece a que ha comprendido que es lo mejor para la unidad del partido. Afirman que no ha pactado nada con Barack Obama respecto a ser su número dos en el tíquet presidencial. El tiempo dirá si eso es cierto o no. Lo que es evidente es que la presión del partido --encabezada por Nancy Pelosi-- le ha dejado claro a Clinton que no está el horno para jueguecitos. La ventaja de Obama en las encuestas sobre John McCain, según la media de Realclearpolitics, es poco más de dos puntos (aunque los próximos sondeos probablemente reflejarán ya el impulso de popularidad que supone para Obama haber zanjado su pulso con Clinton).
La retirada pública desactivará considerablemente la obsesión por el futuro de Hillary, que ha eclipsado el hecho indiscutiblemente histórico de que por primera vez un negro ha ganado la candidatura a la Casa Blanca de uno de los dos grandes partidos (algo que ha destacado la misma administración Bush, con Condoleezza Rice a la cabeza). Sea la vicepresidencia, sea una promesa de un papel importante en la hipotética administración Obama, sea porque se dedicará al Senado, sea lo que sea, el hecho de que renuncie apartará los focos de la exprimera dama y permitirá una negociación mucho más sosegada y discreta. Habrá perdido el arma de la amenaza fantasma de llevar al partido a una guerra en Denver, pero es de suponer que habrá logrado algún tipo de garantía a cambio.
Lo que seguro que tendrá es una catarata de elogios por haber contribuido a la unidad del partido de la misma o mayor magnitud que las críticas que ha soportado durante el miércoles por no haber admitido su derrota en el discurso de Nueva York. Que a sus seguidores no les guste ni pizca la idea no es motivo suficiente para inmolarse políticamente en una pira de imprevisibles consecuencias. Bien pensado, a Obama le hizo un favor. La imagen de un pabellón entero abucheando la retirada de Clinton y gritando "Denver, Denver" no hubiera sido una buena forma de empezar la campaña presidencial.
Game over, pues. Así que toca prepararnos para el partido de verdad, el duelo John McCain/Barack Obama. McCain retó ayer a Obama una serie de town hall meetings conjuntos que, de producirse, convertiría en aún más divertida, novedosa e interesante una campaña presidencial que de por sí ya lo es. De saque, el duelo empieza con estos parámetros.
1. Un año demócrata. El resultado de las legislativas del 2006; los bajos índices de popularidad del presidente Bush; la situación económica; la guerra... Por estos motivos y algunos más este debería ser en principio un año demócrata.
2. Cambio versus experiencia. Una cara nueva, joven y un discurso diferente (Obama) contra un veterano político, un clásico de Washington del mismo partido que ha regido la Casa Blanca en los últimos ocho años (McCain).
3. Irak. Hay muchas cosas en las que McCain y Obama discrepan, pero qué hacer en el país árabe simboliza todas ellas.
4. ¿Un nuevo mapa electoral? Obama debe ganarse a la coalición (mujeres, latinos, blancos de clase trabajadora) que sistemáticamente le han dado la espalda en su pulso con Clinton. McCain debe unificar a una base conservadora (sobre todo, pero no sólo, religiosa) que aún se hace cruces de que el auto-proclamado maverick sea el candidato republicano. Si a eso se le añade que los dos tienen la capacidad de atraer independientes y la oleada de jóvenes que arrastra consigo Obama, una de las claves de las elecciones será si de ellas surgirá un nuevo mapa electoral.
5. La cuestión racial. La pregunta del millón: ¿un negro puede ganar la Casa Blanca?
PD: El discurso de Obama ayer en la AIPAC, el mayor lobi pro-israelí de Washington, debería ser tomado en consideración por los que depositan muchas esperanzas en el cambio que el senador puede encarnar si llega a la Casa Blanca, al menos en política exterior. Afirmar que "Jerusalén es la capital indivisible de Israel", por citar sólo una de las cosas que dijo, implica no aceptar las resoluciones internacionales que no reconocen la anexión por la fuerza de la parte árabe de la ciudad en la guerra de 1967 (por no hablar de la parcialidad del que aspira a presidir el país que impulsa las negociaciones entre las dos partes del conflicto). Por ese motivo las embajadas extranjeras en Israel (la de EEUU incluida) no están en Jerusalén, sino en Tel-Aviv. Obama, consciente de las dudas que despierta la profundidad y la sinceridad de su amor por Israel, pronunció un discurso casi más pro-israelí que el de la misma Hillary (que ya es decir) y puso de manifiesto algo que no debería sorprender: que ni puede ni quiere ni se le pasa por la cabeza ser un mediador imparcial en ese conflicto. Con estos mimbres, el cambio de política, o al menos de enfoque, de una administración Obama en Oriente Próximo no puede ser más que cosmético, formal, sin que varíe un ápice el fondo.