No voy a aburrir con los detalles técnicos de la decisión del Comité de Reglas del Partido Demócrata que podéis ver aquí, ni tampoco con cómo queda la carrera en términos de delegados y superdelegados, lo que podéis ver aquí. Más allá del encaje de bolillos, lo justa o no de la decisión y los vericuetos de la reunión de un órgano que hasta el sábado era desconocido y que merece seguir siendo desconocido desde hoy (porque significaría que los demócratas cambian las disparatadas reglas de sus primarias), la decisión sobre Florida y Michigan deja un titular: el Partido Demócrata ya no es el partido de los Clinton. Es el partido de Barack Obama.

Hillary Clinton empezó esta carrera como la candidata inevitable a la candidatura demócrata y a la Casa Blanca por popularidad, por dinero, por el peso de su apellido en la formación y por el  apoyo de su partido. Desde enero Obama la ha ido despojando poco a poco de todos y cada uno de estos títulos. El sábado Clinton perdió también el favor del partido, que no la siguió en su retorcido y peculiar concepto de las reglas.

La pelota, más que nunca, está en el tejado de la senadora y de los superdelegados. Ella debe elegir (en su comunicado oficial se "reservó el derecho") si pelea hasta el final por los delegados que considera que le han sido despojados de Michigan (lo de Florida lo considera, por raro que parezca, una victoria). Según sus propios cálculos, son cuatro los delegados que deja de sumar con la decisión del comité. La ventaja de Obama, antes de que vote Puerto Rico, es de 176.

Pelear hasta el final significa recurrir la decisión del sábado ante un comité superior del partido que no se reuniría hasta julio en un proceso que acabaría en la convención de Denver. Resulta absurdo pensar que Clinton llevará el pulso hasta la convención por cuatro delegados. Igualmente absurdo sería ir hasta Denver para ganar en los despachos el voto popular (necesita para ello Michigan, a falta de las tres votaciones que restan), un baremo que reglas en mano no sirve para nada. Tampoco sería racional ir hasta Denver por los derechos de los votantes de Michigan, para forzar un cambio de unas reglas contra las que no protestó hasta que no empezó a perder terreno respecto Obama y apelar una decisión final que al propio estado no le están del todo mal.

No. Si Clinton va hasta Denver será para continuar ganando tiempo. Porque de esto va el juego, de ganar tiempo. El martes se acabarán las primarias. Obama es el ganador en términos electos. Estará a un puñado de superdelegados de asegurarse la candidatura. Nada impide que los superdelegados aún indecisos anuncien el miércoles su apoyo al ganador y zanjen la carrera. Si hay una impugnación de por medio, Clinton puede aspirar a frenar el flujo de superdelegados y continuar ganando tiempo para convencerlos de que le den a ella la candidatura en lugar de a Obama.

Llegamos, pues, a la misma conclusión que en otras ocasiones: de los superdelegados depende poner fin a esto lo antes posible y que si Clinton va hasta Denver o no sea, en el fondo, intrascendente.

Otro asunto es la unidad del partido. En esto Clinton tiene la responsabilidad. Los abucheos del sábado de sus seguidores no presagian nada bueno. Ella tiene en su mano forzar la máquina o aceptar el veredicto de las urnas y el de los superdelegados si a partir del miércoles se van con Obama. Pensar, como dijo Howard Dean en su discurso, en el bien del país y del partido o bien en el suyo propio.

PD1: En las más de diez horas de deliberación del Comité de Reglas destacó la intervención del senador por Michigan Carl Levin, que planteó un caso muy bien construido sobre por qué su estado desobedeció al partido y adelantó sus primarias. Es cierto, como dice Levin, que Iowa y Nuevo Hampshire tienen un peso desproporcionado en el proceso.

PD2: Mientras el comité anunciaba sus decisiones, la campaña de Obama hizo público que el senador se ha dado de baja de su iglesia. Ya no será posible, pues, vincularlo con su polémico pastor Jeremiah Wright. El tempo de la decisión no pudo estar mejor elegido.