El gobernador de Tennessee, Phil Bredesen, ha propuesto que los superdelegados del Partido Demócrata celebren una mini-convención en junio, una vez haya acabado el ciclo de caucuses y primarias, para decidir quién será su candidato a la presidencia de EEUU: Barack Obama o Hillary Clinton. La propuesta de Bredesen tiene la virtud de asumir la situación en la que está el partido (serán los superdelegados, el establishment de la formación, los que decidirán el candidato) y el defecto de la redundancia. Al fin y al cabo, una convención es eso: una reunión de superdelegados y delegados para elegir el candidato a la presidencia. Para eso ya está convocada y en proceso organizativo la de Denver. Eso sí, la idea de Bredesen evitaría un largo y caldeado verano y una agitada cita en Colorado.

Hay que reconocerle a Clinton que ha logrado uno de sus objetivos: crear como mínimo la duda razonable de que Obama no puede vencer a McCain en noviembre. Resulta curioso, teniendo en cuenta que antes de que Iowa abriera el ciclo de votaciones la única duda que generaba la candidatura de la exprimera dama era precisamente esta: ¿podía ganar en un mano a mano con un candidato republicano teniendo en cuenta la animadversión que el apellido Clinton en general y el nombre Hillary en particular despierta en gran parte de la ciudadanía estadounidense, y no sólo conservadora? De lo que Hillary ha logrado convencer a analistas y parte de la opinión pública y de su propio partido es que el candidato demócrata que está ganando el ciclo de primarias con un gran apoyo de nuevos votantes y de independientes va a tener muchos más problemas que ella -cuya base electoral son casi exclusivamente las mujeres, los hispanos y la tercera edad, con un gran apoyo, pero no abrumador, de los hombre blancos-- para unificar el partido y pescar en el caladero de independientes. Ha logrado que suene hasta razonable que el candidato perdedor en las urnas demócratas puede llegar a ser una baza más fiable en las presidenciales.

 

Establecido el debate en estos términos, a los superdelegados se les presentará, ya se les está presentando, una decisión difícil: respetar el veredicto de las urnas -que es casi imposible que varíe en lo sustancial en las votaciones que restan- o elegir a la candidata más conocida, más fiable, a la que se vende sin ningún género de dudas como la que tiene más posibilidades de vencer en noviembre.

Para intentar imaginarse en base a qué elegirán los 795 superdelegados hay que saber quiénes son. Se trata de cargos electos (senadores, congresistas), veteranos líderes (Jimmy Carter, Bill Clinton, Al Gore), miembros del aparato del partido, gobernadores... Muchos de ellos le deben su carrera política a los Clinton, como ‘judas' Bill Richardson. Muchos de ellos tienen cuentas pendientes con los Clinton. Bastantes de ellos se jugarán su cargo electo en las legislativas de noviembre que se celebrarán junto a las presidenciales. Casi todos necesitan, o necesitarán en algún momento, toda la ayuda posible para recaudar fondos en sus respectivas campañas. No conviene, por tanto, precipitarse en los apoyos ni equivocarse de caballo ganador.

Los superdelegados pueden elegir por filias y fobias y pensando en su propia carrera política. Pueden elegir basándose en a quién han votado en su estado, o a quién han votado los electores de su circunscripción. Pueden elegir pensando en el resultado en las urnas a nivel global en todo el país. Y también pueden elegir pensando en qué es lo mejor para el partido a nivel nacional y, sí, en términos de quién es el mejor candidato para ganar a John McCain.

Muchas son las voces que le están exigiendo estos días a Clinton que lo deje. Claman en el desierto. La única voz que puede obligar a la exprimera dama a dejarlo es la de los superdelegados diciéndole que creen que el mejor candidato para ganar a McCain es Obama. La pregunta es si los superdelegados así lo piensan. Si se le exige a Clinton que tenga la responsabilidad de no llevar el partido al precipicio, la misma exigencia debe plantearse a los superdelegados, las únicas 795 personas de EEUU que, si quieren, pueden zanjar la carrera demócrata hoy mismo. Digan lo que digan los Clinton.