La noticia llegó a finales de abril del 2003 al hotel Palestina de Bagdad. En una ciudad llamada Faluya 18 iraquíes habían muerto en apenas tres días por disparos del Ejército de EEUU durante manifestaciones en contra de su presencia en la ciudad. Allí nos fuimos algunos periodistas, dispuestos a informar de lo que parecía un alzamiento popular contra las tropas estadounidenses. Eran tiempos en los que los saqueos en Bagdad habían empezado a disminuir, básicamente porque ya no quedaba mucho por saquear, tiempos en los que los occidentales aún podían moverse por la capital y el resto del país sin temer por su vida más que por los avatares asociados a una posguerra que había acabado de nacer. Faluya aún no formaba parte del temible triángulo suní y la historia recién llegada de esa ciudad parecía diferente a las historias de caos de posguerra y arqueología del régimen de Sadam que predominaban entonces en los diarios.

Y lo era. Faluya, en efecto, se había manifestado contra la presencia estadounidense y la ocupación militar de una escuela. Había habido disparos en las manifestaciones (no hay manifestación que se precie en un país árabe sin tiros al aire) y los soldados, temiendo por su vida, habían abierto fuego contra la multitud. En dos ocasiones. Pero, según nos explicó el atribulado capitán de la 82ª división, el problema no era que los iraquíes no quisieran a las tropas en Faluya o en su país. El problema era que estaban indignados porque creían que los soldados podían ver a las mujeres desnudas a través de sus visores nocturnos. Los periodistas levantamos las cejas con incredulidad. ¿18 muertos por eso? Aún recuerdo la cara de ese capitán. Y la del líder tribal suní que me explicaba que ni él ni Faluya se oponían a la presencia de los estadounidenses. "Con sus visores nocturnos, los militares miran dentro de las casas y ven a las mujeres. Nuestras tradiciones islámicas no aceptan esta situación", me dijo. Para el líder tribal, la solución era sencilla: que las tropas se fueran a las afueras de la ciudad y dejaran a los habitantes de Faluya encargarse de sus asuntos. Y de sus mujeres.

Cinco años después, la historia dice que esa intifada de los visores se convirtió en algo mucho más grande, mucho más grave que un problema cultural con los visores nocturnos: se convirtió en una derrota para las fuerzas estadounidenses, incapaces de controlar Irak. Después volví en varias ocasiones a Faluya, y en cada visita era palpable la hostilidad hacia EEUU y Occidente, hasta el punto de que se convirtió en demasiado arriesgado ir a esa ciudad. El Ejército estadounidense la castigó duramente en varias ocasiones, pero nunca logró hacerse con ella. Lo último de Faluya y el resto del triángulo suní es que ahora parecen colaborar con Washington contra el salvajismo de Al Qaeda en Irak.

Cinco años se cumplen de la guerra de Irak. Mucho se ha escrito sobre las armas de destrucción masiva, los errores de juicio y de ejecución de EEUU en aquel país y el fiasco resultante. Pero eso ya forma parte del pasado. La pregunta a la que se enfrenta EEUU, y el resto del mundo, es qué hacer ahora con Irak, ese Mess'O'Potamia del cómico Jon Stewart que es imposible de traducir al español. El desastre es de tal calibre que pone a prueba la coherencia de partidarios y detractores de esta guerra.

Según las encuestas, son mayoría en EEUU los que creen que ha llegado el momento de retirar las tropas. Eso quiere Hillary Clinton, que votó a favor de la guerra. Eso quiere Barack Obama, que habló desde el principio en contra de la guerra. Pero no hay que llevarse a engaño: de repente EEUU no se ha convertido en un ferviente defensor de la legalidad internacional. No hay actos de contrición. Es como el adolescente que tras una noche de fiesta ve que su amigo entra en coma etílico y huye corriendo del desastre, dejándolo en el mejor de los casos anónimamente en la puerta del hospital. "Es que me engañó, me dijo que no mezclaría", dice, sinceramente compungido, cuando se le afean sus actos. "Podríamos haber dedicado lo que nos gastamos en otras cosas más útiles", piensa. Como reformar el sistema sanitario. O apuntalar las infraestructuras que se han hecho viejas.

Resulta interesante, por no utilizar otra palabra, escuchar ahora a los que defendían la guerra, a los partidarios de la mano dura contra el terrorismo, a los que inflexiblemente dicen que todos los terrorismos son iguales, argumentar que no hay solución militar en Irak. Que hasta que no se avance políticamente no hay nada que hacer. Que aunque los jeques suníes y líderes shiíes como el clérigo Moqtada al Sadr tengan indudablemente las manos manchadas de sangre estadounidense, hay que hablar con ellos. Hay que negociar con ellos. Hay que llegar a acuerdos con ellos. Incluso hay que introducirlos en el Gobierno. Es una pena que no apliquen la misma lógica a otras ocupaciones, a otros conflictos en los que hay terrorismo de por medio. Como el palestino, sin ir más lejos. Tal vez se habrían evitado muchas muertes en otras partes del mundo y en el mismo Irak.

Resulta interesante, por no utilizar otra palabra, escuchar a los que se opusieron a la guerra desde el principio defender, en nombre del pueblo iraquí, que EEUU debe irse lo antes posible. No parece ir en el mejor interés del pueblo iraquí dejarlo a su suerte, con instituciones gobernadas bajo criterios sectarios, con Al Qaeda atentando sin miramientos, con la policía y el ejército convertidos en milicias sectarias. No parece de demasiado sentido común dar al islamismo esta victoria moral y política, que sin duda contribuiría a fortalecerlo en todo el mundo. Independientemente de que regímenes como Jordania y Egipto no pueden considerarse democracias, que sus propios islamistas tomaran ejemplo de una "victoria" en Irak no serían buenas noticias para ellos ni para la región ni para el resto del mundo. No parece responsable, y no es de recibo, llevar el caos en Irak y después irse porque la carga del desastre se ha convertido en demasiado onerosa para tus propias espaldas, porque la guerra te arruina y porque la factura social de los soldados muertos empieza a ser demasiado trágica, demasiado pesada. No se puede ser adolescente con las cosas del matar.

La envergadura del desastre en Irak viene dada porque no hay para EEUU ninguna buena receta que aplicar allí. Ni quedarse ni irse. Ni más tropas ni menos tropas. Ni dejar solos a los iraquíes ni imponerles una ocupación extranjera. Una vez abierta la caja de Pandora, y no será que no se avisó a Washington de que no lo hiciera, no hay visores nocturnos que valgan para encontrar el camino entre esa oscuridad de insondables grises que es Irak.