martes, 29 de enero de 2008 4:37
Joan Cañete Bayle
Siete discursos que se han hecho muy largos
El ritual fue el de siempre en estos casos. El anuncio formal ("Señoras y señores, el presidente de EEUU"); los aplausos; el culto a la personalidad del Jefe del Estado, el Jefe de Gobierno y el Comandante en Jefe; la unión de los tres poderes democráticos en una única sala; la presencia de militares y del cuerpo diplomático; el discurso interrumpido por aplausos de los congresistas puestos en pie que contrastan con los de la oposición, sentados salvo en los temas en los que hay consenso. Y, sin embargo, el séptimo (y último) discurso sobre el estado de la Unión de George Bush no estuvo acompañado de la fanfarria y la atención política de siempre.
No deja de ser normal --al fin y al cabo un presidente en su último año es un lame duck, un pato cojo en el argot político estadounidense-- y, evidentemente, hubo cobertura televisiva, análisis y hoy hay portadas. Pero este discurso colocado por obligación del calendario en el momento álgido de una campaña electoral que bate récords de participación y de atención mediática solo sirve para afianzar la sensación de que unos y otros, amigos y adversarios, ansían el día en que acaben los dos mandatos de Bush. Se palpa en la calle, lo dicen las encuestas, lo dicen los analistas y lo dice el realizador televisivo del discurso, que buscó en varias ocasiones a Barack Obama y Hillary Clinton entre los congresistas.
Los portavoces insistieron durante días en que el discurso no iba a basarse en su legado, y la verdad es que fue más una retahíla de temas pendientes y una oportunidad para sacar pecho sobre Irak que otra cosa, pero la oportunidad es demasiado golosa para no empezar a pasar balance de los dos mandatos del tejano. O ajustar cuentas, a juzgar por los datos que surgen. Guerra de Irak, política exterior y reputación e imagen de EEUU al margen (Guantánamo, cárceles secretas, torturas, armas de destrucción masiva...), y hablando solo de algunos números, Bush coge el país con un superávit de 236.000 millones de dólares y ahora tiene un déficit de 3,5 billones. La media de ingresos por familia se ha reducido en 1.000 dólares, y los gastos en sanidad, por ejemplo, han pasado de 6.000 a 12.000 dólares por familia. Sus reducciones de impuestos han beneficiado sobre todo al 1% de la población más rica del país. No es pinchazo de burbuja inmobiliaria todo lo que reluce en la crisis económica.
No hay política de inmigración, ni reforma de una seguridad social condenada a la bancarrota, ni un sistema de sanidad asequible, ni lucha contra el cambio climático, ni un intento de cambiar el modelo energético. Su política educativa es duramente criticada. Las infraestructuras del país envejecen a ojos vista y el Partido Republicano prefiere hablar de Ronald Reagan cuando el Partido Demócrata habla del futuro. Como puntilla, la economía, la mejor baza de Bush, le ha dado la espalda justo al final, cuando se acerca la hora de repartir notas e imaginar qué es lo que dirá la historia. Incluso los suyos solo encuentran en su firmeza en la lucha contra el terrorismo motivos para el elogio. En eso y en el brusco giro a la derecha (política, moral y social) que le ha dado al Tribunal Supremo con sus nombramientos vitalicios. Este último legado influirá al país durante años. Ahora que está de moda hablar de cambio en Washington, en este tema Bush realmente logró un profundo cambio.
Siete discursos para siete años. Para muchos estadounidenses, la buena noticia es que el de ayer fue el último. La mala es que aún le queda un año de mandato.
PD: El apoyo del senador Ted Kennedy a Barack Obama apenas unas horas antes del discurso de Bush eclipsó durante gran parte del día la intervención del presidente y fue recibido con alborozo y revuelo por izquierda y derecha. La izquierda, porque uno de sus grandes representantes, bendecido por un apellido intocable, apoya sin ambages al senador por Illinois y lo consagra como (el enésimo) heredero del espíritu de J.F.K.. La derecha, porque podrán atacar si es necesario su discurso de salvar barreras y unir al país con el argumento de que en realidad es un izquierdista. La única que no está contenta es Hillary Clinton, que le había pedido a Kennedy que si no la apoyaba, al menos se mantuviera al margen. Pero en este duro y apasionante duelo en el bando demócrata, nadie parece poder, ni querer, quedarse al margen.