La televisión francesa dedica horas y horas a la emisión del Tour. Desplaza a las caras y voces que están más en auge en los canales públicos. Cada mañana, antes de conectar en directo con la carrera, se emite un espacio de historia ciclista, una auténtica maravilla. Se denomina La Legènde y sirve para que recobren vida tanto las imágenes, a veces en blanco y negro, como los protagonistas, los que convirtieron a la grande boucle en una carrera de leyenda.
Hoy, en Bourg-en-Bresse, como cada día en el lugar que sea, --una ciudad mediana, un pueblo pequeño, una estación de esquí, una capital departamental, da igual--, muchas horas antes de la llegada de los ciclistas, el público madruga para encontrar un lugar junto a las vallas, un seguro de vida para no perderse detalle en los apenas segundos que dura el paso del pelotón.
En Bourg-en-Bresse, como en todas partes, se coloca una pantalla gigante para que los espectadores se entretengan viendo la etapa. Pero también pueden seguir en directo La Legènde y recordar a los viejos protagonistas, en ocasiones fallecidos, de esta maravillosa carrera.
Hoy he visto a Miguel Induráin volver a ascender a Alpe d'Huez, con su séquito de ayudantes del Banesto, por allá 1995. El navarro, sin embargo, no era el primer actor del reportaje. El protagonista era el corredor al que Induráin y sus gregarios perseguían en la ascensión de ese año. Hoy La Legènde estaba dedicada a Marco Pantani.
Era un repaso a su trayectoria por el Tour; desde que llegó por primera vez, en 1994, vestido con el uniforme del Carrera, y todavía con algo de pelo en la cabeza. Se le ha vuelto a ver en fuga triunfal no solo hacia Alpe d'Huez sino a la conquista de la pequeña estación de esquí pirenaica de Guzet-Neige. Y, ya con la cabeza rapada y acogido al nombre de guerra de El Pirata, Pantani ha vuelto a ascender a Alpe d'Huez para establecer en 1997 un récord de subida, que ni siquiera batió Lance Armstrong en la cronoescalada del 2004, cuando Pantani ya llevaba cinco meses muerto.
El Pirata ha resucitado por unos cuantos minutos, ha noqueado a Jan Ullrich, en escapada gloriosa hacia los 2 Alpes, donde le esperaba el jersey amarillo. Y ha corrido su último Tour, el del 2000, cuando Armstrong le cedió la victoria en el Mont Ventoux, lo que irritó al campeón italiano, que lo encontró como una ofensa, como si le hubiera ofrecido una limosna.
También se le ha visto rodeado de carabineros y periodistas en Madonna di Campiglio, a falta de dos etapas para conquistar su segundo Giro consecutivo, en 1999, cuando empezó su descomposición física y personal.
Pantani nunca asumió su exclusión de la ronda italiana de 1999 por no superar un control sorpresa de sangre. En aquel verano, en las discotecas del Adriático, comenzó una relación que nunca debió iniciar con la cocaína. Volvió fugazmente a la competición, mientras pisaba diversos juzgados de Italia para hacer frente a las acusaciones de dopaje. Lo dejó su compañera. Siguió con la cocaína hasta que una sobredosis se lo llevó para siempre la tarde del 14 de febrero del 2004.
Hoy, fugazmente ha escalado en la pantalla gigante de Bourg-en-Bresse sobre las cabezas de los espectadores. Y se ha ganado un aplauso.