Durante décadas, mientras duró el largo conflicto que enfrentaba a republicanos y unionistas, en Irlanda del Norte apenas se registraban algunos delitos comunes y frecuentes en otras sociedades. Los ataques racistas y la pequeña delincuencia, por ejemplo, eran muy raros. La actividad criminal se centraba en las acciones terroristas y los mismos grupos violentes ejercían un severo control sobre el territorio actuando de forma casi policial. Desde la firma de los acuerdos del Viernes Santo en 1998 y el fin de la violencia sectaria, el panorama ha cambiado.

Ahora los delitos de índole racista van en aumento de una forma espectacular como señala un reciente informe. Si en 1996 se registraron 41 delitos de este tipo, en el 2008 fueron 999. El 40% son violentos. Las alarmas han sonado en los últimos días cuando un grupo de rumanos de raza gitana tuvieron que abandonar sus casas por las amenazas de linchamiento de que fueron objeto. Cuando encontraron refugio en una iglesia protestante, el templo fue atacado y al final la mayoría de rumanos decidió irse de Irlanda del Norte.

         Según explicaba en la BBC Neil Jarman, un especialista en conflictos de un instituto de investigación de Belfast, la larga historia de sectarismo que ha enfrentado a las dos comunidades ha dejado como herencia la creación de una subcultura en la que "cualquiera que sea algo distinto se convierte en un objetivo para la intimidación".

         Buena parte de estos ataques racistas se producen en zonas protestantes y, según los analistas, responden a una obsesión de jóvenes de clase obrera por su identidad. Esta herencia dejada por los años de violencia entre republicanos y unionistas será muy difícil de erradicar mientras las dos comunidades sigan sin mezclarse, sin tener ningún tipo de relación, mientras sigan hablando de "ellos" y "nosotros". La paz se firmó hace más de diez años. La violencia sectaria ha cesado, hay un gobierno compartido por representantes de las dos comunidades, pero la sociedad sigue tan dividida como lo estaba antes. Las dos comunidades viven encerradas en sus guetos. Salvo alguna rarísima excepción, no hay escuelas mixtas. La mayoría de los niños católicos nunca han jugado con uno protestante. En este caldo de cultivo, la violencia que ya no va dirigida al enemigo, tiene en los inmigrantes extranjeros a su objetivo.

El centenar de ciudadanos rumanos no han sido las últimas víctimas. Cuando se disponían a salir del país, ya se había producido un nuevo ataque racista. En esta ocasión la víctima era un religioso hindú.