Si el chuletón es boxeo, la pieza que sirvió Oriol Rovira era el careto de cualquier púgil tras un combate con Cassius Clay.
Enorme, tierno, el rojo oscurecido y denso, férrico. Provenía de una vaca de raza bruna criada en la granja de la familia, Casa Malla, un rumiante con siete años. En Catalunya apenas se comercializan bestias con tantos cumpleaños, prefiriendo los carnívoros a las ternerillas. Comensales de una cierta edad, nos solidarizamos con el animal maduro, de gusto intenso.
La mitjana había reposado durante 40 días y 40 noches, el tiempo de ayuno de un anacoreta. Oriol la colocó con devoción en la parrilla sobre la brasa de encina, aunque pudiera haber sido de roble. Un fuego otoñal y perfumado, sanguíneo, de tardes prematuramente anochecidas.
Sin más acompañamiento que la sal, que hería con puntitos blancos la churruscada superficie, salió a la sala en las manos fuertes de Marta Puigantell, copropietaria de Els Casals. El sumiller David Gomis sirvió champán Bollinger RD, remate a una tanda de otras cinco botellas burbujeantes, todas estupendas, elegidas de una carta intrépida pues estábamos en Sagàs y no en el paseo de Gràcia de Barcelona.
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