Saturday, October 31, 2009 3:51 PM
Catalina Gayà
Un mundo de hombres

Estamos sentados en la mesa con el mantel de flores en la cubierta del Rohne. Siete miembros de la tripulación discuten sobre si el verbo que debe utilizar Hüsseyn para describir la relación que tienen todos con el mar es love (amar, querer) o like (gustar). Unos y otros apuestan por love. Hüsseyn prepara la entrevista que pretendemos grabar en la sala comedor, en el mismo lugar en el que se reunieron con el inspector de ITF, José Manuel Ortega.
Él hablará en voz de todos. Es el jefe de ingenieros y el más alto rango de este bando de la tripulación. El capitán y el jefe de máquinas están arriba, en el despacho: no quieren saber nada de todo esto porque tienen la esperanza de que el propietario responda de alguna manera. Hüsseyn no lo tiene fácil. A medida que pasan los días los nervios afloran y él debe tranquilizarlos, dar la cara, ser el líder. En realidad, es un marinero.
Nervioso, Hüsseyn escoge las palabras. Lo que diga tiene que ser el resumen de todo lo que me han contado en estos días, desde el momento en que trepé por la escalera de metal tambaleante y firmé el libro de visitas del barco hasta hoy mismo cuando casi estoy a punto de irme. Está nervioso porque le pedimos que la entrevista sea en inglés. Escribe su discurso en una libreta y cuando llega a la pregunta: ¿Por qué eres marinero?, lo traduce en turco. Entonces se ponen a discutir durante un buen rato sobre si el verbo adecuado es love o like.
Lo tienen claro: aman el mar y no conciben otra vida que esta. Ahora su trabajo, dicen, ya no es como antes, pero ellos llevan demasiado tiempo enrolados en naves como para poder cambiar de existencia. En realidad, yo sospecho que ninguno de ellos podría vivir en tierra y con las rutinas de la tierra.
"¿Por qué eres marinero?" es una pregunta recurrente en este trabajo, quizá porque yo vivo en la orilla --como diferencian ellos-- y me cuesta entender esta vida de soledad, de momentos masculinos compartidos y otros, totalmente solitarios, diría que casi de abstracción. Mientras los veo en ese ensimismamiento --cuando fuman con la mirada perdida, miran por la borda a lo lejos, beben té en silencio o comen solos-- me parece obsceno interrumpirlos. Sé que nunca voy a entender lo que piensan y ni siquiera me darán la posibilidad de entrar; están demasiado lejos de mi universo.
Este es un mundo de hombres; diría que dibujado a la medida de ellos. Me recuerdan un pasaje de La reina del sur cuando ella, Teresa, piensa que su hombre le pone los cuernos y lo sigue sin que él se dé cuenta. Temblorosa lo encuentra en una cantina, solo, frente a una cerveza, ensimismado en sí mismo, en su mundo. Ella sabe que nunca podrá entrar en esa parte de la vida de su hombre. Yo sé que nunca podre entrar en esta parte de la realidad de las tripulaciones.
Regreso a Hüsseyn. Ahora toda la tripulación lo ayuda a redactar esta especie de redacción. Mahmut nos sirve té. Uno de los tripulantes me pregunta si sé leer el café turco. Me pongo a reír y antes de que le conteste que no va en busca de café. Regresa: "Se ha acabado", dice.
"Tengo que explicar que no podemos regresar a casa sin los sueldos y que estamos aquí porque las autoridades turcas, el dueño del barco y todo el mundo nos ha abandonado. Todos no: ITF, el señor Ortega, nos ayuda. Las autoridades españolas y un barco de bandera turca nos han dado comida y agua", dice Hüsseyn.
Hay desencanto en sus palabras. ¿Cómo regresa a casa un hombre que mantiene a su familia con su sueldo? Sencillamente no puede. De nuevo, hay kilómetros entre nuestros dos mundos y ese sencillamente a mí me ha costado mucho entenderlo. Nos interrumpe el teléfono. Es ITF Estambul. El mar es circular y la gente que se mueve en él es siempre la misma. No hay noticias del armador, no hay noticias del propietario, no hay noticias de las autoridades turcas. Hay que esperar.
Hüsseyn hace una mueca de desagrado e informa a la tripulación de las que no se pueden considerar noticias. Son poco más de las 18.30. Los que quieren entran a la sala comedor. Algunos dicen que prefieren estar lejos de la cámara porque todos saben de las listas negras. Los que quieren se colocan como el fotógrafo les pide.
Hüsseyn empieza: "Me llamo Hüsseyn Arslan y soy el jefe de ingenieros del barco Rohne. Llegué a este barco el 3 de marzo. Me embarqué en Turquía. Los problemas empezaron hace dos meses. Aquí todos amamos el mar. Ahora nos han abandonado todos: las autoridades turcas, el propietario, el mánager".
Los hombres lo escuchan. Algunos no hablan inglés y vuelven a ese ensimismamiento solitario. A estar en esta sala y, a la vez, muy lejos de este barco, del abandono, de Ceuta.
En la foto, el inspector de ITF José Manuel Ortega, con la tripulación.