Es un espejo con dos caras: el espejo es el Bósforo y las dos caras son Europa y Asia. Las dos orillas se reflejan en el agua, pero son diferentes. En el ferri, la gente habla por teléfono o se regodea mirando Estambul. Es su propia ciudad, pero parece que la disfrutan como si fuera la primera vez que la vieran. Hay curiosidad y orgullo en su mirada. La brisa marina sopla y huele a mar profundo, a puerto viejo.

En el ferri me doy cuenta de que el tiempo con el capitán fue una lección de paciencia, de saber decir qué en el momento exacto y de callar casi siempre. Sentada en el este baco, tengo la sensación de haber revivido esas veces que en la playa te sientas en la orilla y cuentas olas. No sabes muy bien a dónde te lleva ese juego, pero sigues y sigues hasta que te das cuenta de que el mar nunca se detiene, el movimiento es continuo y que no depende de ti cuántas olas rompan en la orilla y cuántas se pierdan por el camino.

A mi lado viaja un señor con el que creo es su nieto. Los dos están en silencio viendo la torre de Gálata, Topkapi, la mezquita Azul. El hombre tendrá unos 60 años y el chico, unos 8. Tienen la misma actitud de los que contamos olas, pero ellos ignoran el Bósforo y ven la ciudad. Quizá por eso me viene a la cabeza ese recuerdo de infancia y lo asocio con la actitud de espera sin saber que viene que reconocí en el capitán hace unas horas.

Este verano en Breviario mediterráneo, de Predrag Matvejevic, leí que esa era una costumbre de todas las orillas mediterráneas. Fue una sorpresa porque yo pensaba que era algo de mi infancia. Ahora en Estambul reconozco esa pose de contar en la mirada de este niño y de su abuelo.

Llegamos a Europa. El silencio del Bósforo se rompe y empieza el ruido de la ciudad. Estambul es la ciudad más musical de Europa, tanto que nunca sabes qué melodía llega hasta tus oídos.

Las subidas hacia la torre de Galata son empinadas. Atrás quedan el Bósforo y el Cuerno de Oro. Es imposible no volver la cabeza y mirarlos de nuevo. La noche es tan negra que se los traga, pero ellos están allí. Mientras camino pienso que en el Barika el capitán seguirá viendo ese combate de boxeo. Era una cinta grabada. Una y otra vez con el mismo final y los mismos golpes.