Siete parejas, si se hace caso literal al Génesis 7,2. Dios le dijo exactamente a Noé: “De todos los animales puros tomarás para ti siete parejas, el macho con su hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja”. Así que si Noé siguió bien las instrucciones (cuando cayó el diluvio tenía 600 años), metió en el arca a siete parejas de cabras, animales “puros”, al igual que las ovejas, el ganado bovino o los antílopes. Es decir, eran animales que podían comer los judíos, señala
El pequeño gran libro de la ignorancia. Los no puros, por tanto, eran “todas las criaturas cuyo consumo tenían (y tienen) prohibido”. Por ejemplo: cerdos, camellos, tejones, camaleones, anguilas, caracoles, hurones, lagartos, buitres, murciélagos, cuervos, cisnes y topos. Queda una incógnita a la que han dado vueltas buena parte de los descendientes de Noé: “Los rabinos medievales –añade el libro– invirtieron mucho tiempo en debatir si los peces habrían sido abandonados a su suerte en el diluvio o si Noé los llevó a bordo del arca en una pecera”.