jueves, 16 de abril de 2009 12:04
Imma Muñoz
La enseñanza de la literatura
El pasado sábado murió Corín Tellado. No haré un elogio de su obra ni de su extensísima producción, ni tampoco entraré a valorar si eso es o no literatura, porque jamás he leído nada de lo que escribió. Alguna vez me cayó en las manos una de sus novelitas, pero los colores pastel y la foto de la portada siempre me echaron para atrás. No puedo, pues, opinar, y no voy a hacerlo. Simplemente quería llamar la atención sobre un dato que se ha publicado estos días: María del Socorro Tellado López, que así se llamaba en realidad la difunta, escribió 4.000 novelas y millares de relatos, vendió 400 millones de libros y se la considera la segunda autora en lengua española más leída, después de Cervantes. Aquí quería yo llegar. No me lo creo. ¿La segunda? ¡La primera!
Me atrevo a pronosticar que Corín Tellado es la autora más leída en lengua española, por más que Cervantes le lleve 400 años de ventaja. Lo que ocurre aquí es que hay mucho voto oculto. Como en las encuestas electorales, en las que resulta que el PP siempre queda por debajo de los resultados que obtiene finalmente porque a la gente le da apuro decir que lo va a votar. En fin, que si ahora saliéramos a la calle microfóno en mano y preguntáramos “¿Ha leído usted a Corín Tellado?”, la inmensa mayoría nos diría que no, y si después añadiéramos “¿Y el Quijote?”, esa misma inmensa mayoría respondería que sí.
¡Mentira! Leer, leer, leer de cabo a rabo, de principio a fin, página tras página, siguiendo la historia y disfrutando con ella. Confieso que ni yo misma lo he leído así. Yo he leído capítulos, fragmentos, este sí y este no, lápiz en mano para responder comentarios de texto escolares, con la cabeza puesta en unos apuntes que me decían qué tenía que encontrar en esas páginas que estaba resiguiendo. Eso no es leer, y me juego un brazo a que muchos de vosotros habéis tenido la misma aproximación que yo al Quijote: una aproximación escolar, obligatoria, casi forzosa, que ha degenerado en una conciencia de que hay que leerlo pero en una pereza casi invencible a hacerlo… ¿Me equivoco? ¡Confesad!
Y éste es, en realidad, el tema que quería apuntar: cómo se trata la literatura en la enseñanza.
Que me perdonen los pedagogos si me meto en su terreno y digo alguna tontería, pero me gustaría abordar este tema desde mi experiencia como lectora, y mediante una anécdota. Hace unos cuantos años me matriculé a estudiar Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona. Es una carrera de segundo ciclo, por lo que la mayoría de estudiantes ya éramos licenciados en alguna otra cosa, y abundaban los profesores, muchos de ellos, de Literatura. Coincidía en clase de Literatura Española de los siglos XVI y XVII con un señor ya instalado en la cincuentena que lo era, y muchas noches nos encontrábamos en el autobús, de vuelta a casa. Me comentaba cómo le iba en el instituto en el que daba clases, lo difícil que era conseguir que sus alumnos se interesaran por la materia, y repetíamos todos los tópicos imaginables sobre los muchachos de hoy día, y la sociedad y su falta de interés por la literatura y blablablá.
Un día me salté los lugares comunes y le dije de verdad lo que pensaba: que era muy difícil conseguir interesar a los chicos por la literatura a través de Garcilaso de la Vega. Que Garcilaso era un lugar de llegada y no de partida. Que yo creía (y creo) que para enganchar a un chaval a la literatura había que empezar por Benedetti, por ejemplo, por alguien capaz de poner en palabras comprensibles para cualquiera el universo inefable que se despliega ante un chico de 15 años. “Cuando ellos vean que la poesía logra decir en unas estrofas lo que bulle en su interior, lo que ellos creen que es imposible expresar con palabras, y hacerlo con la misma intensidad con que ellos lo están sintiendo, se darán cuenta de que no pueden renunciar a ella”, le dije al veterano profesor. Me miró con un escepticismo demoledor. “Pero el programario incluye a Garcilaso, a Quevedo, a Góngora, y no me los puedo saltar”, fue lo único que me dijo.
Días después, lo entendí todo. La profesora Dunia Gras nos explicaba en clase la concepción platónica del amor y quiso ilustrarlo con un poema muy clarificador. “Lo vais a entender perfectamente cuando leáis Pandémica y celeste, de Gil de Biedma”. “Perdone, ¿Gil de qué?”, se oyó desde un rincón de la clase. La cara de la profesora Gras sí que fue un poema. “Gil de Biedma”, repitió, sin haberse recuperado aún del estupor de que un estudiante de Literatura Comparada no conociera ese nombre. “¿Con B o con V?”, insistió el alumno. “Con B”, dijo ella con tanta naturalidad como fue capaz de fingir. Me giré hacia la voz. Quien hacía esas preguntas era mi amigo el profesor. Gil de Biedma no estaba en su temario.
Siempre agradeceré a Maite, mi maestra de Lengua y literatura española de primaria, que nos pusiera como lectura escolar libros como El abrigo verde, de María Gripe, o Cuando Hitler robó el conejo rosa, de Judith Kerr, y a Leonor, mi profesora en el instituto, que con apenas 15 años nos acercara a la Teresa de Juan Marsé, al caso Savolta, al laberinto de las aceitunas. Gracias a ellas di el salto de Los Cinco, Puck y Torres de Mallory a la gran literatura. Gracias a cientos de profesores como ellas, miles de chavales se convierten en lectores. Tal vez por culpa de los que solo piensan en ceñirse al temario, muchos otros se pierdan.