Portada de 'A la caza del amor'. Me encantan los novelones. Me encantan las sagas familiares en las que hay amores y desamores, engaños y desengaños, encuentros y desencuentros, fidelidades e infidelidades. Y, si además suceden en la campiña inglesa, ya ni os cuento. Yo, que de cinéfila tengo poco, podría ver cien veces Lo que queda del día (con esos hieráticos Anthony Hopkins y Emma Thompson) y extasiarme en cada una de ellas. Y replicarle al que me dijera "¡pero sí aquí no pasa nada!" con un apretado "aquí pasa todo".

Pues estos días he tenido entre sábanas una novela que me ha recordado lo mucho que me gustan esas historias: A la caza del amor, de Nancy Mitford. No sé si se la puede calificar de novelón, porque tiene apenas 260 páginas y se lee en un par de noches, pero conserva intacto el espíritu de esa literatura victoriana que parece que te está contando un simple chafardeo folletinesco, pero que en realidad te está poniendo ante los ojos la radiografía de una época. Una radiografía en la que no queda nada por diseccionar: a sus rayos X no escapan ni la superficie ni las profundidades, ni el interior ni el exterior, ni las apariencias ni las verdades. 

La vida de Nancy Mitford (Londres, 1904-Versalles, 1973) da para un buen puñado de novelas. Ella era la mayor de las seis míticas hermanas Mitford (Pamela, Diana, Unity, Jessica y Deborah son las otras cinco), un verdadero compendio de lo mejor y lo peor que atesora el ser humano: la inquietud intelectual, la rebeldía, el conformismo, la fascinación por el bien, la fascinación por el mal, la entrega, el compromiso, la indiferencia, la renuncia, la huida, la autocomplacencia, el amor incondicional... Desde la hermana que luchó junto a los rojos españoles hasta las que, hechizadas por Hitler, fueron fieles aliadas del fascismo, las Mitford despliegan un amplio abanico de actitudes en las que no queda atributo humano por recorrer.

Y todo eso está en A la caza del amor. Porque la Linda cuyo periplo vital centra la novela de Mitford tiene algo de cada una de las hermanas. Es deslumbrante como Diana, y adora a los animales como Deborah, y tiene el punto de rebeldía de Jessica, y ama la campiña como Pamela, y es capaz de obcecarse por amor como Unity, y se equivoca al elegir las relaciones como Nancy. Y es que esta obra tiene mucho de autobiográfico, de espejo de la sociedad y, sobre todo, de la familia en la que se crió Nancy Mitford, que ella sabe retratar con un distanciamiento, un humor y un puntito de cinismo que hacen muy atractivo el relato. Mitford podría caer en la cursilería de una clase social que se estremece si oye decir "mirror" y "notepaper" en lugar de "looking glass" y "writing paper", que considera el colmo de la mala educación servir la leche antes que el té y que cree que una mujer que se haya mezclado con la plebe en la escuela, monte a horcajadas y tenga unos brazos bien torneados por el deporte jamás hará un matrimonio en condiciones. Pero no lo hace. Al contrario: el texto de Mitford no huele a naftalina: huele a libertad. Linda no se pliega a las convenciones y sigue sus instintos, esos que la llevan a buscar desesperadamente un amor que no es el que tienen sus padres, ni el que encontrará su razonable prima Fanny, ni su convencional hermana Louisa, y que la llevarán, también, a autoengañarse (¿os suena?) ante la impaciencia de no dar con la media naranja.

Nancy Mitford, del blog 'Últimas páginas'. Y, mientras seguimos con avidez los pasos de nuestra heroína por la Europa de entreguerras, no podemos dejar de notar la naturalidad y la frescura con la que la autora aborda la curiosidad adolescente por el sexo, el ansia de reconocerse uno y reconocer al otro, y cómo indaga sin pretensiones en la naturaleza del hombre, de las motivaciones individuales, de las de la sociedad, de las relaciones de pareja, de los vínculos familiares, y de los de clase, y cómo pone al descubierto los prejuicios que nos reafirman, y cómo evidencia la necesidad de acabar con ellos a la vez que los comprende porque forman parte de la esencia humana y sus eternos miedos.

Todo eso es lo que convierte un ameno folletín en una precisa radiografía de un mundo cuyos esquemas se resquebrajan, pero que, de la mano de Mitford, de Evelyn Waugh, de Jane Austen, pervivirá entre nosotros para siempre.

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A LA CAZA DEL AMOR, de Nancy Mitford

Libros del Asteroide. Barcelona, 2005
Traducción de Ana Alcaina
Prólogo de José Carlos Llop
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