Ocurrió a primera hora de la tarde. Hasta ese momento, el convoy que nos llevaba desde el campamento hasta nuestro destino en el frente de batalla había seguido un intenso recorrido por Bagdad. Un discurrir por una ciudad donde las fachadas están llenas de balazos y los puentes se blindan con rejas para evitar los ataques con cohetes. Los iraquís bloquean con barricadas las calles para protegerse de la sangría diaria de los coches bomba. Grandes y compactas, de hormigón, en los barrios pudientes. En los demás, barricadas enclenques, cutres, con pocas esperanzas de detener los ataques suicidas.

Nuestro viaje nos llevaba a una base avanzada en el barrio de Nuevo Bagdad. El plan de seguridad de Bush cuenta con estos pequeños puestos de combate para llevar a sus soldados más cerca de la gente, recobrar la confianza de la población y hacerse con el control de unas calles que hoy por hoy son territorio de las milicias. Y camino de esa base estábamos cuando un iraquí salió gritando al paso del convoy. Se llevaba las manos a la cabeza e intentaba detener los vehículos. Con los brazos imitó la gran explosión que nos esperaba si seguíamos adelante. El conductor de nuestro Humvee frenó en seco. Si hay algo que los soldados temen son las bombas caseras de la insurgencia. Con ellas, la resistencia ha causado la mayor parte de las bajas de EEUU. Todos se acordaron de Jay Cajimat, un soldado del mismo batallón que murió hace unos días destrozado por una de esas bombas. Y aunque todo quedó en falsa alarma, sirvió para recordarnos la naturaleza de esta guerra de guerrillas. En Bagdad, todo está tranquilo hasta que explota una bomba y siega una vida. Y explotan muchas.