Calle principal de Kandahar, donde han estallado más coches bombas.

Texto: Marc Marginedas       Foto:Sergio Caro

Primera regla de oro para el occidental recién llegado a Kandahar: salir a la calle solo cuando sea estrictamente necesario y en ningún caso deambular sin rumbo por la ciudad. Segunda regla, también de oro: no entretenerse en un lugar público donde uno sea fácilmente identificable, aunque sea charlando, realizando inocuas entrevistas o bebiéndose un té. Viajeros que habían recalado previamente en el bastión talibán hasta el 2001 nos adviertieron de que una visita a la gran urbe del sur no era un plan descabellado, siempre que se respetaran las normas elementales de precaución y visibilidad.

Y ciertamente, hay algo que hace diferente a Kandahar --450.000 habitantes, aunque comparada con Herat, con 100.000 habitantes menos, parezca una aburrida ciudad de provincias-- de los demás grandes núcleos de población afganos. Puede que sea la escasez de mujeres caminando por sus avenidas, mujeres cubiertas, aquí sin excepción alguna, bajo burkas de diferentes colores; mujeres que equivalen a sombras furtivas, apresuradas y siempre de paso. Puede que sea la hostil climatología, con un sol cegador que, a mediados de mayo, es capaz de expulsar a sus habitantes de la calle y recluirlos en sus casas durante las horas centrales del día.

Puede que sea el sobrecogedor paisaje desértico, carente de los majestuosos picos nevados del norte, y salpicado en cambio de pequeñas estribaciones rocosas de tonos marrones. O puede que sea simplemente nuestra propia capacidad de sugestionarnos, al pisar por primera vez el que fue reducto de los estudiantes del Corán y el lugar donde el mulá Omar, su líder espiritual, llevó una secreta existencia hasta la derrota de su régimen en el 2001. Las últimas noticias de Kandahar refuerzan la impresión de que todo occidental que se precie debe andarse aquí con gran cautela. Hace solo un mes, cinco personas, la mayoría nepalís, acabaron sus días al explotar una mina al paso de un vehículo de la ONU. Y porque en febrero, los insurgentes desplegaron armas por vez primera dentro del caso urbano y atacaron un convoy canadiense.

Huidizo líder religioso

Lo quieran o no quienes detentan ahora las riendas del poder en el país centroasiático, la sombra del huidizo mulá Omar sigue muy presente en Kandahar. Y una de las razones de esta metafórica ubicuidad es la imposibilidad para el visitante de obviar un enorme edificio en construcción del centro, con el hormigón armado bien a la vista, arcos de herradura en sus lados y flanqueado por multitud de andamios.

Es la llamada mezquita del mulá Omar, un templo cuya construcción se inició en 1997 y que ni siquiera se había erigido en su 50% cuando, tras el 11-S, se paralizaron las obras. Ahora su futuro es objeto de polémica y todas las opciones contempladas --acabar la construcción de un edificio iniciado por el enemigo número uno del Gobierno afgano o derribar un lugar que muchos consideran sagrado-- equivalen a males menores. "Deberían acabarlo, para poder ir a rezar allí", nos comentó Alá Dad Aga, vendedor de verdura, mientras rociaba con agua su mercancía.

Fue solo una pequeña indiscreción, porque a la siguiente pregunta --"¿Qué piensa de la muerte el domingo del mulá Dadulá, el comandante talibán?"-- la única respuesta fue una evasiva: "He oido hablar de él, pero no tengo opinión". Y es que en Kandahar, la prudencia es hoy la madre de todas las virtudes, explicó después Abdulbasid Hamdi: "La gente no quiere hablar porque si lo hace contra el Gobierno, éste se puede vengar y si lo hace contra los talibanes, lo mismo; la gente espera a saber quien ganará".